Opinión | A fondo

La receta y los resultados


FMI. El organismo internacional ofrece financiamiento e impone políticas de ajuste. (Gripas/AFP/Dachary)

 

Ciertos chefs combinan ingredientes y condimentos para obtener exquisitos sabores y comidas. Lo que difícilmente puedan hacer es preparar polenta sin harina de maíz, o una paella sin arroz: los ingredientes son esenciales para el resultado final.
En economía es igual: determinadas medidas llevan necesariamente a determinados resultados. Pero también es sabido a qué resultados no pueden llevar determinadas políticas, más allá de las propiedades «mágicas» que le asignen eruditos economistas y organismos financieros y económicos internacionales. Exploremos algunas de estas relaciones.
1. Es muy difícil que baje la inflación a los niveles prometidos por el gobierno si este dispone un cronograma de subas continuas en las tarifas de los servicios públicos y en las naftas. O si el impuesto inmobiliario en Provincia y Ciudad de Buenos Aires subirá cerca del 38% en 2017. Salvo que se deje librado todo el esfuerzo desinflacionario a la reducción del poder de compra de los salarios, la herramienta ideal del neoliberalismo. Si esto último sucede, no puede obtenerse otro desenlace que menor demanda y menor producción, tanto en el corto como en el largo plazo.
2. Con flexibilización laboral y trabajos basura, tampoco puede lograrse un empleo digno y feliz. En este punto cabe señalar la actitud de WallMart, el mayor empleador de Estados Unidos, que recientemente en varias sucursales colocó un cartel: «Por favor, donen aquí productos de comida para que los empleados en situación de necesidad puedan disfrutar de una cena de Acción de Gracias». A este tipo de situaciones lleva la flexibilización laboral.
3. La total liberalización financiera y cambiaria lleva a la especulación y a la fuga de divisas, una secuela bastante conocida en nuestro país. La apertura irrestricta de importaciones destruye gran cantidad de pymes industriales. Este resultado ha sido dramáticamente corroborado en los setenta y en los noventa.
4. La baja de impuestos a las grandes fortunas no los incentiva a invertir más en sus empresas o en la creación de nuevas: incrementa significativamente sus ganancias, que terminan buscando más ganancias a través de distintos mecanismos de valorización financiera, y generalmente, terminan fugándose.
5. El achicamiento del déficit fiscal vía reducción del gasto público conduce necesariamente a la recesión económica, un resultado sostenido por varios premios Nobel, y certificado incluso por los investigadores del FMI, abrumados por las evidencias concretas en multitud de países, derivadas de las estrategias que impulsan.
6. Si se acude al financiamiento del FMI, que siempre es condicionado, no puede obtenerse otro resultado que la imposición de políticas de «austeridad» que reducirán la producción y el empleo y llevarán a un nuevo ajuste, trasladando la carga a las administraciones venideras.
Si además se combinan todos estos elementos, se podrá obtener cualquier resultado menos el de un país pujante, en crecimiento y con inclusión social. Todo lo contrario. Son medidas propias del neoliberalismo. Estas conducen directamente hacia la denominada sociedad del tercio, que incluye la parte de la población que vive bien; los dos tercios restantes quedan prácticamente fuera del sistema de producción y distribución. Lo expuso con meridiana claridad el  papa Francisco: «Digamos no a una economía de exclusión e inequidad donde el dinero reina en lugar de servir. Esa economía mata. Esa economía excluye. Esa economía destruye la Madre Tierra»
Muchos candidatos presentan sus promesas electorales como si dictaran una receta de cocina. En muchos casos, obvian numerosos ingredientes (políticas) que van a determinar los resultados finales de las propuestas. La situación resultante, cuando llegan al poder, termina siendo un verdadero fiasco. Por ello insisten en un futuro mejor que vendrá de las mismas recetas que hoy están generando la recesión y el malestar social: una alquimia que no parece creíble, ni siquiera para el realismo mágico de la película Como agua para chocolate.