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Una guerra de largo aliento

Moscú y Kiev no contemplan el diálogo para un alto el fuego. Los referendos que impulsa el Kremlin y el rol de China y Turquía. Se agudiza el drama humanitario.

Sin tregua. Un camión de infantería del ejército ucraniano conduce por una carretera en Donetsk. El conflicto bélico lleva más de 7 meses.

Foto: AFP/Dachary

A más de siete meses del estallido de la guerra, ni en Moscú ni en Kiev hay una hoja de ruta que incluya una mesa de negociaciones para la paz o al menos una tregua para frenar la locura que día a día agrega muerte y destrucción. Más bien sucede lo contrario: la decisión de seguir la guerra.
Durante la Asamblea general de la Organización de las Naciones Unidas de la semana pasada, Ucrania fue el obvio escenario de fondo de las exposiciones y asomaron tres propuestas de paz externas a los contendientes. Por un lado, el Gobierno mexicano ofreció un grupo diplomático de alto nivel para mediar en el conflicto. Lo liderarían el secretario general de la ONU, António Guterres; el primer ministro indio, Narendra Modi, y el papa Francisco. También Turquía se propuso como mediador.
Pero, por el peso global que tiene, la iniciativa más fuerte provino desde Beijing: el Gobierno chino hizo un urgente llamado a un «alto el fuego» e instó a un diálogo entre Ucrania y Rusia que contemple «las legítimas preocupaciones a nivel de seguridad de todos los países», según indicó en una rueda de prensa el subdirector de Informaciones del Ministerio de Relaciones Exteriores, Wang Wenbin.
La declaración de la Cancillería china llegó el mismo día de la semana pasada cuando se agitó aún más el escenario por acciones y declaraciones de varios actores involucrados; entre otras, un llamado de Moscú a 300.000 reservistas rusos, inédito en décadas; amenazas de ataques nucleares; anuncio de recuperación ucraniana de algunos territorios que parecía controlar ya totalmente Rusia, y la decisión de cuatro provincias ucranianas, con presencia militar rusa, de hacer sendos referéndums para ser anexadas a la Federación que gobierna Vladimir Putin, lo que ha ocurrido estos días y seguramente arrojará una amplia mayoría de aceptación. Todos estos elementos auguran guerra para rato y alejan cualquier acuerdo.
En cuanto a las propuestas de paz, Ucrania las rechaza en cada ocasión. El Gobierno de Volodimir Zelensky cree que todas favorecen a Rusia y su única apuesta es a seguir recibiendo armas de los países de la OTAN, es decir de Estados Unidos y de la Unión Europea, que ya giró abruptamente de una posible construcción euroasiática al seguidismo atlantista. Tampoco Rusia ha dado respuestas a las ofertas de negociaciones. 
Unos días antes de la Asamblea de la ONU, sesionó en Uzbekistán la cumbre de líderes de la Organización de Cooperación de Shanghai, poderoso grupo de seguridad regional que, además de China y Rusia, forman India, Pakistán, Irán, naciones de Asia Central y pronto Turquía, que pidió la membresía y que también es socio de la OTAN. Allí se vieron cara a cara Putin con el presidente chino Xi Jinping, en su primera salida al exterior desde que irrumpió el Covid en diciembre de 2019. Xi le planteó a Putin la preocupación china por la extensión del conflicto. 

Puntos sensibles
China tiene en Rusia a uno de sus máximos aliados exteriores, y juntos han avanzado en una integración multidireccional que Occidente (EE.UU.) ha entendido siempre como una amenaza. Pero China también ha dicho, cuando propuso unos días después su plan de paz, que Ucrania y Rusia deberían respetar en una eventual negociación «la integridad territorial y soberana de todos los países, cumplirse los propósitos y los principios de la Carta de Naciones Unidas, tomarse seriamente en cuenta las legítimas preocupaciones de seguridad de todos los países, y apoyarse todos los esfuerzos tendentes a la resolución pacífica de las crisis».
Es decir, la cuestión de la integridad territorial es clave para China. Y lo es por Taiwán y para no sentar antecedentes en zonas de su propia nación que Occidente agita (o propicia conflictos) para que se separen o al menos confronten con el Partido Comunista chino, como en Xinjiang con grupos separatistas y terroristas que allí operan sobre la etnia musulmana uigur, o en Tíbet, incluso en Hong Kong. Ese es el punto sensible de China en la guerra en Ucrania, donde a diferencia de lo que hizo EE.UU. y Europa no ha intervenido enviando ayuda militar. El argumento de Rusia es que no busca fraccionar a Ucrania, sino reivindicar lo que desde el siglo XVIII el nacionalismo ruso llama Novoróssia.
Por todo eso, los referéndums allí, en esas provincias formalmente ucranianas hasta ahora pero prorrusas y ruso parlantes de Lugansk, Donetsk, Jersón y Zaporiyia, fue una jugada fuerte de Putin. Rusia sostiene que en esos territorios, particularmente en Lugansk y Donetsk, el llamado Donbass, ha habido un genocidio de población ruso parlante en todos estos años, con grupos nazis a la vanguardia de los ataques, avalados por Zelensky, y fue uno de los argumentos de la invasión y ahora del proceso de independencia de Ucrania e integración a Rusia, que desde luego Ucrania, la UE y EE.UU. rechazan y califican de «farsa».
Moscú usó ya una estrategia similar cuando, en 2014, logró anexarse Crimea tras algunas incursiones militares. Hizo luego un plebiscito y esa estratégica península del Mar Negro quedó de su lado, aunque Ucrania todavía la reclama. Ese mismo año, como se sabe, ocurrió el golpe de estado contra Víktor Yanukóvich, producto de las protestas del Euromaidán agitadas por EE.UU. y Europa, y el giro prooccidental de Ucrania, que busca ser parte de la UE, de la OTAN y que ha recibido desde entonces todas las armas y mercenarios que pidió para confrontar con Rusia. Otro de los argumentos de Putin para la operación del 24 de febrero fue justamente la amenaza de armas nucleares en su vecino si Ucrania era aceptada en la Alianza Noratlántica.
Después de los sucesos de hace doce años, rusos y ucranianos acordaron en Minsk, la capital de Bielorrusia, un final del conflicto en el Donbas con cláusulas que luego Ucrania no cumplió. Las propuesta que ahora presentan China, Turquía y México no parecen, hoy, correr con mejor perspectivas. Los referéndums en Ucrania oriental serían un nuevo obstáculo a que Kiev acepte una mesa de diálogo, la guerra avanza sin miras de frenarse, y mientras tanto –además de los miles de muertos, mutilados y desaparecidos, y millones de desplazados– otras consecuencias como la falta y encarecimiento de la energía y de los alimentos, ambas circunstancias con temibles efectos en Europa, África y otras áreas, no encuentran solución a la vista.


Néstor Restivo