Opinión | A fondo

La infancia medicada

Un niño rubio disfrazado de adulto, con traje negro, corbata y anteojos de marco grueso, mira a la cámara y sonríe con actitud satisfecha. Está sentado ante un escritorio y, detrás, un pizarrón con complejas fórmulas matemáticas sugiere un nivel extraordinario de inteligencia. «Metilfenidato Sandoz –informa el texto al pie de la foto–. En el TDAH despierta el genio que lleva dentro». La publicidad pertenece a la filial española del laboratorio de origen suizo y promociona su versión del metilfenidato, un estimulante del sistema nervioso central con propiedades farmacológicas similares a las anfetaminas utilizado para tratar los síntomas de hiperactividad infantil. En tanto, un video informativo sobre el medicamento Concerta –otro de los nombres comerciales de la droga– informa que cada comprimido brinda «12 horas de máxima atención y rendimiento». La vida cotidiana de un número creciente de chicos, en la Argentina y en el mundo, se ha transformado en un laberinto de siglas y fármacos. Trastornos por déficit de atención con y sin hiperactividad (TDA, TDAH), trastorno negativista desafiante (TOD), trastorno generalizado del desarrollo (TGD) y trastorno obsesivo compulsivo (TOC) son algunos de los rótulos con lo que se los diagnostica, según una sistema clasificatorio de corte conductista que tiene su origen en Estados Unidos, con cada vez más frecuencia. Desde allí, y sobre todo a través del Manual Diagnóstico y Estadístico (DSM, por sus siglas en inglés) de la American Psychiatric Association (APA), ha generado un verdadero fenómeno de sobrediagnóstico que trajo aparejado un aumento incesante de la medicación con psicofármacos. «En 2011, tan solo en Estados Unidos, el 10% de la población infantil padecía el llamado TDAH, pero en 2012 la cifra se duplicó. En España hay primarias donde casi la mitad del alumnado está consumiendo Ritalin, fármaco recetado por psiquiatras y neurólogos para inhibir la hiperactividad de niños diagnosticados con TDAH», asegura Joseph Knobel Freud, psicoanalista infantil y fundador de la Escuela de Clínica Psicoanalítica con Niños y Adolescentes de Barcelona. La psicóloga y psicoanalista argentina Beatriz Janin, directora de las carreras de especialización en psicoanálisis con niños y adolescentes (UCES), aporta dos ejemplos de escuelas de Brasil y Colombia, donde el 17,1% y el 31% de los niños, respectivamente, fueron diagnosticados con TDAH o problemas de atención. Acompañado por una intensa campaña de promoción por parte de los laboratorios, el combo «TDAH-metilfenidato» está transformando los modos de tratar y entender a los niños. El rendimiento y la eficacia, considerados como valores fundamentales en el mundo de la infancia, son atribuidos a los efectos de una pastilla casi mágica que promete resolver en forma rápida los problemas de conducta y aprendizaje. En los últimos años, al ya conocido trastorno de desatención se han agregado otros, como el llamado Trastorno Oposicionista Desafiante, definido por el manual de la APA como «un patrón continuo de comportamiento desobediente, hostil y desafiante hacia las figuras de autoridad» que afecta a entre el 2% y el 16% de los niños en edad escolar. A algunos chicos que se les pone este sello, señala Janin, son medicados con antipsicóticos en dosis leves, para mejorar su conducta. Contra estos rótulos y su uso irreflexivo, un grupo de destacados profesionales e instituciones de la salud suscribieron el llamado «Manifiesto de Buenos Aires». «Por un abordaje subjetivante del sufrimiento psíquico de niños y adolescentes», proponen, y le dicen «no al DSM». «Consideramos necesario tomar posición respecto a un aspecto clave de la defensa del derecho a la salud: la patologización y medicalización de la sociedad, en especial de los niños y adolescentes». En muchos casos, los nuevos diagnósticos representan una forma de violencia sobre los niños, que tiende a eludir la pregunta por su sufrimiento, y el efecto mágico de la pastilla es el de silenciar lo que los chicos tienen para decir.