Opinión | A fondo

Brasil: un golpe contra millones


Repudio. Masiva movilización en San Pablo. (Paulo Pinto/Agencia PT/Fotospublicas)

 

El jueves 12 de mayo, Dilma Rousseff fue suspendida de la presidencia y a las pocas horas Michel Temer, su compañero de fórmula en las elecciones de 2014, asumió como presidente interino hasta finalizar el juicio político, que puede durar un máximo de seis meses.
Ese mismo día, como si fuera un «golpe de palacio» sin violencia, Temer disolvió el Gabinete, cambió todos los ministros y anunció un giro de 180 grados en el rumbo económico, político y social de uno de los países más importantes del mundo.
El nuevo escenario tiene tantas aristas complejas e intereses contrapuestos que se hace muy difícil arribar a una conclusión clara respecto del proceso de destitución de la presidenta. Los que lo apoyan dicen que se ha respetado la legalidad institucional, mientras que sus detractores dicen que se ha producido un «golpe» para destituir a la presidenta. Sin lugar a dudas, los medios de comunicación opositores a Lula da Silva, Dilma Rousseff y el Partido de los Trabajadores (pt) fueron clave para debilitar al gobierno mezclando de manera confusa diversas causas judiciales para que parezca que se aparta a la presidenta por corrupción. Es interesante destacar que –una vez suspendida Rousseff– algunos de los medios que impulsaron el «impeachment» contra ella se sinceraron abiertamente.
El diario Folha de São Paulo, uno de los más importantes e influyentes del país, en su editorial del domingo 15 de mayo explicó que «el impeachment es un juicio jurídico-político; fue este último aspecto que prevaleció». En esta frase se reconoce abiertamente que el impeachment fue motivado por cuestiones políticas que excedían lo jurídico. Y agrega el editorial que «por el descalabro económico, por la profusión de escándalos comandados por el pt y, sobre todo, por la pérdida de toda capacidad de gobernar, el apartamiento de Dilma Rousseff surgía como prerrequisito para una urgente recuperación». Es clarísimo. No existe una causa contra la presidenta, había que derrocarla para cambiar el rumbo de manera que favoreciera a los sectores más poderosos que históricamente controlaron el país.
Desde ya que representa una rareza que el compañero de fórmula de Dilma Rousseff al asumir la presidencia interina encabece el giro de 180 grados respecto del gobierno que él mismo integraba. Y no es menos sorprendente que forme una alianza con el partido que perdió las elecciones en 2014, que ahora accede al poder por una vía indirecta y no por las urnas. Es sintomático en este sentido el nombramiento de José Serra como canciller, ya que Serra se presentó dos veces como candidato a la presidencia frente al pt (2006 y 2010) y las dos las perdió.
Hay que ser muy ingenuo para creer que Dilma fue apartada porque estuvo involucrada en supuestos casos de corrupción, como bien lo aclara el editorial del diario paulista. El gran problema de los sectores conservadores brasileños es de fondo: la continuidad del pt en el poder durante 20 años con la posibilidad de una transformación real de la sociedad brasileña aunque haya abandonado sus posturas anticapitalistas de antaño. Cuando Lula deslizó la posibilidad de presentarse como candidato en el 2018 se encendieron todas las luces de alarma y se activó el aparato jurídico-mediático para perseguirlo y evitar que asumiera como jefe de Gabinete, lo que le hubiera permitido construir su candidatura también desde el aparato del Estado. Hasta hace poco tiempo Lula era considerado el dirigente político más popular del país y una posible victoria a fines de 2018 implicaba un nuevo mandato entre 2019 y 2023: veinte años seguidos del pt (2003-2023), algo intolerable para los sectores más poderosos.
Temer ha puesto en funciones uno de los gobiernos más conservadores en décadas en América Latina. La ausencia de mujeres, negros o mulatos en su gabinete es la clara demostración de que ni siquiera le importan las formas, porque piensa que no habrá oposición por el debilitamiento del pt. Pero la destitución de Dilma no es solo un golpe a su persona, a Lula o el pt. Es un golpe a millones de brasileños que en los últimos años salieron de la marginalidad y pasaron a ser sujetos de derechos. Y esto es algo que Michel Temer debería tener en cuenta.