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Miguel Ángel Solá y Paula Cancio. Verdad en escena.

La pareja de artistas protagoniza en Madrid la obra Doble o nada con buena respuesta del público. Experimentación y miserias de la condición humana.

Después del largo paréntesis que impuso la pandemia, en España la rueda del teatro viene ganando velocidad de a poco. Al temor por los contagios se sumó una situación económica que se deterioró con la amenaza del Covid y empeoró ahora con la invasión rusa a territorio ucraniano. Sin embargo Doble o nada mantiene una muy buena media de público, aun cuando su apuesta es ambiciosa (funciones los viernes, sábados y domingos en un teatro con mucha capacidad como el Luchana, en el coqueto barrio madrileño de Chamberí) y ya tiene un tiempo prolongado en cartel. Con música original de Martín Bianchedi y escenografía de Manuel González Gil, la puesta viene cosechando elogios de la crítica.
La obra tiene una larga historia detrás. En 2014 Miguel Ángel Solá y Paula Cancio –que, además de compañeros, son pareja– protagonizaron una versión de esta pieza de la mexicana Sabrina Berman en Buenos Aires, titulada Testosterona. Más tarde, Solá y Cancio retomaron el proyecto en España con otro nombre, Doble o nada, y el fallecido Quique Quintanilla en la dirección. «No fue un mero cambio de título, fue un cambio de esencia», asegura Solá. «Partiendo del mismo hilo conductor de Testosterona, los personajes han variado tanto como lo ha ido haciendo la sociedad», agrega.
Entre aquella puesta inicial y la actual pasaron ocho años y un montón de sucesos relacionados con las conquistas del feminismo, que han tenido una resonancia especial en la pieza. «Fuimos adaptando el trabajo al correr de los acontecimientos en el mundo», remarca el experimentado actor. «Esta incitación al cambio constante nos acerca al teatro vivo en su máxima expresión y la libertad responsable que implica. Y nos llevó a nosotros, sus intérpretes, a elaborar una forma de trabajo diario que se encuentra a medio camino entre el teatro de texto y las vivencias del aquí y el ahora que emanan de la improvisación. Cada noche, en cada función, nada es lo que parece ser».
Doble o nada obtuvo tres nominaciones a los Premios ACE 2017 (Mejor Actor, Mejor Actriz y Mejor Espectáculo) y Solá ganó en su categoría. También estuvo nominado al María Guerrero en 2017. La solvencia con la que despliega su papel es una base sólida para que su compañera también pueda jugar y lucirse, probando cada noche diferentes matices, tratando de cambiar levemente la receta para que el sabor no sea siempre exactamente el mismo.
En esta ficción cargada de tensiones, Solá es el director de un importante medio de comunicación que debe dejar su puesto en manos de un subordinado. Tiene como candidatos a un hombre que no aparece en escena, pero es un fantasma detectable en toda la historia y a una mujer más joven con la que además coquetea. ¿Qué influirá en su decisión? ¿La capacidad, el sexo, la experiencia, la audacia, el engaño? La obra plantea esos interrogantes y le deja espacio al espectador para responderlos o, al menos, para pensarlos. En el fondo, de lo que se habla en Doble o nada es del poder, de su ejercicio y de los chantajes, las zozobras y las peleas sordas y explícitas que provoca.
–¿Cómo trabajan con esos cambios que se van produciendo en la obra?
Solá: La idea con la que trabajamos es la de quebrar lo hecho la noche anterior y hacer al día siguiente una obra nueva. No respetar ni marcaciones, ni actitudes, ni energías. Todo eso va cambiando de acuerdo a cómo nos vamos conectando nosotros dos en escena. Implica trabajar en la cuerda floja constantemente, pero es bellísimo. Es lo que hace que el teatro siga estando vivo. La obra cambia de función a función.
Cancio: Y es algo que buscamos ex profeso. Preferimos no ir al lugar conocido porque sería muy tedioso pintar el mismo cuadro una y otra noche durante tanto tiempo. A mí esta forma de trabajar me la enseñó Miguel. No siempre te permiten trabajar así, y es una gran suerte cuando tenés la libertad que nos dio Quique Quintanillas. Si en una función aparece algo, no lo marcamos para el día siguiente, aunque sea algo bueno. Si no sale de nuevo, saldrá otra cosa. Claro que en la obra hay un hilo argumental, y por respeto a la autora lo seguimos. Pero este es un trabajo experimental, porque somos nosotros los dueños del escenario. Es una forma de trabajo, no la única. También es legítimo respetar las marcaciones, seguir siempre un mismo camino. En nuestro caso hubo mucha marcación en los ensayos, y luego se armó un camino por encima de ese inicial.

