Mundo | MATANZAS EN ESTADOS UNIDOS

A sangre fría

Los tiroteos en Búfalo y Texas se suman a un largo historial de masacres. La portación de armas y el avance de la violencia, en debate.

Tragedia. Efectivos policiales en la escuela primaria Robb, Texas, tras el ataque de un joven en el que fueron asesinados 19 niños y dos maestras.

VONDERHAAR/GINA/Getty Images via AFP/DACHARY

El martes 17, Joe Biden apoyó un ramo de flores en la capilla ardiente de una víctima. Payton Gendron, 18 años, pelo castaño, ojos claros, compró legalmente un rifle AR-15 y un chaleco antibalas en una tienda de NY, cerca de su Coklin natal. Lo planeó durante meses. El sábado 14 se trasladó hasta Búfalo (a 32 kilómetros), ingresó en el Tops Friendly Market y mató a 10 afroamericanos. Con una cámara en su casco: transmitió en vivo su aventura por internet. Se inspiró en el extremista de derecha Anders Breivik (en 2017 asesinó en Noruega a 77 jóvenes) y en Brenton Harrison Tarrant (atacó dos mezquitas en Christchurch, Nueva Zelanda, en 2019).
Al día siguiente, el coraje de 30 taiwaneses en la iglesia presbiteriana Ginebra (Laguna Woods, a 80 kilómetros de Los Ángeles), evitó que el saldo de la locura de un tirador de 60 años fuera más que solo un muerto y cuatro heridos de gravedad.
Una semana después, el martes 24, Salvador Rolando Ramos, quien compró dos rifles días antes al cumplir 18 años, baleó a su abuela y luego fue a la escuela primaria Robb, cerca de su casa, en Uvalde, Texas, para asesinar a 19 niños y dos maestras. La policía dijo haberlo abatido. Es lo que suele pasar, si ellos mismos no se suicidan; pero siempre es tarde.

Historia macabra
Charles Joseph Whitman, rubio, ojos claros, tenía 25 años el 1° de agosto de 1966. Exmarine y exestudiante de la Universidad de Texas, en Austin. Se abroqueló en la torre del edificio: mató a 15 e hirió a 32. Tenía licencia de caza.
Bajo su sombrero sureño Jason Aldine Williams fisgonea a la multitud, rasguea su guitarra y ofrece su voz dulzona. A las 22:08 del 1° de octubre de 2017 entona «Problemas con un desamor». La balacera se mixtura con la música country. Son segundos interminables. Cataratas de sangre y muerte. Desde un balcón del piso 32 del hotel Mandalay Bay, pleno Las Vegas, Stephen Craig Paddock, que llegó a sus 64 años manipulando armas automáticas, mató a 59 e hirió a 851 personas.
Entre ese primer registro de matanzas masivas en Estados Unidos –y el que ocupa el ominoso podio de más víctimas mortales– hubo centenares de tiroteos con connotaciones raciales, sociales, ideológicas, o simple enajenación de una sociedad que rinde pleitesía al uso de armamentos.
¿Qué carácter de masividad se requiere para que sean espeluznantes? En un país con 330 millones de habitantes solo en 2021, 45.222 murieron por armas de fuego (124 por día) en 693 ataques masivos (2 por día). En 2022, ya van 212 tiroteos, 2.408 muertos (58 niños; 156 adolescentes) y 4.186 heridos (90 niños; 376 adolescentes). Son datos suministrados por Gun Violence Archive, con un agregado notable: en su mayoría «los tiroteos se produjeron con armas de alguna de las once grandes fábricas de Massachusetts». En 2022, ya hubo 27 en centros educativos, según Education Week (119 en cuatro años). Las estadísticas son tan cruelmente frías como abrumadoras. Según statista.com, los estados más conservadores son los que reportan más hechos: California, Texas, Florida, Washington y Colorado lideran la siniestra lista.
La psiquiatra Marcia Schelling advierte que «siempre hay señales» que la sociedad estadounidense no registra. Analiza casos en establecimientos educativos, con víctimas y victimarios de entre 10 y 24 años: «El odio se desborda en sus círculos de pertenencia. Siempre se trata de suicidios encubiertos y no importa a quién matas: matas al rebaño, es una venganza al conjunto, más allá del motivo que lo genere». Jonathan M. Metzl, de la Universidad Vanderbilt, dice que personas con enfermedad mental solo están implicadas en un 3% de los delitos: «La disponibilidad de armas es un factor con mayor capacidad predictiva que el diagnóstico psiquiátrico en los 19.000 suicidios con armas de fuego que ocurren en EE.UU. cada año».
La periodista Anahí Rubin, desde Nueva York, opina que «sobre una persona que comete estas masacres no podría decirse que no tiene problemas de salud mental, pero suelen venir de familias y una sociedad donde hay una especie de idolatría a las armas, para defenderse de supuestos enemigos. Son factores psicológicos, sociales, políticos y económicos». Respecto a Nueva York precisa que sufre un incremento del 60% de la violencia, que se revela en 58% más de robos, 22% de violaciones y un 125% de crímenes de odio. «La principal víctima es la población negra y asiática. El alcalde Eric Adams prometió mano dura. Ni él ni el Gobierno federal parecen dispuestos a explorar las causas y consecuencias de la violencia».

