Mundo | UN MURO EN CENTROAMÉRICA

La isla partida

República Dominicana impulsa la construcción de una «verja perimetral inteligente» en la frontera con Haití. La conflictiva historia de ambos países.

En acto. Luis Abinader, presidente dominicano, en la puesta en marcha de la polémica obra en la ciudad de Dajabón, en febrero.

SANTELICES/AFP/DACHARY

El 20 de febrero de este 2022 fue domingo. Luis Abinader, presidente de República Dominicana, se colocó un chaleco amarillo fluo sobre una guayabera blanca y paleó cemento fresco sobre la zanja de la que asomaban varas de acero. Sonrió para las fotos. Juan Luis Guerra sonaba de fondo. Asintió satisfecha la cúpula eclesiástica. También la militar, que fue instruida en la Escuela de las Américas. Se iniciaba la construcción de la  «verja perimetral inteligente» que separará a República Dominicana de Haití. Tendrá 160 kilómetros, 19 torres de vigilancia, 10 puertas. Se contempla un costo total de 30 millones de dólares. La empezaron en la ciudad de Dajabón, en la frontera entre ambos países. La construirá un consorcio privado, COFAH que, según el propio alcalde de la ciudad, Santiago Riverón —del mismo partido del presidente, el Partido Revolucionario Moderno—, por escasos dólares contrata mayoría de haitianos para los trabajos. Hoy, en la ciudad laboran 18.000 de ellos. «La República Dominicana no puede hacerse cargo de la crisis política y económica de ese país ni resolver el resto de sus problemas», dijo Abinader, tras quitarse el chaleco. No nombró a Haití en ningún momento en una clara demostración del sentimiento antihaitiano de su Gobierno. Claro que la conflictiva relación entre ambos países tiene una historia. La isla La Española descansa en las aguas tibias del Caribe, entre Cuba y Puerto Rico. El primer asentamiento español en el Nuevo Mundo. La llamaban Bohío o Bareque, antes de que llegara Colón en 1492. Con 76.192 kilómetros cuadrados es comparable con San Luis, la 18ª provincia argentina en superficie. Allí, en un extremo, se ubica República Dominicana. Ocupa dos tercios de la isla, con 10 millones de habitantes. Perteneció a España, formó parte de la Gran Colombia y permaneció unida a Haití hasta 1844. Luego, sumida en la inestabilidad política, fue regida por una agria clase conservadora que mira con altivez a esa república negra, bárbara. Basta una ojeada por la prensa local para advertir la mirada racista. Con frecuencia surgen voces que promueven otra subordinación a la corona española. En el otro tercio, Haití, con 11, 4 millones de habitantes. Estuvo bajo dominio español y, desde 1697, francés. Se liberó con la Revolución Haitiana de 1804, movimiento liderado por los descendientes de los esclavos negros. La independencia haitiana, cabe recordar, jamás fue aceptada por la Revolución Francesa y Napoleón. Es el país más pobre de la región, con desempleo de más de 70% y catastrófica escasez de alimentos. Un 40% subsiste de la agricultura. Los continuos desastres naturales le suman vulnerabilidad. Solo en este siglo sufrió dos terremotos devastadores: en 2010 (316.000 muertos) y en 2021, en plena pandemia. En el medio, los huracanes Matthew (2016) y Laura (2020). Además de un sinfín de crisis económicas, corrupción, protestas y dictaduras, la más cruenta en manos de la familia Duvalier (1957/86). El 7 de julio de 2021 fue asesinado el presidente Jovenel Moïse. Hoy impera el vacío de poder. En su capital, Puerto Príncipe, hace unas horas una guerra de pandillas provocó un centenar de muertos. Dominicana tiene un PIB per cápita de 8.282 dólares, Haití menos del 15%. En 2021, Dominicana le vendió insumos por más de 500 millones de dólares y le compró por solo 4 millones de dólares. La pobreza extrema es del 24% en Haití; el 3,5% de otro lado de la frontera. Pero nada de eso justifica un muro electrificado.

Víctimas y victimarios
Dajabón, una ciudad dominicana que hoy tiene 25.000 habitantes, se halla a la vera del río que le dio su nombre y sirve de límite con Haití: paradójicamente, la dominación francesa lo llamó río Masacre, mucho antes de 1937. Una zona de frontera permeable. El general Rafael Leónidas Trujillo Molina, dictador de bigote hitleriano, manejó el país por más de tres décadas. Una de las tiranías más sangrientas de Latinoamérica. Aún no había ordenado la construcción faraónica del actual Palacio Nacional cuando lideró  «el blanqueamiento de la sociedad dominicana». El 2 de octubre de 1937 se trasladó a Dajabón para un acto en su honor. Su discurso volvió a ser fuertemente xenófobo con sus vecinos. Los acusó de robar ganado y cosechas. Auguró escarmiento. En realidad trasparentó una decisión ya ejecutada: sus tropas habían iniciado la Masacre del Perejil (en creole, idioma haitiano, perejil era un vocablo difícil de pronunciar). Mataron a 15.000 haitianos, aunque varios historiadores aseguran que fue el doble. También hubo víctimas cubanas, colombianas, venezolanas, españolas.
Trujillo fue asesinado en 1961. Danilo Medina Sánchez aún vive. En 2013 era presidente por el Partido de la Liberación. El principal promotor de la desnacionalización de 130.000 dominicanos con ascendencia haitiana: a los nacidos desde 1929, cuyos padres no contaban con estatus legal, les quitaron la nacionalidad. En 2019, Medina erigió en la provincia central de Elías Piña, un muro de unos pocos kilómetros. En agosto de 2020, le entregó la banda presidencial a Luis Abinader. Al Partido Revolucionario Moderno lo votó el 52% y el empresario de 55 años se convirtió en presidente. Abinader tiene un patrimonio de 75 millones de dólares. En octubre de 2021 fue mencionado en los Pandora Papers por sus empresas Littlecot Inc. y Padreso SA. La pobreza en el país ascendía al 23,85%. Según los últimos censos, hay medio millón de haitianos en Dominicana, el 87% de su población extranjera. Tal vez esa circunstancia se modifique con el nuevo muro, el nuevo oprobio, uno de los más de 70 que se erigen en el planeta, en pleno siglo XXI, para vergüenza de la raza humana.


Ricardo Gotta