Opinión

Iván Bilyk

Economista

Relación tóxica

¿Por qué reciclar el pote de yogur que merendó un estadounidense implicaba un viaje de 13.000 kilómetros y qué tiene que ver con Argentina? Para conectar estas piezas es necesario comprender cómo funcionaba, hasta su reciente ruptura, el manejo de desechos plásticos a nivel global. Salvo excepciones, darle una segunda vida a residuos como envases de yogur (polipropileno) o botellas de aceite de cocina (PVC), requiere más dinero que el que se recibirá por su posterior venta: es antieconómico. En consecuencia, el destino de estos residuos se dirime entre ser enterrados o incinerados. Pero como acostumbran los poderosos, transferir el problema a otro país también es una opción. Así nació el mercado internacional de basura, donde Estados Unidos, Japón y Alemania lideran las colocaciones. Del lado de los importadores figuran, India y Malasia pero resalta China, que entre 1992 y 2017 recibió la mitad de todas las exportaciones mundiales, equivalente a 58 años de consumo de plástico en Argentina. Esta dinámica se basó en una serie de factores que permitieron la existencia de un pequeño margen de ganancia en las operaciones de reciclaje en suelo mandarín. No obstante, tras verificar las ineficiencias de este sistema, China decidió priorizar el cuidado del medioambiente y restringió fuertemente el ingreso de basura desde 2018. Los desechos del primer mundo necesitaban nuevos destinos y comenzaron a llegar en grandes cantidades a países del sudeste asiático. Casualmente, mediante un decreto de Mauricio Macri, Argentina flexibilizó las normas para la importación de basura en 2019. Por fortuna, tanto nuestro país (2020) como el resto de las naciones en cuestión, decidieron finalmente rechazar la recepción de desechos. Con escasas alternativas, los exportadores de basura suman ahora interés en la pregunta que nos reúne desde los 70, ¿qué hacemos con el plástico?