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El tercer tiempo de Lula

Ganador en segunda vuelta, recibe un país arrasado por el neoliberalismo. Su agenda progresista deberá lidiar con la mayoría opositora en el Congreso.

Popularidad. El líder del Partido de los Trabajadores regresa al poder luego de 12 años. Asumirá el 1º de enero de 2023.

Foto: De Souza/AFP/Dachary

Volverá a sentir sobre su pecho la banda presidencial verdeamarelha con el escudo de armas y la constelación de la Cruz del Sur junto a las plantas de café y tabaco. La política, la economía, los astros. Fuerte símbolo de lo que ocurrirá el próximo domingo 1° de enero. Ese día despuntará el 2023. Nacerá un nuevo Gobierno. El que sucederá al de Jair Bolsonaro, derrotado por Lula en la segunda vuelta, este 30 de octubre. Luiz Inácio Lula da Silva, ese obrero metalúrgico que llegó a presidir el Brasil, retornará al Palacio del Planalto. Ahora a los 77 años. Luego de 13 de haber dejado el poder. De que en su país, un golpe blando haya derrocado a su sucesora, Dilma Rousseff; de que él mismo hubiera sido ferozmente perseguido, víctima del lawfare, condenado a nueve años y seis meses y hasta enviado a la cárcel. Ese primer día del 2023, Lula ingresará otra vez en el despacho presidencial y desde su ventana observará con emoción y expectativa, con una extrema responsabilidad, hacia la Plaza de los Tres Poderes en Brasilia. Otro símbolo.
Él encarnará la cúspide de uno de esos poderes. Deberá pelear a brazo partido con los otros para recuperar la República Federativa que recibe tras seis años del neoliberalismo más crudo e irracional de la región, encarnado primero en Michel Temer, y luego, brutalmente, en Jair Bolsonaro, en perfecta sincronía con las tendencias y perturbaciones que se dan, incluso, en supuestas democracias estables como en EE.UU. y en Europa Occidental.

Un país distinto
Encontrará un Brasil muy diferente al que dejó en 2011. Ahora quebrado hondamente en la tensión social evidenciada en la elección: dos países en uno, contrapuestos, enfrentados, lacerantes. Ese gigante que atraviesa un periodo turbulento, inestable, aunque siga tallando fuerte en la región. Ese Brasil 2023, su estructura social, política y económica, diferirá sustancialmente del que el exsindicalista tomó a principios de siglo.
Aquel triunfo singular de un líder obrero fue la decantación de un crecimiento político individual y de una estructura que se impuso asumir la gestión del Estado. Hoy es uno de los más avezados dirigentes del planeta que acaba de edificar un capital político no exento de entredicho: una alianza amplia aún más heterogénea que aquélla, desde lo ideológico y lo programático, que incluye al centro político con el que compitió tantas veces. El PT lidera un espectro conformado por once pequeñas agrupaciones; un abanico difícil de complacer. 
«Lula no podrá reproducir la “marea rosa” de 20 años atrás. Fue una izquierda que debió diluirse para hacer posible el proyecto. Hoy, aún más, la debilidad está en su propensión a perder un núcleo programático, una orientación firme y clara. La coalición debe ser muy consciente de que, si fracasa, pone al país en un enorme riesgo de fortalecimiento de la extrema derecha en una versión más nociva de la que conocemos», analiza Cicero Araujo, politólogo de la Universidad de San Pablo.

