Opinión | A fondo

La cultura de las minorías

Simulacro. El viaje en colectivo del presidente Macri y el ministro Dietrich. (Télam)

El gobierno hizo un montaje publicitario tiempo atrás desde un colectivo que estaba fuera de línea. Los pasajeros, extras, simulaban viajar felices junto con algunas autoridades nacionales. Con este relato se trata de fomentar el optimismo en el ciudadano común. Se impulsa un marco de estabilidad política en un nuevo proceso de revinculación social. Una Argentina integrada al mundo, a los mercados internacionales, con paz interna, avalada por los medios de comunicación y la propaganda. En paralelo, se instala una gran cruzada contra el populismo. Se trata de imponer una suerte de épica de las minorías elegidas como representantes de las mayorías. Resulta mucho más tranquilizador ser gobernado por minorías. Vivimos el elogio e irrupción de las minorías como nueva representación cultural y política. Las mayorías son, por su naturaleza, corruptas, populistas, enajenadas.
Las minorías están representadas por los gerentes de empresas multinacionales. Los CEO son la nueva intelectualidad que representa a la vez las alianzas entre lo más encumbrado del Poder Ejecutivo y el Poder Judicial. De alguna forma se ha conformado una nueva hegemonía y una nueva inteligencia colectiva de las minorías que, más allá del tiempo político y sus desgastes, está reconocida por un sector de la sociedad, lo que permite imponer consensos, estimular los avances restauradores, autoritarios y revanchistas.
El ciudadano queda cautivo con simulacros visuales y con el anunciado «despilfarro económico» ocurrido durante las últimas décadas. Se siente así identificado con la necesaria austeridad y el control del gasto publico. Esta política no lo beneficia necesariamente en lo social, pero igual se siente comprometido con la nueva naturaleza de las cosas. Cada sujeto ha pasado a ser su propio inversor, el propio empresario de su vida. El Estado y la sociedad, como forma de participación colectiva para resolver necesidades comunes, no los conmueve. Se sienten parte de la nueva minoría  y están totalmente convencidos de que forman parte de ella y de que el paso del tiempo les dará un premio a su esfuerzo personal.
La política para el ciudadano común cautivado por este modelo no se reconoce dentro de procesos de transformación social. La política ha sido delegada a estas nuevas minorías que lo representan en estado de libertad pura para una lógica empresarial-individual. Todo proceso distributivo lo escandaliza en la medida que siente que será despojado de sus pocos o muchos bienes conquistados. El no conflicto lo tranquiliza. Se siente identificado con la cultura dominante de las elites gobernantes de la cual se siente parte, aunque objetivamente este sujeto esté muy lejos de alcanzar el mismo consumo. Esto está muy arraigado en las clases medias y en sectores populares, donde el simulacro discursivo los pone en contacto con su propio deseo premoldeado por las tramas más sofisticadas de la publicidad y los medios.
Los gerentes, los CEO en el gobierno, ocuparon el Estado para hacerlo más amigo del capitalismo inversor. Han ingresado ahora muchos cuadros del mundo económico, privado y concentrado al mundo público y a la administración del Estado. La tarea no se hace como en los 90, por representación o por mediación de partidos, sino directamente desde las multinacionales y sus gerentes: los CEO son los nuevos intelectuales ejecutores de políticas.
Una característica de este gobierno es permitir el flujo «democrático» de las mayorías que atienden el simulacro del viaje en colectivo como un viaje propio y real de todos los ciudadanos. Esto es lo que hay que destacar especialmente: una alianza explícita o implícita por ahora entre quienes tienen objetivamente intereses contrapuestos. Cuánto tiempo más existirá la identificación del ciudadano medio con las minorías es una pregunta que se resuelve en el plano político y con nuevas sensibilidades discursivas. Las elites sociales tradicionales pueden ahora purificarse en política con este roce social que les permitió llegar al gobierno y al Estado a través de elecciones, aunque definitivamente, nunca hayan viajado realmente en colectivo.