Opinión

Pedro Brieger

Periodista

El experimento guatemalteco

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Jura. Arévalo en la ceremonia de toma de posesión, el pasado 15 de enero.

Foto: Getty Images

Y por fin el 14 de enero Bernardo Arévalo asumió la presidencia de Guatemala. Si bien es cierto que cada país tiene tiempos y formas diferentes para el traspaso presidencial, lo de Guatemala parece un nuevo experimento. En la Argentina Javier Milei asumió apenas dos semanas después de ganar el balotaje, en Chile Gabriel Boric tuvo que esperar poco menos que tres meses, pero en Guatemala la transición se hizo eterna: ¡casi cinco meses!
En el camino, los poderosos que manejan el país hicieron lo imposible para evitar que el líder progresista asumiera la presidencia. A través del Poder Judicial intentaron invalidar la elección ganada por Arévalo e incluso suspendieron la personería de su movimiento denominado Semilla.
El acoso judicial respaldado por los partidos políticos tradicionales llegó al extremo de que la Secretaría General de la OEA –liderada por Luis Almagro, enemigo acérrimo de todos los gobiernos progresistas–, en diciembre de 2023, condenara la intención de anular las elecciones y denunciara sin eufemismos «intento de golpe de Estado».
El 14 de enero fue un día a prueba de nervios. Arévalo logró jurar recién en la madrugada del lunes 15, luego de doce horas de cabildeos para obstaculizar la toma de posesión. A pesar de todos los obstáculos, Semilla logró la presidencia del Congreso.
Es posible que en Guatemala se inaugure una nueva modalidad de «golpe». Ya no sería con los tanques para deponer un presidente como en el siglo pasado, ni a través del Poder Judicial para destituir un presidente en lo que se denomina «lawfare», sino la articulación del Poder Judicial con los sectores tradicionales conservadores para evitar que acceda al poder alguien con ideas progresistas. Una especie de «golpe preventivo». Arévalo llegó con el caballo cansado al 14 de enero, pero no lograron quebrarlo.

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