Las veredas
Lula tendrá gobernadores clave alineados con Bolsonaro, como el de Río de Janeiro (Cláudio Castro) y el de Sao Paulo (Tarcísio Gomes de Freitas), con quienes deberá negociar arduamente. Es uno de sus desafíos: consolidar la convivencia política, imprescindible para liar con los otros poderes.
Por caso, en la alianza vencedora coexiste con sectores de enorme influencia en la Justicia brasileña, que ciertamente siempre fue hostil a Lula, al que ahora ven como el mal menor. Aun así, deberá plantear batallas sin cuartel con los sectores más reaccionarios y afines a la derecha y al fundamentalismo religioso, ese Poder Judicial del lawfare (que representó en su hora el exjuez Sergio Moro) que lo atacó en su gobierno, que luego lo metió preso, que se mantiene al acecho.
O el nuevo parlamento: le costará al futuro oficialismo lograr una mayoría con relativa estabilidad como en el pasado (aun cuando el Senado siempre le fue adverso). «El Congreso será bastante hostil debido al crecimiento de la derecha, en especial la extrema, más radical», sintetizó Oliver Stuenkel, profesor de la Fundación Getulio Vargas. El Partido Liberal creció 23 bancas de diputados; totaliza 99 de 513, pero se duplican con el PP y Republicanos. Será una cámara conservadora, integrada por un 82,2% de hombres y un 17,7% de mujeres. En el Senado, el PL ganó seis lugares (llega a 13): la peor noticia es que la derecha controlará el 53% de los de 81 escaños.
La contracara: habrá 135 diputados afro, tres asiáticos y cinco indígenas (cuatro mujeres). Por primera vez, hubo más candidatos negros que blancos. Una paradoja: la derecha eligió más negros que la izquierda. El PL tendrá a 25 diputados afro.
Claro que también habrá 23 del denominado «grupo parlamentario de la bala», los partidarios de las armas. Se da de la mano con la ola neofascista y con el hecho de que durante el bolsonarismo haya crecido el poder militar. Lo habían sido él mismo y su vice, Antônio Hamilton Mourão. Junto a unos 742 que ocuparon cargos ministeriales o ejecutivos. Brasil tiene la mayor cantidad de militares en servicio activo de todo el hemisferio sur: 334.500. A pesar de no ser potencia militar ni poseer capacidad nuclear. En el Gobierno saliente hubo un regreso a los valores de la dictadura militar (1964-1985) con el rol asumido por las fuerzas armadas conservadoras, aliadas del poder financiero y las poderosas iglesias pentecostales, determinantes para el retroceso en los derechos sociales conquistados en gobiernos del PT.
«El bolsonarismo continuará, el odio continuará por un tiempo, los fanáticos seguirán, pero vamos a tener un proceso de reconciliación entre los brasileños», auguró el flamante presidente electo.

Economía en la mira
Leonardo Avritzer, politólogo de la Universidad de Minas Gerais, precisa: «Lula logró un apoyo importante en cierto sector del empresariado relacionado con el mercado financiero que antes apoyó a Bolsonaro. Será clave para su despegue económico; le brindará una suerte de tregua, muy necesaria para encarar un proceso de recuperación, con efecto mediato, pero que se sienta en el primeros año de su Gobierno».
Tras década y media de crecimiento acelerado, desde el 2015, el país tiene signos económicos en declive, acentuados en la pandemia. Conquistas sociales cercenadas, 23,7% de pobres y 15% (33,1 millones) en condiciones de inseguridad alimentaria severa, a pesar de la repartija indiscriminada de planes que implementó Bolsonaro para recuperar votos. Su ministro Paulo Guedes lideró un proceso de achicamiento del Estado, inició la privatización de Eletrobrás y otras empresas; sentó las bases para que ocurriera con Petrobras. Lula prometió revertir ese proceso. Los sectores de servicios representan un 70% del PBI en una economía que creció un 1,1% en los últimos trimestres, con China como el principal destino exportador. «No debe haber empresas estatales deficitarias, voy a fortalecer el Banco Nacional de Desarrollo, el de Brasil y el de Amazonia».
Se espera un Gobierno pragmático, más intervencionista, que recurra a la banca estatal para inducir actividad económica y controles estrictos de precios. Y más gasto social, que ascendería a los 18 mil millones de dólares. También se descuenta una profunda reforma fiscal: la incógnita es si, como lo dijo en campaña, podrá hacer que aporten más los que más tienen: el 10% más rico posee el 60% de la renta nacional.

La calle
La gestión bolsonarista en salud fue calamitosa. No solo no aceptó la magnitud ni la gravedad del Covid-19, lo que ocasionó miles de muertos que podrían haberse evitado, sino que destruyó literalmente el sistema público en beneficio del privado. Lo mismo sucedió con el ultraje al medioambiente, en función de los grandes negociados, en territorios como la amazonia, a pesar de las estridentes advertencias de los organismos internacionales. Se enfrentó con ambientalistas y despreció a los sectores indígenas.
En general, los derechos civiles y de las minorías fueron pisoteados. Crecieron los femicidios. Lula lo sabe: «Ningún país será soberano mientras las mujeres continúen siendo asesinadas por el hecho de ser mujeres y mientras personas continúen recibiendo palizas y sean muertas por cuenta de su orientación sexual».
Tampoco los líderes con los que compartirá la región son los mismos que en la primera década del siglo: el chileno Gabriel Boric y el colombiano Gustavo Petro están en la vereda del progresismo aliado, pero entre ellos mismos difieren sus miradas con Venezuela y Cuba. Será compleja la reconciliación con el México de Andrés Manuel López Obrador. Pero tanto con Alberto Fernández como con Cristina Fernández, Lula mantiene una estrecha relación.
Quedan dos meses para ese 1° de enero. Lula tiene ese lapso para ultimar la ruta de su nueva gestión. Ya aseguró que no irá a un cuarto período. Tal vez sea porque, viejo zorro, su experiencia le permite augurar lo escabroso y a la vez trascendente, que será gobernar el enmarañado Brasil que heredará.


Ricardo Gotta