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Rodrigo Fresán. Escritura fragmentaria.

Radicado desde hace décadas en España, el autor rastrea las influencias que forjaron su estilo y marca su lugar en el mapa de la literatura contemporánea.

Foto: Gentileza Alfredo Garófano

Para un escritor, el tiempo es la materia con la que se construye una obra. En ese sentido, hablar con el escritor Rodrigo Fresán es significativo porque en este momento sus libros dialogan con la actualidad y también con el pasado. El autor acaba de publicar la novela Melvill a la vez que su primer libro, Historia argentina, cumple 30 años desde su aparición. «A Historia argentina lo escribí como un desafío conmigo mismo, es un libro asquerosamente argentino. Pero porque me obligué a hacerlo así, a ver si podía lograrlo», dice desde España. «Melville es mi libro número 12 y me parece que está bien, está bueno que así sea. Sin embargo, la trilogía anterior, integrada por La parte inventada, La parte soñada y La parte recordada, también pudo haber sido mis primeros libros y funcionarían perfectamente bien», agrega.
La producción del periodista y escritor es una de las más monstruosas (en el sentido de únicas) de la literatura argentina. Sus cuentos y novelas son parte de un recorrido que profundiza un estilo reconocible y una serie de temáticas (la música, el cine, la escritura, la lectura, la vocación artística) que vuelven una y otra vez en sus páginas. «Armo una estructura sólida y después comienzo a llenar eso de mis taras, obsesiones y costumbres a modo de órganos, músculos y piel», explica. Fresán ha construido una serie de textos que resuenan en distintas lenguas (fue traducido en más de 12 países) pero que tienen una fibra inigualable. Y todo eso sin dejar de pensar en la muerte, ese magma secreto y fantasmagórico que lo atraviesa todo. «Hay algo de espiritista en esta profesión», asegura.

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«Los libros que más me gustan son los que indagan una mente. Textos donde lo que ocurre en el mundo exterior es lo que esa cabeza calibra o capta o tensiona.»

¿Se llega a ser escritor o se nace con eso adentro?
–No tengo muchas precisiones al respecto. Hace poco me recordaron que se cumplieron 30 años de la publicación de Historia argentina, mi primer libro. Me quedé helado cuando me lo dijeron. Jamás lo hubiera pensado. Supongo que la influencia e irradiación principal es la lectura. El encuentro de ciertos libros que te van dando bofetadas y te conducen de un lado para el otro. Corto maltés, por ejemplo. Pero también cuando hablo de lectura no necesariamente me refiero a libros. Para mí ver 2001: Odisea del espacio fue un hito. Y también escuchar A Day in the Life de The Beatles. Por otra parte, esto de ser escritor tendrá que ver con algunas experiencias personales. Como un hecho supuestamente traumático aunque yo no lo viví dramáticamente: un seudosecuestro en la dictadura. Lo cuento en Historia argentina. Pero todo esto son piezas que van encajando o se van ordenando y desordenando para encontrarles un sentido.
Tus libros fueron adentrándose cada vez más en la cabeza del narrador.
–Con los años y con el paso del tiempo, los libros que más me gustan son los que indagan una mente. Son esos textos que parecen transcurrir dentro de una cabeza y donde lo que ocurre físicamente en el mundo exterior es algo que esa cabeza calibra o capta o tensiona o acompaña. Quienes escriben esos libros son los escritores que más me interesan: Proust, Nabokov, John Banville, Vila-Matas, entre otros. También son acusados de estar escribiendo siempre el mismo libro, pero es una cosa que a mí me interesa.
¿Y ser argentino cómo influyó?
–Yo nací en Argentina y mi primer libro se llama Historia argentina, pero no soy un escritor de lo nacional ni voy envuelto en una bandera. Sí me reconozco dentro de unos parámetros muy nacionales. Primero, una literatura hecha de la lectura: todos los escritores argentinos son súper lectores. Es más, muchos de los grandes libros argentinos tratan sobre el acto de leer o de escribir. Y también está el hecho de que todas las grandes novelas argentinas, las totémicas, son muy raras. No aspiran al podio de la Gran Novela Latinoamericana. En todos los grandes escritores argentinos, por otra parte, hay un trabajo con lo fantástico y lo extraño. Es una pulsión felizmente extraña. En ese sentido, hay una cantidad de cosas que me unen a una tradición.

«Para mí la música es literatura también. Bob Dylan ganó merecidamente el Nobel. Y hay climas sónicos de Los Beatles que están muy cerca de lo literario.»

