3 de abril de 2025

Mentores. José Alfredo Martínez de Hoz junto a Juan Alemann, principales responsables del plan económico de la dictadura de Videla.
Foto: Getty Images
La participación civil en el diseño y posterior aplicación del programa económico de la dictadura cívico-militar iniciada en marzo de 1976 fue insospechadamente revelada por el propio José Alfredo Martínez de Hoz, quien relató que ya en septiembre de 1975 habían presentado el plan junto con sus colaboradores (entre los que estaba, entre otros, Juan Alemann, su futuro secretario de Hacienda del Gobierno dictatorial) y varios empresarios notables de la APEGE (Asamblea Permanente de Entidades Gremiales Empresarias), que conformaban el conspirativo Grupo Azcuénaga, encabezado por Carlos Pedro Blaquier.
La aplicación de ese programa fue el inicio de un período de hegemonía neoliberal en nuestro país, como lo señaló en forma precisa Aldo Ferrer, en el que la apertura de la economía, la redistribución regresiva del ingreso y la reforma financiera fueron tres objetivos fundamentales de la estrategia, que se instalaron y repitieron en otros ciclos regresivos de nuestra historia reciente.
Es decir, los ciclos neoconservadores y restauradores orientaron sus políticas a restablecer el orden imperante en Argentina de finales del siglo XIX. Como viene señalando el dirigente cooperativista Carlos Heller, es el imperio de «las 4 M», que comienza con el programa de Martínez de Hoz, se reproduce con Carlos Menem (recordemos al respecto que el propio mentor del plan de la dictadura reconoció que en la década menemista el modelo neoliberal avanzó mucho más profundamente porque contaba con el apoyo popular) y, más cercano en el tiempo, tanto Mauricio Macri como Javier Milei se conjuran para ir a fondo y más rápido en la liquidación del Estado, en regresar al modelo agroexportador y elitista del siglo XIX y con ello someter a nuestro pueblo a un descenso abismal en sus ingresos, al desempleo estructural creciente y a la caída en la calidad de vida más brutal que se haya registrado desde comienzos del siglo anterior.
En el plan de Martínez de Hoz, anunciado al país el 2 de abril de 1976, a pocos días del golpe, se destacaban los objetivos explícitos: restablecer la hegemonía del mercado en la asignación de recursos, restringir al mínimo la participación del Estado, dar la batalla contra la inflación y elevar la eficiencia del sector productivo.
Para ello procedieron a una apertura indiscriminada de las importaciones, que motorizaron culturalmente con campañas publicitarias contra la producción nacional y, para equilibrar las cuentas públicas, aumentaron la presión tributaria y las tarifas de los servicios públicos, redujeron salarios, despidieron masivamente a empleados públicos y dieron los primeros pasos en el esquema de privatizaciones.
Telón de plomo
Desde los albores del plan de Martínez de Hoz se evidencio la influencia decisiva de la tecnocracia vinculada a los organismos externos de crédito y de los principales banqueros internacionales, un equipo designado como los «Chicago Boys», quienes orientaron políticas que favorecían exclusivamente a los sectores exportadores tradicionales, a la «patria financiera» y a los grandes grupos económicos locales.
En ese momento vuelve a comenzar un proceso de endeudamiento externo sin precedentes, que llevó el monto de la deuda externa, que en 1975 era de 8.000 millones de dólares, a 32.000 millones al final de la dictadura en 1983. Y como en una película que se repite en cada ciclo neoliberal, con la contrapartida de fuga de divisas, que en solo dos años (1980 a 1982) fue de ¡20.000 millones de dólares!
La afectación directa a la calidad de vida ha impactado, durante los ciclos regresivos, en primer lugar, sobre los sectores trabajadores, activos y pasivos, pero también sobre las amplias capas medias de nuestra población. Las políticas neoliberales, que habían tenido en el «Rodrigazo» un ensayo premeditado de lo que sería el modelo de Martínez de Hoz, funcionaron como un verdadero «telón de plomo» para todo el movimiento social. El golpe de Estado de 1976 se produjo para sentar las bases de un profundo cambio regresivo en el modelo de país.
Como señala Ezequiel Adamovsky en su libro Historia de la clase media Argentina, los «Chicago Boys» produjeron una feroz desindustrialización que significo la desaparición de cientos de miles de puestos de trabajo, apoyada también en la limitación de la actividad sindical, se desplomó el valor de los salarios y acrecentó la brecha entre pobres y ricos. En suma, la sociedad argentina quedó dividida entre ganadores y perdedores, se tornó mucho más desigual, fragmentada e injusta, con un balance de pérdidas irrecuperables, en todos estos ciclos, para los sectores de capas medias no solo en lo económico y laboral, sino en los aspectos culturales, sociales y políticos.
En este sentido, un balance de la estructura social desde 1974 a 2004 muestra la declinación de los sectores medios y medios altos que pasaron de un 40% a un 19%, afectados por el efecto de los dos primeros ciclos neoliberales, mientras que en el mismo período los hogares indigentes, pobres y de ingresos medio-bajos crecieron estrepitosamente, representando casi un 60% de la pirámide.
Quedan de manifiesto, en este breve pantallazo, las nefastas consecuencias de cada ciclo neoliberal en nuestro país. Actualmente, en esta saga restauradora del modelo, encarnada por el Gobierno de Milei, se verifica que la tragedia que significó para el Estado Nación y nuestro pueblo se repite ya como una farsa en la cíclica repetición del modelo de «las 4 M».