Fantasma negro
Todos los caminos concluyen en la facilidad para portar de armas y en las teorías del odio. Por caso, la del «reemplazo» se apoya en la creencia conspirativa de que la preminencia blanca y católica será ocupada en EE.UU por otras razas, por afrodescendientes y otros. El asesino de Búfalo, autodeclarado supremacista blanco, fascista y antisemita, recibió el influjo de la ultraderecha republicana. Era seguidor del comentarista de Fox News, Tucker Carlson.
El de Texas era un chico con antecedentes de bullying. La masacre se produjo en un distrito con 90,8% de alumnos latinoamericanos; 79% de condición humilde. El gobernador Greg Abbott se mostró compungido pero a la vez arrojó, sin ruborizarse: «La solución es armar a las maestras». Ante ello, Javier Auyero, profesor de sociología de Texas, advierte: «Es lo opuesto a lo que debe suceder en un Estado moderno que debe tener el monopolio de la violencia. Es que EE.UU. no es un Estado moderno».
Por su parte, el periodista Víctor Hugo Morales calificó a Abbott como «una bestia violenta y desalmada que supo del episodio mientras se ocupaba de la frontera cruel que impone con México, al que EE.UU. le robó un extenso territorio. Las masacres suceden en una sociedad violenta donde el desprecio, la desigualdad y las armas juegan al mismo tiempo en contra de la vida». Acota: «También acá se viven instancias de gente que se cree superior. Es el odio, la provocación permanente lo que expulsan los medios de comunicación y sus personeros. ¿O qué significa, acaso, “entrar con una metralleta en la provincia de Buenos Aires”? ». Se refiere a Florencia Arietto, quien hizo dicha declaración en línea con Patricia Bullrich, que poco antes había asegurado: «Quien quiera tener armas, que las tenga». Y Víctor Hugo anticipa: «Es el alimento de esa violencia que nadie puede detener. Aquí solo hay que darles tiempo para que se produzca alguna desgracia parecida».

Balas y libertad
La armas en EE.UU. incluso se venden en supermercados. Hay 350 millones en manos civiles: más del 48% de las que hay en todo el planeta. Un verdadero horror: 1,15 per cápita. En Argentina el promedio es 0,07; en el mundo, 0,11. La industria bélica de los EE.UU. declara 1,5 billones de dólares de ganancias en armamentos. Elevó su producción anual de 3.854.439 rifles, pistolas y escopetas (1996) a 11.497.441 (2018). La Segunda Enmienda a la Constitución protege el derecho del ciudadano a portar armas. Tras cada masacre, resurgen voces en su contra. O, como la de Donald Trump, que dijo sin sonrojarse: «La salud mental y el odio aprietan el gatillo, no el arma».
Auyero explica que «las restricciones a su uso tienden a disminuir los daños. A mayor cantidad de armas, mayores daños. Los republicanos se las ingenian para mentir sobre eso. Dicen que la libertad de tener armas es “algo que nos ha dado Dios”. Delirante y medieval».
Rubin reflexiona: «Los grandes compradores de armas son mayores de 50 años, blancos, provenientes del sur, áreas rurales. Gente que envejece y muere. Por eso la industria bélica puso sus ojos en la juventud, los niños y las mujeres. Hay armas de color rosado y campañas publicitarias que promocionan días de camping para que toda la familia vaya a practicar tiro».
Lobby, dinero, odio, la presión descomunal de los medios que denuncian que cualquier proyecto cercenaría «derechos individuales, de poder proteger a la familia». Es una tradición fuerte en EE.UU., al punto que el propio Biden pregunta: «¿Cuándo enfrentaremos al “lobby” de las armas?».
Steve Kerr es el entrenador de Golden State Warriors, que disputa con Dallas una de las finales de la NBA. Tras un partido rehusó responder a cuestiones sobre el juego. Fue contundente: «¿Cuándo vamos a hacer algo? Basta ya. Estoy cansado de venir y dar condolencias a las familias devastadas. Somos rehenes de 50 senadores en Washington que se niegan a someter a votación (una ley para el mayor control) a pesar de lo que el ciudadano de EE.UU. quiere. No lo votarán porque quieren aferrarse a su poder. Les pregunto: ¿van a poner su propio deseo de poder por delante de la vida de niños, ancianos y feligreses?».
Pero 72 horas tras la masacre de Uvalde, en Houston (a 455 kilómetros), se realizó la Convención Nacional del Rifle: los principales oradores fueron el gobernador de Texas y el expresidente Trump. ¿Mayor protección política?


Ricardo Gotta