Opinión

Pedro Saborido

Escritor y humorista

Del Olimpo a Gran Hermano

Los dioses
Si pensamos en la civilización occidental, y nos vamos hasta los dioses griegos, tenemos lo siguiente: un gran jefe poderoso, Zeus, y después los dioses por rubro: diosa del amor, dios del trueno, etcétera. Como si fueran distintas gerencias o secretarías, que ya se encargaban de asuntos más ligados a su sector: provocar que la gente se pelee, hacer que las nubes tengan forma de waflera, o lo que fuera necesario.
Pero más allá de estos dioses que se movían dentro de una gran telenovela de tragedias y sucesos, había algo fundamental: el público, los espectadores. Los que miran. El Olimpo tenía sentido si alguien lo estaba mirando. Como decíamos, una telenovela. O un reality. 

Basada en hechos reales
Empezamos a ver una película. Aparece un cartel que dice: «Basada en hechos reales». La película puede tratar acerca de una odontóloga que descubre su talento en el manejo del torno y realiza pequeñas y perfectas esculturas como el David, la Fuente de Lola Mora, en muelas y caninos. Los pacientes, felices.
Pero alguien sospecha. E investiga. Y descubre que el cartel «Basado en hechos reales» es una estafa. Los productores pueden proponer una excusa ante la acusación: Es una ficción. Y el cartel «Basada en hechos reales» ya es parte de la ficción. Es decir, es mentira. Decir que fue real es parte de la fantasía. 
Ese cartel antes de la película, nos la hace ver de manera distinta. Le da más potencia, seducción, morbo, interés, lo que sea. Pensar que eso es «verdad», que «eso pasó», provoca más interés. ¿Por qué? Porque nos acerca a nuestro espíritu voyeurista. Estamos espiando en la vida, en los sucesos de otros. Como cuando los mortales griegos miraban a sus dioses. ¿O es al revés? ¿Mirar nos hace sentirnos dioses?

Mirar como sensación de dioses
El voyeur disfruta de estar mirando. Como si fuera Dios, que sin ser visto, espía y controla. Las novelas, las obras de teatro, las películas, nos acercan a ese lugar. Los personajes son como mascotas a las que podemos observar jugando. O donde nos identificamos y pasamos a ser ellos. Si a esa ficción, a esos relatos, les agregamos el «Basada en hechos reales», la sensación crece en su apasionamiento. De esto se trata un reality.
Mientras los participantes muestran en su vanidad ser pequeños dioses en un Olimpo televisivo, y disfrutan como esos dioses ser mirados, nosotros también somos dioses mirándolos. El conflicto a resolverse, la preferencia por participantes, la resolución del final, quién va a ganar, todo eso, nos seduce y nos esclaviza. Es un intercambio de esclavitudes.
Como una nueva versión del Olimpo, esos dioses salidos de un casting son observados por los mortales televidentes que a su vez se sienten dioses al ver sus vidas, sus miserias, y sus peleas por una milanesa, una sábana mal puesta, o si alguien que no pasó el secador de piso después de bañarse.

La tecnología y la vanidad
La tecnología está basada en la idea de Dios. Todo lo que hacía Dios ahora lo hace la tecnología. Desde crear inteligencia hacer crecer cuerpos, generar vida, hasta vigilar. Si Dios antes lo veía todo, ahora la tecnología también lo puede hacer. Cámaras y micrófonos por todos lados que nos miran y escuchan. Y los teléfonos. No hace falta decir o escribir más de tres veces «Villa Gesell» para que aparezcan ofertas de empresas de micros.
Pero la tecnología no es solo para vigilar o ser vigilado. Esto último tiene una variación: el goce de ser mirado. La vanidad. Una vigilancia consentida. Provocada. Entregarse a ser mirado a cambio de plata o fama. O las dos cosas. Puede ser también una manera de salvarse en medio de una crisis económica. Convertirse en un producto para ser apreciado.
¿Reales o ficción? No importa. «Esta historia está basada en hechos reales».
La vanidad, la tecnología y el voyeurismo, el famoso, las cámaras y el espectador se encuentran y celebran. El reality es casi real. Es como una vida paralela que podemos apreciar. Son vecinos para espiar cuando queremos. Vecinos para espiar que nos aseguran que va a ser interesante espiarlos. Y además podemos juzgarlos.

Un género más
Lejos de desaparecer, el reality se convierte en un género más. Ya depreciado en su interés, hizo su trabajo: mostrar que cualquiera puede ser transmitido y observado y entonces, famoso.
No hace falta disciplina artística o alguna aptitud en especial. Alcanza con «ser llamativo e interesante». La persona como pieza de entretenimiento. La vocación de fama y vanidad y la proyección de un voyeurismo de vuelo bajo, similar al del chisme del barrio, del trabajo o de la familia nos trajo hasta acá.
¿El reality ya es algo antiguo? Puede ser, pero todavía vive. Y así como la televisión no muere, si no que solo se expande en otras formas, lo mismo ocurre con el reality: después de enseñarnos que una maqueta de vida privada puede ser espectáculo, llegaron las redes: ese es el gran reality en el que habitamos. Donde nos mostramos y nos vemos. Donde miramos y nos miran. 
Hoy vuelve cada tanto un reality. Y como siempre decimos: No murió el teatro con el cine. Ni el cine con la televisión. Y tampoco esta terminó con la radio. Solo se multiplican las formas de ver. Cada paso nos entrena para el siguiente. El reality nos entrenó para el Facebook, el Twitter, el Tik tok e Instagram entre otros. Nos entrenó para este gran reality donde vivimos parte de nuestro día. Así que seguro que las redes nos están enseñando, formando y entrenando para un próximo y por ahora misterioso formato que viviremos en el futuro.

Foto: Shutterstock