País | DEUDA EXTERNA, DEBATES INTERNOS

Alianzas y lealtades

El acuerdo con el FMI generó reconfiguraciones políticas tanto en el oficialismo como en la oposición. Un escenario que prefigura disputas de cara a 2023.

En tablas. Sergio Massa, presidente de la Cámara de Diputados y verdadero factótum del consenso que permitió la aprobación del proyecto.

MAXIMILIANO VERNAZZA/NA

La media sanción en la Cámara de Diputados del acuerdo con el Fondo Monetario Internacional, después de arduas negociaciones, desencadenó una reconfiguración de alianzas y lealtades en el oficialismo y la oposición. En ambos espacios, se profundizaron las diferencias que se venían planteando, pero se multiplicaron los esfuerzos para evitar que las fisuras se manifestaran en plenitud. Así, los disidentes del Frente de Todos, encabezados por los diputados referenciados en La Cámpora, evitaron hacer uso de la palabra en la sesión y fundaron su voto negativo en un extenso documento que fue refrendado por 34 legisladores, el doble de los que representa esa agrupación. 
Algunos de los que se abstuvieron, entre ellos los que provienen del movimiento obrero, como Hugo Yasky, Sergio Palazzo y Vanessa Siley, se atuvieron al criterio predominante en sus representados aunque personalmente aceptaran la necesidad de respaldar el acuerdo. En cambio, los que pertenecen al Frente Patria Grande y a la Corriente Clasista Combativa que también optaron por la abstención habían manifestado su abierta oposición a la renegociación con el FMI en las condiciones en las que se anunció. Otro pequeño grupo sostuvo el voto afirmativo por disciplina partidaria, tras las intensas gestiones que realizó el presidente del bloque del FdT, Germán Martínez, para convencerlos.
Si algo quedó claro es que el kirchnerismo no es una corriente verticalista y homogénea. Agustín Rossi –por caso–, uno de sus voceros más caracterizados, cuestionó duramente la actitud de los rebeldes. Asimismo, llamó la atención la reacción de Luis D’Elía, de escaso peso en la interna pero que solía expresar a los sectores más duros, quien llamó a sostener el acuerdo y consideró que Cristina Fernández de Kirchner «se equivocó» al no respaldarlo plenamente. La tensión entre «albertistas» y «cristinistas» –una caracterización simplificadora– se potenció cuando Andrés «Cuervo» Larroque, una de las principales espadas de La Cámpora y actual funcionario de Axel Kicillof en la provincia de Buenos Aires, acusó abiertamente a los funcionarios del Gobierno nacional de no haber reaccionado con mayor vigor e interés ante el atentado contra el despacho senatorial de Cristina Fernández, que quedó prácticamente destrozado.
No son pocos los protagonistas de estos enfrentamientos que atribuyen su potencia a la falta de instancias de discusión interna y argumentan que, si se respetan las reglas de juego y se actúa con responsabilidad, será posible saldar la confrontación en las PASO de 2023. En esa cancha, alegan, se verán los pingos y se determinará qué representa realmente cada una de las agrupaciones y los dirigentes.
En tanto, en la vereda de la oposición se jactan de una supuesta victoria, con el argumento de que 111 de los 202 votos favorables fueron aportados por Juntos por el Cambio. Omiten considerar los pormenores del forzado consenso que exhibieron a la luz del día la crisis interna de la precaria alianza. Es cierto que Mauricio Macri logró que el programa para la renegociación con el FMI no figurara en el texto aprobado, en el que además se eliminó toda referencia a su gestión, pero no lo es menos que fracasó en su intento de embarcar a sus socios en una posición irreductible que colocara al Gobierno entre la espada y la pared. En los debates previos, el expresidente abandonó reuniones a poco de iniciadas, operó con su adlátere Patricia Bullrich para neutralizar a las «palomas» hasta que se rindió ante la evidencia de que no podría imponer su jugada. 

Caras y caretas
El papel preponderante en las conversaciones con el oficialismo lo tuvieron dirigentes del radicalismo enfrentados entre sí, como Martín Lousteau y el gobernador Gerardo Morales, un aliado táctico del presidente de la Cámara de Diputados, Sergio Massa, verdadero factótum del acuerdo. El gobernador de Jujuy fatigó los estudios de televisión presentándose como la cara responsable de JxC, mientras en su provincia eran duramente reprimidos los movimientos sociales. Ambos personajes se atribuyeron la obtención de la aprobación, no sin antes desacreditarse mutuamente. También se destacó el presidente de la Coalición Cívica, Maximiliano Ferraro, quien siguiendo las indicaciones de su jefa, Elisa Carrió, en su nuevo rol de facilitadora de la gobernabilidad, pugnó por encontrar una salida a la encrucijada de Cambiemos. Morales está convencido de que es una figura presidenciable en condiciones de competir por la candidatura con Horacio Rodríguez Larreta y para consolidar esa idea aprovecha puntualmente las idas y vueltas del jefe de Gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, que no termina de despegarse de Macri y cuya imagen se desdibuja día a día por su insistencia en pretender aunar a «halcones» y «palomas» en el respaldo a su postulación. 
En lo que coinciden todos los sectores de la coalición opositora es en la evaluación de que las querellas del oficialismo le otorgan mayor peso político a JxC, porque sus legisladores pueden ser indispensables para la aprobación de las leyes que el Ejecutivo necesita. Pero quienes no ocultan su euforia son los radicales, que buscarán afianzar su posicionamiento y dar nuevas señales de independencia después de casi siete años de subordinación a las políticas diseñadas por la dirigencia del PRO, lo que implica correrse un poco más hacia el centro y amortiguar las arengas neoliberales de los economistas del macrismo y aun de sus propios correligionarios, que no contribuyen a consolidar las expectativas electorales con las que se ilusionan


Daniel Vilá