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–¿Cuáles son los grandes temas de Doble o nada?
Solá: La condición humana, las diferentes formas de manipulación. Mostrar a qué se atreve el ser humano y a qué no. O cuándo se quiere de verdad a alguien y cuándo se lo utiliza. La verdad es que la obra habla de muchas cosas, pero son más las que le quedan al espectador que a nosotros mismos, que somos los personajes que van contando la historia y tienen apenas un ratito para moverse en esa situación particular. La obra no juzga, simplemente expone lo que ocurre ahí entre esos dos personajes. A mí me hubiera gustado hablar un poco más de la incidencia de los medios de comunicación en la vida de la gente, pero es un tema que en la obra aparece con un desarrollo limitado. Y yo no he tenido la capacidad para profundizar en ese tema, no me he metido mucho, hasta ahí llego. Lo central es todo lo que hace un jefe despótico con sus empleados, en este caso en la redacción de un medio.
–¿Qué mirada tienen del funcionamiento de los medios de comunicación?
Solá: Ya no se sabe cuál es la tendencia de cada medio. Antes eso se podía explicitar con cierta claridad, pero hoy no se sabe bien. La tendencia es el patrón que marca el copyright. Pero eso va cambiando de acuerdo con el dinero que vayan poniendo en cada medio y de quién lo pone. Lo único seguro es que hoy es muy difícil ser libre. Y las redes sociales agregan más ruido. Gente que se contradice todo el tiempo, que dice que siempre es el otro el que miente. Al final pensás que estás viviendo en una mentira permanente.
–Los actores suelen participar de la conversación política. Sin embargo, después de las discusiones enmarcadas en lo que se conoce como «la grieta», ¿hay más precaución?
Solá: Creo que cada uno tiene su propio librito. De repente hay gente que ha sido muy comprometida en otro momento y ahora cambió. Y viceversa. Yo puedo hablar de mí, y sigo diciendo lo mismo de siempre: voy a estar del lado de las personas más débiles, de las más necesitadas, de las que tengan más problemas. Pero si esa persona es un asesino, un ladrón, un corrupto o un sinvergüenza, no voy a estar al lado de él. Nunca estuve con ese tipo de gente ni me senté a tramar nada con ellos. Tengo mis amigos, mis seres queridos, que son poquitos.
–¿Cómo se ve Argentina a la distancia?
Solá: Muchas veces quiero estar allá. Y muchas veces al día, en algunos momentos. Pero acá en España tengo dos hijas, así que Dios dirá. Ojalá podamos ir pronto. Quiero volver a trabajar con mis queridos amigos Manuel González Gil y Martín Bianchedi. En Argentina tengo un terreno creativo que acá en España no tengo. O lo tengo, pero en soledad. Escribiendo, por ejemplo. Justo hace unos días una mujer me contactó para mandarme veinte capítulos de Cartas que vienen y van, un ciclo que hice a fines de los años 90 para la radio. ¡Qué maravilla las cosas que creamos en esa época! Acá en España eso es impensable. No les produce interés el hecho creativo. O les gusta otro tipo de expresión, más experimental, que tenga mucho dinero detrás. Nosotros hacíamos todo con alambre y palito. Y era fantástico.
Cancio: Yo tengo un gran recuerdo de la Argentina. Siento cierta nostalgia de mi paso por Buenos Aires. Es una ciudad muy intensa. Fueron cinco años que hoy me parecen cinco vidas, porque el país es así de intenso. Pero aprendí muchísimo, me encontré con gente que se convirtió en una familia elegida. Y trabajé mucho. El país me abrió los brazos de una forma espectacular. La pasamos muy bien allí, compartimos momentos estupendos con gente maravillosa. Y nuestra hija tuvo experiencias que todavía recuerda. Ella estaba en el jardín de infantes en aquel momento, pero sigue recordando a sus amigos porque en Argentina hay una manera muy particular de conectarse. Son especiales, la gente te abre su casa al minuto uno. Aquí en España somos más desconfiados.

