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Nuevos aires regionales

En un escenario diferente al de principios de siglo, la victoria de Lula se suma al cambio progresista y podría liderar un renovado proceso de integración.

Unidad. El líder del PT junto a la vicepresidenta electa de Colombia Francia Márquez, en un acto celebrado en San Pablo tras el triunfo de Gustavo Petro. Uno de los hechos políticos más resonantes de este año en el continente.

Foto: AFP

El triunfo presidencial de Luiz Inácio Lula da Silva en Brasil cambia mucho el mapa latinoamericano. Es innegable que, pese a que nada es inamovible, que más bien lo gelatinoso cunde en la región (y en gran parte del mundo) en cuanto a predominio político, el regreso al principal sillón de Brasilia del líder del Partido de los Trabajadores significa un giro llamado a reconfigurar al menos la coyuntura.
Como bien piensa el exvicepresidente e intelectual boliviano Álvaro García Linera, ni el progresismo ni el neoliberalismo cada vez más fascistoide logran consolidar un proyecto de largo plazo de niveles masivos y que permita hablar de hegemonía, por ahora. Pero la derrota de Jair Bolsonaro –quien sin embargo, o justamente por el equilibrio vigente, dio gran pelea– vuelca el escenario regional a una construcción que lo que queda del sistema democrático agradece.
Lula, además, se sube a una corriente triunfal que incluyó en estos años a López Obrador en México, Fernández en Argentina, Castillo en Perú, Arce en Bolivia, Boric en Chile, Xiomara Castro en Honduras y Petro en Colombia, lista que en otra etapa se vería como una «ola progresista» o «roja» instalada en el Cono Sur.
No parece ser así. Lejos de ello, cada uno con su historia, sus límites, sus contradicciones, la presión en contra que les juega un poder económico interno y externo voraz y una derecha irracional que los horada desde medios, jueces, fanáticos religiosos y desesperanzados de esta democracia (antes, bases de la izquierda), estos presidentes no constituyen un bloque unívoco como para volver a pensar en un proyecto de Patria Grande inclusiva, democrática, soberana, desarrollada y socialmente justa. Por el peso de Brasil y el suyo propio como dirigente, el triunfo de Lula empuja muchísimo, más que cualquier otra opción hoy en el menú, pero la disputa sigue abierta.
Consciente de ello, López Obrador, ya en la segunda mitad de su mandato, aprovechó una cita en Oaxaca a fin de mes para la Alianza del Pacífico y decidió invitar a reuniones paralelas a Fernández, en su último año de gestión, y al electo Lula, que asumirá el 1º de enero. Habrá que ver si al presidente argentino se lo permite su estado de salud tras el viaje a Indonesia, cuando sufrió una gastritis con sangrado.
Ni Alberto ni Lula son parte de esa Alianza, son las grandes economías del Mercosur del Atlántico. Y Brasil, México y Argentina son las tres economías más grandes de la región: suman un 70% del PIB de las más de 30 naciones que la forman: casi 3,5 billones de dólares de los aproximadamente 5 billones del total.
El trío de mandatarios más fuerte de la región, entonces, podrá conversar con el Petro de la completamente novedosa Colombia o el Boric del incierto Chile y empezar a pensar juntos cómo relanzar –ojalá menos retórica y más programas precisos y realizables– una alternativa progresista e integradora en América Latina.

