Opinión

Pedro Brieger

Periodista

Pongamos que hablo de Madrid

Las elecciones en Madrid fueron una prueba de fuego para los partidos de derecha e izquierda porque la capital del Reino de España es la vidriera que mira todo el país. Otra vez quedó claro que hay dos grandes bloques que se enfrentan: derechas e izquierdas. Después de la muerte de Franco el mapa español estaba configurado alrededor del Partido Socialista Obrero Español (PSOE) y lo que derivó en el Partido Popular (PP). En el año 2014, el bipartidismo parecía haberse quebrado con la fulgurante aparición de Podemos y Ciudadanos, dibujando un mapa de cuatro grandes formaciones políticas que irradiaban su influencia en todo el Estado español, aunque Cataluña y Euskadi tienen lógicas diferentes por la centralidad de su cuestión nacional. Hasta que Podemos se dividió y la extrema derecha franquista, contenida durante años en el seno del PP construyó VOX. Por eso en estas elecciones ya había seis partidos, tres de cada bloque. Ahora Ciudadanos quedó fuera de la Asamblea y sus votos engrosaron al PP para la reelección de Isabel Díaz Ayuso en una región donde la derecha gobierna desde 1995. Ayuso agitó la consigna de la «libertad» para polarizar con el Gobierno central de la coalición PSOE-Podemos que hace más de un año impone restricciones por la pandemia. Amén de quienes niegan el COVID-19, no cabe duda de que la mayoría de las personas están cansadas y acusan al Gobierno de no haber terminado con la pandemia para regresar a la perdida «normalidad» que promete Díaz Ayuso.
Podemos, pese a ser parte del Gobierno, queda golpeado por la renuncia de su líder, Pablo Iglesias, blanco de todas las persecuciones políticas y mediáticas en los últimos años.
El triunfo de Díaz Ayuso le da nuevos bríos a un PP vapuleado por los escándalos de la era Aznar-Rajoy. Surge una nueva generación. Pero Madrid no es España. Por ahora.