Mundo | MONARQUÍA BRITÁNICA

La intimidad del poder cruento

Tiempo de lectura: ...
Telma Luzzani

Las teorías conspirativas sobre Kate Middleton evocan a Lady Di, una mujer que debió soportar las presiones de la Corona. El show y su contracara: los escándalos que se esconden bajo la alfombra.

Londres. Tapas de los periódicos con la foto manipulada que difundió Middleton junto a sus hijos, un hecho que hizo crecer el asedio mediático.

Foto: Getty Images

En su Historia del siglo XX, el historiador británico, Eric Hobsbawm, conjetura socarronamente que la supremacía británica en las novelas de espionaje durante la Guerra Fría –desde Jame Bond hasta la obra completa de John Le Carre– fue una forma de «compensar el declive de su país en el mundo del poder real».
La exhibición pública de la vida íntima de sus majestades reales, convenientemente alimentada por la prensa amarilla y los «paparazzi», también tiene, en el Reino Unido, un aspecto funcional: es una herramienta clave de la batalla cultural para la preservación del establishment; aporta una cuota importante de materia prima para diversas industrias como la cinematográfica, la editorial o la turística y, sobre todo, ayuda a la distracción en tiempos difíciles. Según algunas de las biografías de la última reina, Isabel II, incluso ella admitía públicamente ser parte de un show: «La gente necesita que la animen. De lo contrario, el mundo sería un lugar sombrío».
Ahora le toca a Kate Middleton (42), princesa de Gales y esposa del príncipe heredero Guillermo (41). El 17 de enero, Middleton tuvo una operación quirúrgica calificada por la prensa británica como «misteriosa». La falta de información oficial cebó a los medios británicos que empezaron a hacer circular palabras como «posoperatorio grave», «temor por su vida» y «cáncer». Para que el asunto no escalara, la casa real publicó una foto de Middleton con sus tres hijos. Rápidamente quedó en evidencia que era una imagen manipulada por lo cual el asedio mediático creció. El sábado 16 de marzo se viralizó un video –cuya autenticidad se pone en duda– donde se la ve «feliz, relajada y sana» (según la prensa) caminando junto su marido por la Windsor Farm Shop. 
Para sumarle picante, los medios reflotaron la infidelidad de Guillermo con la mejor amiga de Kate, Sarah Rose Hanbury (40), casada con el marqués de Cholmondeley (64). El adulterio fue tapa en las revistas del corazón hace cinco años, en 2019, pero las malas lenguas dicen que aún continúa. 
Como en Hamlet, la tragedia de William Shakespeare, un fantasma merodea en el palacio, pero esta vez es el de una mujer. Ante el cuadro de Middleton (que sufre de bulimia y es víctima de los engaños de su marido), nadie puede dejar de pensar en lo tortuoso que fue para Lady Di, madre de Guillermo, soportar las presiones de la Corona. Hoy otra vez, como en los 90, todos los componentes del psicodrama aristocrático están servidos.
La escritora inglesa Hilary Mantel, analizando el caso de Middleton, escribió sobre la «obsesión mórbida de los británicos con el cuerpo de su monarca como personificación del Estado». Hoy no se los encierra en torres inaccesibles ni se los decapita «pero los sacrificamos a diario», opinó.

Conmoción. Una multitud despidió a Diana, Princesa de Gales, fallecida tras un accidente automovilístico en 1997.

