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Misa pagana

Quienes hayan vivido una «misa india» al menos una vez en la vida sabrán que se trata de una experiencia única, difícil de explicar. Una ceremonia en la que los demonios personales son expiados por obra y gracia de un puñado de canciones que detonan el éxtasis colectivo. Desde los cuatro puntos cardinales, en autos, combis, bondis, motos y hasta a dedo, los fieles del Indio Solari peregrinaron hasta Mendoza para asistir a la presentación de Pajaritos, bravos muchachitos, su último disco de estudio.
Según datos de la organización, en la noche del sábado 13 de diciembre pasado se cortaron alrededor de 50.000 entradas. Las estimaciones extraoficiales, en tanto, elevaban esa cifra a poco más del doble, ubicando la convocatoria apenas por debajo de las 120.000 personas que lo acompañaron en su anterior excursión mendocina, allá por setiembre de 2013.
La fiesta tuvo su punto culminante a partir de las 21.30, cuando el ex cantante de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota subió al escenario acompañado por su actual banda, Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado. Pero comenzó varias horas antes, a plena luz del día, a medida que la marea humana cubría las inmediaciones del Autódromo Jorge Ángel Pena. Las interminables hileras de colectivos estacionados en la calle de acceso al predio lo convirtieron en una especie de terminal a cielo abierto.
Con varios días de anticipación, la localidad mendocina de San Martín ya lucía su fisonomía completamente alterada por la llegada de los primeros seguidores de Solari. Fue una «invasión», según la simpática definición de algunos medios locales. Las plazas hoteleras de la zona estaban cubiertas en un 100%. En las cercanías del autódromo, el Parque Agnesi ya desbordaba de carpas en las jornadas previas.
El sábado amaneció con la ansiedad generada por la espera multiplicada exponencialmente. El humo de los asados improvisados a la vera de la ruta y en los alrededores del autódromo, una constante en la previa de los recitales del Indio, también se hizo presente en el mediodía mendocino. Una parrilla plegadiza y carne crujiendo al calor de las brasas. Todo regado con cerveza o fernet, otra costumbre de los fanáticos ricoteros que ni siquiera pudo ser alterada por los célebres vinos del lugar.
Con la caída de la tarde, los espíritus ya estaban suficientemente adobados y entonados para vivir un nuevo ritual. Remeras y tatuajes con ilustraciones y frases alusivas saltaban a la vista por doquier. Banderas con fragmentos de letras del Indio y de los Redondos, rematadas con el nombre de ciudades de acá, allá y todas partes. Y las canciones, esos himnos que atronaban desde parlantes improvisados para desatar el pogo tempranero.
Lo mejor, claro, era lo que estaba por venir. Después de una tensa espera, las luces del escenario se encendieron y, por fin, se desató el rocanrol del país. «A los pájaros que cantan sobre las selvas de Internet», el tema que abre su último trabajo, fue también el primero que sonó en la noche mendocina. Después vinieron otros de su carrera solista y de su antigua banda, que dejaron al público en estado de éxtasis. Una sensación intransferible, que fue coronada por «Ji ji ji» y el pogo descomunal que dejó la marca de un nuevo sismo rockero sobre el suelo cuyano.

—Fotos: Andrés Gutiérrez