Mundo | INTENTO DE GOLPE EN BRASIL

Democracia amenazada

Lula acusó al ultraderechista Bolsonaro de promover la violencia y atentar contra las instituciones. Condena internacional y alerta en el continente.

Brasilia. Los seguidores del expresidente provocaron destrozos en el Palacio del Planalto, el Congreso y la Corte Suprema.

Foto: Télam

Apenas una semana después de que Luiz Inácio «Lula» Da Silva asumiera como presidente por tercera vez en su vida, el bolsonarismo cumplió con su vaticinado «asalto al Capitolio» versión brasileña. La intentona golpista –un hecho inédito en la historia reciente del país sudamericano– fue protagonizada por unas 10.000 personas que, armadas con palos y piedras, invadieron y tomaron los tres edificios que le ponen rostro a los poderes democráticos en Brasilia: el palacio presidencial de Planalto, el Congreso y el Supremo Tribunal de Justicia. Lula apuntó contra el expresidente ultraderechista Jair Bolsonaro por estar detrás de la violencia y recibió el apoyo y la solidaridad de la comunidad internacional.
La ocupación de la llamada Explanada de los Ministerios comenzó el domingo por la tarde, poco después de que los violentos manifestantes se reunieran en las puertas del principal cuartel militar de Brasilia, donde reclamaron una vez más la intervención del Ejército para derrocar a Lula. La movilización se gestó en un grupo de Telegram integrado por unas 30.000 personas con un hilo común entre sí: posiciones ultraconservadoras, ultrarreligiosas y fervientemente anticomunistas.
La caravana formada por miles de personas enfundadas en banderas brasileñas y camisetas de la selección verdeamarelha –la mayoría con el nombre de Neymar, amigo personal de Bolsonaro– partió desde los cuarteles hacia las sedes de los tres poderes para destruir todo lo que se encontraba a su alcance. Los edificios estuvieron tomados durante cuatro horas hasta que la policía logró recuperar el control de la zona. Al cierre de esta nota había 1.200 detenidos. El escenario del caos fue el mismo en el que hace tan solo unos días atrás Aline Sousa, una cartonera negra, le entregó la banda presidencial a Lula, quien en su discurso de asunción prometió retomar la senda democrática después de cuatro oscuros años de odio, autoritarismo y un total desprecio por las más elementales reglas de juego republicanas.
Cuando explotó la violencia, el presidente se encontraba de viaje oficial en San Pablo. Desde allí decretó la intervención federal en la seguridad de Brasilia y acusó a las fuerzas policiales por actuar con «impericia» y «mala fe». Fue poco después de que aparecieran las primeras imágenes de manifestantes escoltados por la Policía Militar estadual en el recorrido previo a la invasión. La complicidad llegó al extremo: muchos agentes se sacaron fotos con los violentos y algunos hasta tomaban tranquilamente un refresco mientras los edificios comenzaban a ser ocupados. Por ese motivo, la lupa está ahora bajo la figura del ex secretario de Seguridad de Brasilia, Anderson Torres, destituido tras los disturbios. El hombre fue ministro de Justicia del Gobierno de Bolsonaro y, casualmente, por estos días se encuentra en Orlando, la misma ciudad estadounidense en la que está el exmandatario. Otro que fue eyectado de su cargo, aunque temporalmente, es Ibaneis Rocha, gobernador de Brasilia, suspendido por 90 días por decisión de la Corte Suprema.
En su mensaje, Lula condenó los «actos terroristas» y apuntó directamente contra Bolsonaro por «estimular estos hechos». Sin pelos en la lengua, se refirió al expresidente como un «genocida» y cargó también contra sus seguidores: «Esos vándalos que podemos llamar (…) fascistas fanáticos hicieron lo que nunca se hizo en este país». Luego señaló a las mafias de la minería ilegal y el agronegocio, sectores a los que acusó de financiar la avanzada golpista. En diálogo con Acción, Ariel Goldstein, investigador del CONICET y autor de tres libros sobre la ultraderecha brasileña, consideró que el exobrero metalúrgico «puso correctamente el foco» al hablar de la responsabilidad del «sector agropecuario, que financió las protestas antidemocráticas y que quiere operar sin límites al lucro destruyendo el medio ambiente. Ellos están detrás de esto. Esas protestas, que pedían intervención militar y organizaron hechos de violencia, son el caldo de cultivo de lo que ahora estamos viendo». 

Respaldo y agitaciones
Lula recibió el respaldo de un amplio arco de líderes internacionales. El presidente estadounidense Joe Biden condenó «el asalto a la democracia y a la transferencia pacífica del poder en Brasil». En el mismo sentido se pronunciaron otros jefes de Estado de la región y de Europa. En Argentina, el presidente Alberto Fernández y la vice Cristina Fernández encabezaron la respuesta del Gobierno contra la avanzada antidemocrática. Al otro extremo de la grieta, algunos referentes de la derecha expresaron su simpatía con los golpistas. Fue el caso del diputado ultraderechista Javier Milei, de aceitados nexos con la familia Bolsonaro, quien compartió un artículo sobre la «masiva protesta reclamando que frenen las medidas dictatoriales de Lula». Su amigo Bolsonaro, cada vez más aislado internacionalmente, se pronunció en la noche del domingo. A través de sus redes defendió su gestión y deslizó una leve crítica a «las depredaciones e invasiones de edificios». Sobre las palabras de Lula, apenas se limitó a señalar que fueron «acusaciones sin pruebas». Lo cierto es que el excapitán del Ejército siempre agitó los fantasmas de golpe, arengando a sus seguidores para que tocaran las puertas de los cuarteles o llamándose a un silencio cómplice ante cada manifestación que pedía por la vuelta a los años de plomo. «Es impresionante el grado de violencia y brutalidad que supo organizar el bolsonarismo. Detrás de los hechos en Brasilia, como en los del Capitolio, hay una furia capitalizada por la extrema derecha de sectores de la población contra las élites políticas. Hay un sentimiento de liberación en la destrucción y usurpación de los símbolos públicos. Esta violencia que trajo el pasado Gobierno a la política va a permanecer», analizó Goldstein. En la misma línea, Ricardo Romero, politólogo y analista internacional, aseguró que, de cara al futuro, habrá que «estar alerta por el impulso y la proliferación de mensajes de violencia que incentiven nuevas manifestaciones de estas características en Brasil». Finalmente, Bolsonaro tuvo su propio «Capitolio» al mejor estilo Donald Trump, aunque la embestida contra el orden democrático no se limita al gigante sudamericano ni tampoco a EE.UU., sino que es un fenómeno regional: el intento de asesinato contra Cristina Fernández, las maniobras de desestabilización que derivaron en la destitución del expresidente peruano Pedro Castillo y el golpe contra Evo Morales en Bolivia son solo algunos de los hechos más recientes que dan cuenta del poder que tienen las fuerzas antidemocráticas en el continente. Un poder que, como quedó demostrado una vez más este domingo, no conoce ningún límite.


Manuel Alfieri