Opinión

Marcelo Onesto

ECONOMISTA

Bendición o maldición

La economía argentina se caracteriza por episodios recurrentes: ajustes, crisis, procesos inflacionarios y escasez de divisas. Cada tanto, quizás no tan frecuentemente, enfrenta escenarios favorables en su frente externo. Al momento de escribir estas líneas uno de esos eventos sucede: una fuerte suba de los precios de las materias primas agrícolas, los principales componentes de la canasta exportadora argentina. Así pues, en el transcurso de los últimos doce meses la cotización internacional del trigo subió un 18%, la del maíz un 86% y de la soja un 69%. En los dos últimos casos los precios actuales son los mayores desde 2011/12.
A primera vista el ciclo alcista de precios resulta un claro viento de cola para las cuentas externas (unos 10.000 millones de dólares adicionales en las exportaciones es la estimación de «consenso»), para la recaudación fiscal vía retenciones (unos 2.800 millones de dólares adicionales) y para la actividad económica general a través de la posibilidad de incrementar las importaciones necesarias para las actividades económicas. Sin embargo, el matiz viene de las subas sobre los precios internos, especialmente sobre los que componen la canasta básica alimentaria y su impacto sobre los niveles de pobreza e indigencia, ya golpeados por la pandemia. Ahí caemos en la también recurrente discusión sobre los efectos distributivos de la exportación de los llamados «bienes salarios», contexto en el cual los mayores precios de estos, paradójicamente, pueden ser un problema.
La economía argentina requiere de una mayor generación de divisas. Para ello, el incentivo a la inversión en los sectores transables y la política distributiva deben llegar a un compromiso, dado que sin exportaciones no hay importaciones y sin importaciones, no hay crecimiento.