Mundo | BRASIL TRAS EL INTENTO DE GOLPE

Desafíos y peligros

Lula se juega el éxito de su mandato en contener a la ultraderecha y dar respuesta a la crisis social, en un contexto regional signado por la inestabilidad.

Liderazgo. Lula saluda al público acompañado por el presidente argentino, Alberto Fernández, durante la cumbre de la CELAC, en Buenos Aires.

Foto: Télam

Los desafíos de Luiz Inácio Lula da Silva para su tercer Gobierno ya eran grandes cuando, el 8 de enero, una semana después de su jura para un nuevo período presidencial en Brasil, la fuerza de choque de la ultraderecha bolsonarista asaltó los tres poderes del Estado en una intentona golpista que pretendió desconocer el resultado electoral de octubre.
Primero con piquetes y llamados a que las Fuerzas Armadas tomaran el poder, tras el triunfo ajustado de Lula sobre Bolsonaro. Luego, acampando en Brasilia sin que ningún cuerpo de seguridad la molestara, la horda quiso desconocer al nuevo Gobierno emulando lo sucedido en Estados Unidos hacía un año cuando Donald Trump perdió su reelección y violó el Capitolio con salvajismo e incluso varios muertos. No fue casual, hay un símil de «internacional» neofascista que recorre Occidente.
La imagen de Lula, según encuestas, salió fortalecida; es la de un líder democrático de ya 77 años atacado –él, su Gobierno, las instituciones republicanas y los 60,3 millones de brasileños y brasileñas que lo votaron– por un sector recalcitrante y reaccionario. Más de 90% de los brasileños repudió la agresión.
El Tribunal Supremo inició causas por terrorismo, asociación delictiva, abolición violenta del Estado democrático de derecho, golpe de Estado, amenaza e incitación al crimen. Y ya hubo 1.500 detenidos, mayoría de manifestantes pero también exfuncionarios de Bolsonaro, en cuyo Gobierno hubo miles de militares en cargos públicos, y milicianos armados en los barrios; se busca aún a ideólogos y organizadores de la intentona golpista en el círculo íntimo del exjefe de Estado, quien se había ido oportunamente a Estados Unidos poco antes del juramento de Lula, igual que otros miembros de su entorno y familia, y se desplazó a funcionarios de seguridad de Brasilia y a altas autoridades policiales y militares que no actuaron como debían. Para Lula, que incluso echó al comandante del Ejército recién asumido, la «connivencia militar y policial» permitió el intento desestabilizador.

Un escenario diferente
Pero más allá del empoderamiento (una vez más) que puede leerse en torno a la figura victimizada injustamente de Lula, sin duda uno de los líderes latinoamericanos más influyentes de estas décadas, el escenario regional muestra también su frágil estabilidad democrática. Ese tema estuvo presente en la cumbre de la CELAC en Buenos Aires (ver aparte) donde Lula fue figura estelar y el presidente anfitrión Alberto Fernández denunció los «peligros» a la democracia que supone la ultraderecha.
En los primeros 15 años de este siglo, los Gobiernos progresistas y de izquierda, que fueron mayoría en el Cono Sur, no solo mejoraron la  economía del vecindario, lo que la corta memoria de los pueblos olvida fácilmente por, entre otras cosas, el tóxico trabajo mediático de cada día, sino que también trajeron una estabilidad institucional inédita. Por ejemplo, en Ecuador o en Bolivia la política anterior a que asomaran los procesos que encabezaron Rafael Correa y Evo Morales honraba la tradición volcánica, explosiva de sus territorios; Argentina tuvo cinco presidentes en los días que cabalgaron entre 2001 y 2002. Esa primera ola progresista falló en muchas cuestiones, pero otorgó mejoras materiales palpables y también estabilidad, característica que en sí no necesariamente alivia a los más sufridos (se sabe que en el mejor de los casos la democracia formal solo pacta solapar el conflicto social permanente, la lucha de clases o como quiera definirse), pero es condición para empezar a andar una vía de inclusión y progreso.
Luego, con los Gobiernos neoliberales regresaron crisis y estallidos (el golpe en Bolivia luego revertido por el MAS, las marchas y protestas en Colombia y Chile que derivaron en los Gobiernos de Gustavo Petro y Gabriel Boric, etcétera) y esta segunda ola progresista enfrenta otros retos. Cómo los asuma y transite Lula impactará en América Latina.

Recuperar el terreno perdido
Se señaló al principio: los retos del mandatario brasileño ya eran grandes antes del 8 de enero. El sector social que explotó de furia acicateado por la prédica retrógrada del bolsonarismo, los fanáticos pentecostales y evangélicos y la bancada parlamentaria «del Buey, la Biblia y la Bala» (sic) expresa una reconfiguración socioeconómica brasileña, distinta a la que Lula, Dilma Rousseff y el PT dirigieron en 2003-2016 (golpe parlamentario mediante, y luego cárcel para Lula y proscripción para ambos). A fines del siglo XX, la industria llegó a aportar 25% del PIB, pero ahora es 10 o más puntos menos. En términos productivos, Brasil se primarizó, más allá de que su saldo comercial por exportar soja y mineral de hierro le forma reservas monetarias envidiables. Menguó el poder de la burguesía paulista (eje del empresariado manufacturero histórico) y creció sobre todo el del agronegocio, cuyas bases, como de otros nuevos empresarios vinculados con servicios no fabriles, nutrieron a la nueva derecha.
Lula armó un equipo poco homogéneo: la alianza que debió armar para superar a Bolsonaro –que obtuvo en el balotaje 58 millones de votos– fue muy amplia, con incorporación de sectores conservadores. Sabe que es imposible restituir el tejido productivo a corto o mediano plazo. Pero promoverá, al contrario de Bolsonaro, una mayor presencia del Estado en empresas clave como Petrobras o Electrobras, y atenderá como condición sine qua non la reparación del daño social que infligió el bolsonarismo, pese a su retórica, que caló en bases populares atontadas por la religión y apenas ayudadas a la hora del voto.
Más que al sector financiero y de agronegocios, que pesan fuerte como desafíos para el tercer mandato de Lula, a la industria sí le interesa resarcir el mercado interno y la demanda vía mejores ingresos, pues sabe que con casi 70 millones de pobres será difícil recuperar el terreno perdido en estas décadas de políticas neoliberales (que también las hubo durante los mandatos del PT, como de otros Gobiernos progresistas de la región). Solo entre 2020 y 2021, durante la pandemia que Bolsonaro despreció, el número de pobres subió 23%. En el terreno social, productivo y en la contención del fascismo articulando alianzas lo más amplias posibles, Lula se juega el éxito o el fracaso de su mandato.


Néstor Restivo