Opinión | A fondo

Ecuador: transformaciones y nuevos desafíos


Continuidad. Rafael Correa celebra el triunfo junto a su sucesor Lenín Moreno. (Buendia/AFP/Dachary)

El proceso ecuatoriano se reconoce, al mismo tiempo, como expresión de un momento epocal y como despliegue de sus propias peculiaridades nacionales. La victoria de Lenín Moreno en segunda vuelta se inscribe en ese doble carril, donde emerge en ambos la figura de Rafael Correa como actor fundamental. El actual mandatario, quien tuvo un breve paso como ministro de Economía y Finanzas del presidente Alfredo Palacio, en 2005, llegó al poder un año después, como representante de una alianza política que reunía a distintas agrupaciones y movimientos sociales. En su asunción, Correa marcó las bases de su proyecto, al hablar de «la lucha por una revolución ciudadana, consistente en el cambio radical, profundo y rápido del sistema político, económico y social vigente».  
Lo específico de aquel momento remite a la audacia del líder ecuatoriano de presentarse a los comicios sin una estructura a nivel nacional y con un programa de transformaciones profundas. Su victoria se enmarcó en un movimiento tectónico que sacudió a toda la región nuestroamericana. Desde la victoria electoral de Hugo Chávez Frías en Venezuela, en 1998, se sucedieron rebeliones populares y triunfos en las urnas de fuerzas políticas y sociales sobre la base de la recuperación del proyecto de Patria Grande y, con matices, el compromiso de promover políticas de ampliación de derechos y de reparación de las consecuencias del modelo neoliberal preexistente. Como punto bisagra de aquel primer período, sobresale la reforma constitucional dirigida a implementar un nuevo ordenamiento jurídico que terminara con un orden injusto y un sistema político incapaz de contribuir a la construcción de una democracia sustantiva. El preámbulo de la nueva Constitución resulta un indicador de las orientaciones e inspiraciones que debía llevar adelante la política pública. «Decidimos construir una nueva forma de convivencia ciudadana, en diversidad y armonía con la naturaleza, para alcanzar el buen vivir; una sociedad que respeta, en todas sus dimensiones, la dignidad de las personas y las colectividades; un país democrático, comprometido con la integración latinoamericana», señala en uno de sus párrafos. Esos contenidos de la Carta Magna se replicaron en las reformas constitucionales promovidas en Venezuela y Bolivia. No casualmente, estas tres naciones lograron erigirse como las más entusiastas impulsoras de la unidad regional, cofundando la Alternativa Bolivariana de los Pueblos de Nuestra América (ALBA).
Los gobiernos de Correa mostraron señales inequívocas de su orientación de cambio. Prueba de ello fueron la expulsión del país de las bases militares estadounidenses y las políticas sociales que permitieron avanzar en la mejora de las condiciones de vida de millones de ecuatorianos. El director ejecutivo del Centro Estratégico Latinoamericano de Geopolítica (CELAG), Alfredo Serrano Mancilla, fundamenta las transformaciones en uno de sus artículos, publicado en noviembre de 2013, donde sobre la base de cifras concretas sostiene: «Se mire como se mire, la pobreza y su intensidad se reduce en Ecuador». No obstante, cabe mencionar limitantes estructurales como la configuración de una economía dolarizada. Asimismo, la preocupación presidencial por la eficiencia en la gestión de la política pública combinó reformas en la organización del trabajo de las instituciones del Estado, con desafortunados desbordes tecnocráticos que han tensado los procesos de construcción de una democracia protagónica.
Lo general del proceso ecuatoriano se refleja en el escenario continental. El marasmo en que quedó Estados Unidos tras la sepultura del ALCA no fue impedimento para que continúe trabajando contra el proceso de unidad latinoamericana. Los golpes de Estado en Honduras (2009), Paraguay (2012) y Brasil (2016) junto con la conformación de alianzas supranacionales, como la Alianza del Pacífico o el Acuerdo Transpacífico, dan cuenta de ello.
La victoria de Alianza País reafirma el proceso transformador de América Latina, aunque el gobierno deberá revisar críticamente lo construido. Se trata de mantener vivo el sueño bolivariano sobre la base de nuevas conquistas, en tiempos en que la derecha conservadora muestra sus facetas más horrendas. La noción de buen vivir y el rol de Ecuador en el proceso de integración constituyen una plataforma muy fértil para seguir construyendo un futuro con mayor justicia e igualdad.