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Miradas sobre la Amazonía

La gestión de Bolsonaro acumula récords negativos en materia ambiental. El desafío de Lula en un escenario muy diferente al de sus anteriores gobiernos.

Deforestación. Una vista área de una zona quemada en Lábrea, sur del estado de Amazones, en septiembre pasado. En ese mes se incrementaron los incendios.

Foto: Dantas/AFP/Dachary

La deforestación de la Amazonía durante los cuatro años del Gobierno de Jair Bolsonaro, negacionista del cambio climático, llegó a los 31.000 kilómetros cuadrados, el equivalente a la superficie de Bélgica. Los datos son del INPE (el Instituto de Investigaciones Espaciales de Brasil) y son la foto de lo que significa la naturaleza para el todavía presidente del país más grande y poderoso de Sudamérica: un territorio a conquistar bajo la sola regla que impone el mercado.
En estos últimos años, Brasil coleccionó récords negativos en materia ambiental: deforestación acelerada, mayores emisiones contaminantes, quemas históricas, inédito nivel de violencia contra las poblaciones indígenas y crímenes contra los defensores de la naturaleza han sido la marca registrada de la gestión bolsonarista, lo que generó críticas fronteras adentro y fricciones en la arena global, como la pelea que tuvo con el presidente francés Emannuel Macron por el acuerdo comercial entre el Mercosur y la Unión Europea.
Si Lula gana la elección del próximo 30 de octubre tendrá mucho que reconstruir en relación con la gobernanza ambiental de Brasil, destartalada a partir de 2019. También deberá enfrentar un escenario internacional diferente al que conoció en sus anteriores presidencias: como nunca antes, los mercados que compran alimentos (Europa, Estados Unidos y en algún tiempo China también) buscan granos y carnes «libre de deforestación». Cuidar el ambiente será entonces no solo un imperativo ético: también será la manera de no perder mercados y garantizar el ingreso de dólares. 
Brasil es un gigante en todo sentido y eso se replica también desde una mirada ambiental. Ese país alberga la reserva de carbono forestal y de tierras agrícolas más importante del mundo, la tercera reserva de agua dulce y una biodiversidad única. Por eso lo que pase fronteras adentro no es solo una cuestión nacional, como siempre ha sostenido Bolsonaro, sino algo con impactos regionales y globales, ya que la Amazonía es un ecosistema clave para combatir el calentamiento del planeta y garantizar el equilibrio ecológico de amplias zonas de Sudamérica.
«La campaña en Brasil está muy polarizada en torno a un eje principal: democracia o autoritarismo y papel del Estado. Eso aplica también a la agenda ambiental», explicó Gisela Pereyra Doval, experta en Relaciones Internacionales de la Universidad Nacional de Rosario (UNR) y el Conicet. «El debate gira alrededor del papel que le asigna al Estado cada uno de los candidatos, con Lula defendiendo a este actor como preponderante y como el ordenador de la economía y Bolsonaro reafirmando su perfil antiestatista y econocéntrico con preminencia del capital financiero en la toma de decisiones», dijo la experta, para quien el todavía presidente piensa al Estado como garante de la seguridad «pero no de la economía, y todavía menos del cuidado del ambiente».

Deforestación, un problema global
Según la información pública del INPE, solo durante junio pasado la deforestación en la Amazonía fue de 1.120 kimómetros cuadrados, récord total para ese mes, mientras que en julio fue aún mayor: 1.486 kilómetros cuadrados. «Hay varios problemas ambientales en Brasil, pero creo que la deforestación es el más importante, tanto por su impacto global como por la relación que tiene con el agronegocio, un actor económico clave en el país», apuntó Pereyra Doval, quien detalló que además de la Amazonía existen otras regiones bajo fuerte presión de la expansión de la frontera agropecuaria, como el Cerrado, el Noroeste, el Bosque Atlántico y el Pantanal.
La académica detalló que desde que asumió Bolsonaro la deforestación anual promedio aumentó un 75%. «Esto no significa que no haya habido picos en 2004 y 2016, pero a partir de 2017 la tasa de deforestación empeoró cada año de manera consecutiva». A esto se le suma un dato preocupante: Bolsonaro es, como lo era Donald Trump, un presidente negacionista, alguien para quien el cambio climático es casi un invento. Cabe mencionar, además, que en agosto de 2019 el actual mandatario despidió al director del INPE, Ricardo Galvão, un experto reconocido internacionalmente y quien había elaborado las primeras cifras de esa catástrofe.
 «No solo no reconoce el fondo del problema, sino que cuando lo acepta a regañadientes lo plantea como algo que va en contra de la soberanía brasileña. Forma parte de su visión antiglobalista en la cual no permite que ninguna organización internacional opine ni actúe sobre el tema», argumentó Pereyra Doval.
Esta forma de entender las relaciones internacionales de Bolsonaro afecta la gobernanza ambiental global: «No se puede negociar ni cooperar y representa a uno de los países mas importantes del mundo, eso en cuestiones climáticas es un problema», sintetizó la investigadora, para quien en un escenario de mercados globales con exigencias de sustentabilidad cada vez más estrictas habrá que ver que pesa más, «si el agronegocio y el mercado interno o la necesidad de las exportaciones para sobrevivir».

Otra agenda
Lula se encontrará, de ganar la segunda vuelta, un mundo diferente al que conoció en sus dos mandatos anteriores, cuando la crisis climática todavía no marcaba la agenda de la alta política internacional. En opinión de Pereyra Duval, tanto los discursos preelectorales del referente del Partido de los Trabajadores como su renovada alianza con Marina Silva (quien fue su ministra de Ambiente) marcan una visión anclada en un cambio radical de postura respecto a los últimos años.
«Lula ha dicho más de una vez que la cuestión climática es clave y que Brasil debe ser líder global en acción climática. Así lo marca también su acercamiento con Marina Silva, la nueva alianza entre los dos tiene que ver con el compromiso de implementar políticas de protección de la naturaleza», dijo la especialista, que advirtió también sobre los límites a este tipo de política en países cuya economía depende fuertemente de la explotación de recursos naturales.
Por eso, el cambio en la política ambiental de Brasil puede ser «quizá no tan radical», al ser la economía de Brasil «extractivista a mansalva, como la argentina». «No estoy segura de hasta dónde esto puede avanzar, es un wait and see, o sea habrá que ver quién tiene más poder, si un presidente o un sector económico muy poderoso», sintetizó Pereyra Doval.


Jorgelina Hiba