–¿Cómo opera la relación que tienen ustedes dos fuera del escenario en la propia obra?
Cancio: Es verdad que nosotros tenemos una química especial, pero es una química profesional, que se da sobre el escenario. Entonces da igual lo que pasa fuera del escenario. Siempre tratamos de respetar la separación entre lo que sucede sobre el escenario y lo que sucede debajo. Si no, puede ser complicado. Pero a medida que pasa el tiempo la magia de lo que ocurre en escena permanece intacta, no importa lo que pasa abajo. Y eso es algo que con Miguel no me costó nunca. Ni nos hace falta hablar: nos miramos y de inmediato sabemos lo que necesita el otro. Eso en el teatro es algo mágico. Salgo de cada función muy relajada, y en cambio en cine y en televisión me pongo más nerviosa. En el teatro me da lo mismo que haya 20 personas o 1.000 viendo la obra. Sé que puedo tirarme sin red porque tengo conciencia de que está mi compañero. Tengo toda la tranquilidad del mundo para probar, para hacer 200 piruetas, me arriesgo. Eso en otros medios no me ha sucedido todavía.
–¿Qué condiciones necesarias debe tener alguien para actuar?
Cancio: Debés tener algo que contar, algo que aportar, más allá de lo que ya aporta la propia historia. Pero no hablo de poner tu ego y tu persona en eso, sino de contarlo de una forma única, de aportar un plus especial. Hay actores buenos y actores que logran que eso que me cuentan traspase la pantalla, la sala de teatro. Es algo que no se enseña, que emana naturalmente de una persona. Y luego si tienes buenos referentes, es una ayuda crucial. Para mí Miguel es un genio, es de esos actores únicos que te encuentras en contadísimas ocasiones. He ido a escuelas, me he interesado por técnicas que te enseñan cómo respirar, cómo proyectar la voz, pero siento que lo que he aprendido en el escenario con él en los años que llevamos trabajando juntos no se puede enseñar. Miguel no me ha dado un librito con su técnica, se trata de ver a alguien de su envergadura y estar abierta a todo, tipo esponja, para recibir y para aprender. La mejor escuela es hacer y hacer con grandes actores al lado.
Solá: ¿Conocés el estado de enamoramiento? Bueno, si tenés ese estado podés abrir la caja de herramientas. Si no, la verdad es que no vas a abrir nada. No existe una llave, existe el abracadabra.

–¿Preferís el teatro antes que el cine?
Solá: Bueno, el teatro no admite mediocridades. Se ven con mucha claridad. En el cine, en cambio, tenés la posibilidad de hacer retomas, mucho más con la llegada del digital. Antes era un orgullo ser actor de primera toma. Ya a la segunda te cuestionaban. Y a la tercera te decían «sos una porquería». Había que cuidar el celuloide. Ahora tenés tres cámaras filmando al mismo tiempo, no hay que guardar ningún tipo de memoria ni de técnica, ni tenés que enorgullecerte de nada. Decís «che, esto no tiene continuidad» y te contestan «no importa, se arregla en la edición». Es horrible pero real. Yo sigo creyendo en la verdad en la escena. Lo demás son juegos, una manera de ganar dinero. Pero el teatro es el aquí y ahora: no podés hacer otra cosa que entregarte.