Tiempo de reflujo
A principios de siglo, los de Chávez en Venezuela, aquel Lula de Brasil, Néstor y Cristina en Argentina, Tabaré y Mujica en Uruguay, Evo en Bolivia, Correa en Ecuador, todavía con Fidel Castro vivo y hasta un efímero gobierno de Lugo en Paraguay (en varios de esos casos, debut de un gobierno diferente a la habitual oligarquía al mando), se construyeron CELAC y Unasur, se frenó el ALCA que propiciaba EE.UU. y se defendió la democracia cuando se puso en peligro. No todas esas acciones triunfaron siempre y hubo varios proyectos truncos, pero la región pareció unirse en objetivos comunes. Sus críticos ningunearon los inocultables éxitos socioeconómicos blandiendo el «viento de cola» del precio de sus exportaciones. Eso ayudó, pero también las políticas públicas desplegadas, el ejercicio de soberanía, el desendeudamiento, la capacidad para disciplinar (así fuera en una parte mínima, y sin que perdieran renta) al poder económico, en la región no más pobre, pero sí más desigual del planeta.
Hoy hay otro escenario. Tras aquella experiencia progresista, llegó por los votos, la traición o golpes parlamentarios, una ola neoliberal, y el presente es de un reflujo de Gobiernos populares.
La derecha regional está agazapada y retrocedió mucho, por ahora, al menos en los palacios de Gobierno. El Grupo de Lima, el Foro para el Progreso de América del Sur (Prosur, ¿alguien lo recuerda?), el patético «gobierno venezolano» de Guaidó, la gestión de un Mauricio peor que el de Argentina, Claver-Carone, en el BID (y acaso muy pronto la de Luis Almagro en la OEA)… todo eso pasó a la historia con pena y sin gloria. Quedan, por cierto, algunos Gobiernos liberales en el vecindario. Pero están en minoría, más allá de que en Argentina sus dirigentes son competitivos para regresar eventualmente en 2023 o que en Perú y en Bolivia estén 24/7 urdiendo golpes de Estado. Como sea, de nuevo, este escenario no significa, ni mucho menos, hegemonía alguna. De ningún lado.
El marco difiere mucho de los años 2000. Es de guerra en Eurasia y sus efectos en el mundo, de incertidumbres y de una derecha implacable y consciente de que puede volver a gobernar en cualquier lugar y momento. Y prepara una versión más rapaz.
¿Cuánto significará el tercer gobierno de Lula en la región? En principio, debería hacer buen pie en Brasil, donde su capacidad de negociador deberá lidiar con un Congreso opositor –dicen que el más a la derecha de la historia– y con varios estados bolsonaristas. En el mapa de votos, Brasil quedó partido en dos. La amplitud de su marco de alianzas, además de haber demostrado que solo así podía ganarse, supone tanto un respaldo de estabilidad como, a la vez, un corset para los planes más avanzadas del PT, en un país lacerado desde que el golpe parlamentario contra Dilma Rousseff barrió conquistas conseguidas por el lulismo y cristalizó ajustes neoliberales difíciles de revertir a corto plazo.
Si su gestión avanza, para la región Lula será de nuevo líder y símbolo. Una economía mejor en Brasil tracciona al resto en comercio intra-zona, inversiones y articulaciones productivas si los espacios integracionistas como el Mercosur se renuevan y sintonizan mejor entre sus miembros, buscando mecanismos internos de apoyo y de negociación hacia afuera más coordinados, como hacen las naciones del Sudeste Asiático de la ASEAN, que aprendieron a caminar juntas con mayor éxito que el Mercosur en tratados comerciales y apoyos financieros mutuos.
En lo político, Lula también puede ser un foro para que América Latina haga oír más fuerte su voz en un mundo convulsionado, como intentan Fernández y López Obrador –el argentino, además, este año como presidente protempore de CELAC–, que ahora sumarán a un socio de mayor envergadura. En 2024, además, Brasil será sede del G20, otra vidriera. Y al fin, están las nuevas construcciones del Sur Global que pueden recobrar impulso con Lula en Gobierno, como los BRICS, al que aspira ingresar Argentina. Son iniciativas que impugnan una «gobernanza mundial» nacida en la posguerra y perimida, pero que empujada por el imperio busca cobrar caro su declive relativo.
Brasil es un coloso en población, generación de energía y de alimentos, biodiversidad. Y ya no estará al frente un energúmeno, sino un líder que ya mostró sus dotes. Los presidentes mandan cada vez menos frente al poder económico. Pero el tornero mecánico vuelve a generar esperanzas por otro mundo posible. En Brasil y en América Latina.


Néstor Restivo