Foto: Getty Images

Reina de corazones
El caso de Diana está muy presente. En su libro Deber real, Paul Burrell, mayordomo principal de Lady Di, dio detalles sobre la explosiva entrevista que la princesa otorgó a Martín Bashir para su programa Panorama de la BBC. Aquellas declaraciones de Diana, difundidas por la televisión en 1995, provocaron una aguda crisis en la familia real y abrieron un escándalo que se cerró solo después de su muerte, en un accidente automovilìstico, en París, el 31 de agosto de 1997.
«Éramos tres en este matrimonio, era una multitud», dijo Diana a Bashir al referirse a la descarada infidelidad de su entonces cónyuge y actual rey Carlos III con Camila Parker Bowles, con quien ahora está casado. Luego Diana habló largamente sobre su romance con el profesor de equitación, James Hewitt, sobre su bulimia, las presiones de la casa real y su salud mental. Fue en aquel programa de la BBC donde dijo que se daba cuenta de que no llegaría a ser reina, pero esperaba poder ser «reina de los corazones» del pueblo británico.
La difusión de la entrevista aceleró el divorcio real y un año después, cuando todo el papeleo se había completado, Diana murió en un accidente de auto en el interior del túnel del Alma en París. La despedida del pueblo a su «reina de corazones» fue una de las experiencias colectivas más conmovedoras que recuerde el Reino Unido.

De nazis y pedófilos
Otros escándalos de la casa Windsor, en cambio, se esconden bajo la alfombra. El más reciente involucra al príncipe Andrew, hermano del actual rey, involucrado en las orgías organizadas por el pedófilo estadounidense Jeffrey Epstein. Cientos de mujeres denunciaron que, cuando eran menores de edad, fueron obligadas por Epstein a prestar servicios sexuales. El expresidente Donald Trump, el príncipe Andrew y los magnates más poderosos del mundo frecuentaban el prostíbulo VIP a sabiendas de que las nenas eran menores. La Justicia estadounidense determinó que la lista de pedófilos fuera confidencial. Aun así Epstein murió «suicidado» en su celda.
Ya en el siglo pasado, otro caso que sacudió a la casa real fue el de Eduardo VIII, tío de Isabel II y tío abuelo de Carlos III. El escritor y agente secreto británico Bruce Lockhart lo describió así en sus memorias: «Eduardo era un hitleriano acérrimo, dijo que no debíamos intervenir en los asuntos internos de Alemania, que los dictadores gozaban de gran popularidad y que deberíamos tener uno en Inglaterra lo antes posible». 
En enero de 1936 fue coronado tras la muerte de su padre Jorge V. Duró en palacio 325 días, hasta diciembre del mismo año. El Gobierno conservador del primer ministro Stanley Baldwin y la oposición laborista no acordaban con las posiciones del rey a favor de Alemania. El noviazgo de Eduardo con la estadounidense pronazi y divorciada, Wallis Simpson, y la intención de casarse con ella (en contra del protocolo real) fue la coyuntura perfecta para hacerlo abdicar. Se elaboró el relato de que el rey abdicaba por amor.
Aún hoy Eduardo VIII sigue siendo un personaje incómodo para Londres. Después de abdicar viajó a Alemania y vivió allí, en 1937, por invitación de Adolf Hitler. Hay fotos de él y su esposa, Wallis Simpson, con el Führer. Ochenta años después, en 2017, se desclasificaron documentos del Archivo Nacional de Kew, en Londres, y se supo que el ex primer ministro Winston Churchill solicitó, en 1953, a Francia y a Estados Unidos, que no publicaran unos telegramas incautados a los nazis en los que se revelaba los planes del exmonarca Eduardo VIII. ¿Tal vez el Reino Unido jugaba a dos puntas? Imposible saberlo, lo cierto es que, según los documentos nazis, existía un plan para reponer a Eduardo VIII en el trono si los alemanes triunfaban en la Segunda Guerra Mundial. «No somos una familia. Somos una marca». La frase popularizada por Felipe, marido de Isabel II, fue acuñada, según The New York Times, por el padre de Isabel, el rey Jorge VI. Y así sigue siendo: nuevos relatos dramáticos, odios familiares y muertes no siempre glamorosas. Pero el sistema feudal de la monarquía, ahora convertido en cruento espectáculo, se resiste a desaparecer. El show debe continuar.

Estás leyendo:

Mundo MONARQUÍA BRITÁNICA

La intimidad del poder cruento