Tu padre fue un gran ilustrador de libros, ¿cómo era el clima familiar?
–Había un cierto perfume de vocación artística, pero tengo amigos de esa época que no se volvieron escritores. Quizás la explicación que yo me di a mí mismo sobre la vocación es que nací clínicamente muerto y «resucité». Algo que mi familia me contó cuando yo tenía 20 años y me pareció muy bien. Tal vez ahí está la cosa: vivir para contarla. Como que empecé por el final. Fui al otro lado y regresé para contar el cuento, literalmente. Igual, todos nos morimos un poco todas las noches cuando vamos a dormir.
¿Qué imágenes te vienen a la mente de tu etapa de formación?
–Recuerdo ir al Bar Einstein, el Stud Free Pub, el Parakultural. Lugares donde la distancia entre el escenario y el público era de medio metro. Artistas que estaban en la misma aventura que vos y a la vez eras amigo de ellos. Después, cuando ves los documentales sobre la Primavera de Praga, el Mayo Francés y momentos históricos de un despertar, Buenos Aires a comienzos de los 80 era realmente eso. No estoy exagerando ni inventando nada. Ayer justo estuve con Fito Páez y recordamos esos tiempos y nos parecía una locura y llorábamos de la risa. Hubo algo realmente privilegiado ahí. No era la situación ideal, pero te transmitía mucha emoción vivir esas cosas. Y eso se trasladaba a la lectura, a la escritura, porque se empezaban a publicar los libros de mi generación. Aparecieron otra clase de libros, no solo testimoniales.
Y eso coincidió con la renovación del periodismo.
–Había una cantidad de cosas increíbles. Antes de entrar en Página/12 trabajé en una revista de Miguel Brascó y en la redacción circulaban Rodolfo Rabanal, Fogwill, Alan Pauls, Guillermo Saccomanno, Juan Forn, entre otros. La verdad que estuvo muy bueno. No quiero caer en ese comentario antipático de «fue un momento irrepetible». Cada generación tiene equivalentes en intensidad, por supuesto. Pero la verdad que sí, fue un momento extraordinario. 
En ese sentido, Biblioteca Sur, con Juan Forn como editor, renovó la literatura argentina en los 90. ¿Qué recuerdos tenés de esa época?
–Fue muy bueno para ser joven, realmente. Hay momentos históricos donde no tiene ningún sentido ser joven, pero ahí hubo una idea de lo joven bien aplicada. Fui muy afortunado. Y conocí una situación muy extraña de irme a dormir desconocido y levantarme con Historia argentina siendo número uno de ventas. Rarísimo. No sé a qué se debió. Hubo un enganche de mi generación con ese libro. 30 años después es un libro en el que me sigo reconociendo, no lo reniego. 

«La muerte es el final. Y el final para un escritor tiene un peso muy significativo. Posiblemente sea una de mis mayores recurrencias literarias.»

¿Tu partida a España a qué respondió?
–Cuando me vine no tenía pasaje de vuelta. Había una cierta fatiga de mi parte cuando me di cuenta de que iba a ser un escritor joven para siempre, sin importar la edad que tuviera. Me resultó muy atractiva la idea de aterrizar en España y tener 35 años. Tengo la hipótesis de que un escritor queda un poco fijado mentalmente a la edad que tenía cuando sacó su primer libro. Ahora tengo 59 años pero en algún lugar sigo teniendo 27. Hay una parte tuya que se petrifica en ese momento. Es decir: tenía que hacer alguna movida para no quedar prisionero de un personaje. Tampoco me interesaba ser un escritor generacional. Para el mundillo literario argentino, la idea de irte es muy complicada. Siento como una vibra a veces que me llega del tipo «no sos uno de los nuestros». Como tampoco soy de los de acá, no soy un escritor español. Sin embargo, tiene su parte buena. Vila-Matas siempre me dice que me envidia porque no soy de ninguna parte: soy un escritor a secas.

Foto: Gentileza Alfredo Garófano

¿Cómo funciona la música en tu escritura?
–Para mí es literatura también. Bob Dylan ganó merecidamente el Nobel. Y hay climas sónicos que están en las canciones de los Beatles que están muy cerca de lo literario, no es algo estrictamente musical. También están The Kinks cuyo método de composición muchas veces refiere a la composición de un personaje. En el caso del Dylan también su fraseo, esa voz que sube y baja, siempre fue una influencia.
Con 12 libros publicados, ¿pensás en términos de «obra»?
Evidentemente hay un estilo, hay unas preocupaciones, hay unas recurrencias, hay unos tics. Pero también ya hay una imposibilidad de hacer otra cosa. Ya no tengo el combustible suficiente para volver a ninguna base y de ahí intentar otra cosa. A veces me pregunto cómo sería escribir algo totalmente diferente o hacer una novela decimonónica donde todo está perfectamente ordenado. Pero no pienso así, pienso en fragmentos. Y eso tiene que ver con ciertas lecturas. Cuando leí Matadero cinco de Kurt Vonnegut me quedé muy admirado y a la vez con alivio porque me di cuenta de que se podía escribir así. Mis libros no están escritos de corrido. No sé si alguien escribe de corrido a partir de la existencia de la computadora.
A veces pareciera que uno de los temas más presentes de tu obra es la muerte.
–La muerte es el final. Y el final para un escritor tiene una importancia y un peso muy significativo. Posiblemente sea una de mis mayores recurrencias literarias. También hay que decir que en la medida en que uno inventa y mata distintos personajes durante mucho tiempo, quizás uno muera más veces que el común de los mortales en tanto escritor. O tal vez uno se ve obligado a pensar más en la muerte porque nuestros personajes mueren. Sí, es un tema, realmente. Podemos llevar más lejos la analogía y pensar al escritor como el médium de ese fantasma que es el libro, para que este se manifieste lo más clara y armoniosamente posible.