Opinión

Ezequiel Fernández Moores

Periodista

Los ojos limitados de Occidente

La demostración más clara de que Qatar es el primer Mundial árabe se llama Palestina. Hay banderas, brazaletes, camisetas, máscaras, carteles, colores de Palestina por todos lados en Doha. Y más de ocho mil ciudadanos palestinos. Qatar, pequeño pero poderoso, mediador influyente, es hoy un gran equilibrista. Tiene la mayor base áerea militar de Estados Unidos. Pero cuida a su vez buenas relaciones con Irán, especialmente después del boicot de 2017 que sufrió en la región. Fue un bloqueo liderado por Arabia Saudita, incrédula de que su hermano menor se adueñara de la vidriera formidable del Mundial. Qatar resistió aquel boicot y rechazó compartir el torneo. Resignada, Arabia Saudita, usó entonces ella misma la vidriera para provocar el primer gran golpe del Mundial, triunfo 2-1 contra la Argentina de Leo Messi.
A diferencia de Argentina, Arabia no volvió a ganar y se despidió en primera fase. Lo tiene igualmente a Messi, su embajador turístico, acaso aliado si Arabia, como se dice aquí en Doha, reivindica su pretensión de organizar el Mundial 2030. Curioso, el país del llamado Mundo Árabe que más veces se postuló para ser sede de un Mundial (lo hizo en cinco ocasiones) es Marruecos, justamente el que hoy tiene a la única selección clasificada para octavos de final. Si a Qatar le bastaba con organizar el Mundial (tenía cero pretensión deportiva con su selección), para Marruecos, en cambio, Qatar es además una oportunidad futbolística. Su selección pasó a representar ahora en Doha el gran sueño mundialista del Mundo Árabe.
Nuestros ojos occidentales pueden no comprender y hasta inclusive burlarse (por ignorantes) de ciertas novedades del Mundial Árabe. Son coros y formas de aliento poco habituales para cierta tradición que pretende que el fútbol es propiedad exclusiva de Sudamérica y Europa. Lo que nuestros ojos limitados no pueden dejar de ver es la inédita presencia de Palestina en esta Copa. No hablamos de su selección, lastimada por el sitio eterno y cruel en la franja de Gaza. Y con pocas chances de competencia pareja para clasificarse a un Mundial. Hablamos de esos colores palestinos. De la solidaridad con Palestina. Del «Dabke» (danza folclórica tradicional de Palestina) en la previa en varios estadios, hasta el hashtag #RaisePalestineFlag. Es una solidaridad que, inevitable, conlleva hostilidad hacia Israel, como señalan preocupados medios de Tel Aviv. La pelota forma parte del mundo. Muchos la pretenden neutral. Pero no siempre disimula tensiones. A veces, por lo contrario, las expone.

Foto: Poujoulat/AFP/Dachary

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