Economía

Comercio exterior en perspectiva

El poder económico concentrado insiste en promover recetas neoliberales para superar un presunto «aislamiento» del país. Informe sobre la importación y exportación en la Argentina.

 

Al mundo. Las ventas externas pasaron de 21.000 millones de dólares en 1995 a un récord de 85.000 millones en 2011. (Jorge Aloy)

Estamos aislados del mundo», es una de las afirmaciones más frecuentes en el corpus discursivo de quienes proponen el retorno a un rumbo neoliberal de la economía. Con esas palabras, repetidas hasta el cansancio por el poder empresario y sus voceros, se busca rehabilitar vías de acceso a relaciones comerciales y financieras subordinadas a los grandes centros del capitalismo global. La «inserción» así propiciada, de más está decirlo, dejaría atrás las experiencias de desendeudamiento e intercambio Sur-Sur, para volver a las recetas de ajuste y planes fondomonetaristas hoy vigentes en un conjunto de países de Europa.
No es de extrañar que sean actores económicos y financieros concentrados quienes impulsen el programa para romper el «aislamiento». Según parece, lo único nuevo de esas pócimas –que incluyen las consabidas macrodevaluaciones, promotoras de regresivas transferencias de ingresos– es el envase. Tal el caso del recientemente lanzado Centro de Estudios para el Comercio Exterior del Siglo XXI.

 

Consensos y políticas
El flamante nucleamiento privado apunta a «encontrar consensos básicos sobre los cuales construir políticas de Estado», argumentan sus organizadores. Uno de ellos, Miguel Ponce, gerente de la Cámara de Importadores, detalló el objetivo del Centro: «Reunir a especialistas de diferentes sectores (representantes del mundo académico y empresarial, profesionales vinculados con el comercio exterior y con los medios de comunicación, entre otros) para que la temática tenga más visibilidad y sea puesta en primer plano para recuperar la inserción comercial internacional del país». De modo subyacente, en ese postulado figura una premisa igualmente reiterada: que el país desaprovecha oportunidades debido a medidas oficiales desencaminadas. Por ejemplo, las regulaciones de administración del comercio, a las que se tilda de «proteccionistas»; o el supuesto «cepo cambiario», que quisieran reemplazar por la liberación en el uso de divisas, incluida la más amplia remisión al exterior de las utilidades obtenidas por las multinacionales.
«Queremos convertirnos en un think tank del comercio exterior, que pueda articular propuestas que ojalá puedan ser tomadas por el actual gobierno, o que sirvan como políticas de Estado del que asuma en 2015», amplió Ponce.
Marcelo Elizondo, ex director de la Fundación ExportAr y titular de la consultora DNI, advirtió al lanzarse el Centro que «en el país no hay una valoración adecuada de las enormes oportunidades que surgen de una acertada vinculación internacional». Y como «muchas veces la opinión pública no está informada sobre eso, es muy importante interactuar con las autoridades políticas, con los candidatos, con los formadores de opinión, con los líderes, con todas las elites».
En cuanto al sustento que encuentra la versión de que la economía nacional se encuentra «aislada», una primera respuesta se vincula con las consecuencias financieras de la cesación de pagos declarada en 2001. Ciertamente, el cierre en el acceso al crédito internacional provocó un freno en muchos negocios que se venían haciendo por décadas, aun en medio de una larga recesión. Pero el crecimiento posterior de la economía demostró que había internamente recursos suficientes para salir del pozo y al mismo tiempo reducir el peso de la deuda (y de los condicionamientos políticos asumidos en las sucesivas refinanciaciones).
Aislarse del Fondo Monetario Internacional y de sus dictados, por cierto, no luce tan mal si se lo mira desde la perspectiva de la recuperación de la soberanía en las decisiones. Hoy, 13 años después del default, el balance incluye –además del repunte del PBI y del empleo– el arreglo en el pago de gran parte de las cuentas pendientes. Entre ellas, las que se arrastraban por fallos adversos del Ciadi (el tribunal de solución de controversias del Banco Mundial), derivados de la pesificación de tarifas de las empresas privatizadas, medida que evitó un fuerte aumento de los servicios públicos tras el quiebre de la convertibilidad.
El criticado «aislamiento» del país dejó espacio además para reestructurar compromisos con la mayor parte de los acreedores privados, en sucesivos canjes; para reestatizar el sistema jubilatorio (el fin de las AFJP); y para renacionalizar la mayoría accionaria de YPF. Precisamente, hace menos de un año que se acordaron los pagos por la expropiación del control de la petrolera, y casi simultáneamente por la regularización de las deudas con el Club de París.


Este último paso debería mitigar las preocupaciones de los integrantes del Centro de Estudios, ya que implica normalizar relaciones con las agencias oficiales de crédito. Es decir, se reabre una ventanilla de financiamiento de los gobiernos de Europa, Estados Unidos, Canadá, Japón y otros Estados asiáticos. Para el nuevo foro empresario, sin embargo, se está aún muy lejos de recrear el «clima de negocios» favorable para animar a la inversión privada, especialmente la extranjera.
Las posiciones aperturistas extremas son las mismas que siempre defendieron miembros del nuevo nucleamiento privado, como Ricardo Balestra, ex asociado de estudios jurídicos defensores de los intereses de grandes empresas (Pérez Alati, Grondona, Benites, Arntsen & Martínez de Hoz hijo y M & M Bomchil Abogados) y de Energetic Holding Sadesa.
En el staff del Centro de Estudios figuran asimismo ex funcionarios menemistas como Jorge Castro y Raúl Ochoa; Patricio Castro (del Departamento de Finanzas Públicas del FMI, encargado de los temas de comercio exterior, aduana e impositivos para América Latina); y Aldo Pignanelli, expresidente del Banco Central y actual asesor económico del candidato presidencial Sergio Massa.
Sus críticas parten de una visión de país «poco previsible» y del cual presuntamente se desconfía en el exterior, por la elevada intervención del Estado en los negocios privados. Según Ochoa, por ejemplo, «la Argentina ha perdido mucho tiempo y debe lograr productividad y competitividad interna, que se perdió por problemas interiores, no por el mundo». Su propuesta es «salir de este pseudo aislacionismo y restablecer relaciones amistosas, amplias y generosas, primero con los países que nos rodean, y luego con el resto del mundo», para recuperar la confianza en el país. «Fundamentalmente para los propios argentinos, porque la solución está en nosotros, pero por supuesto para atraer los capitales y hombres de buena voluntad», aduce. Jorge Castro, a su vez, vaticina que el déficit de cuenta corriente que arrastra Estados Unidos «se cerraría en 2020, ante su creciente producción de hidrocarburos no convencionales, con lo cual el país recuperaría la capacidad de compra, perdida por la importación masiva de combustibles y energía que tuvo desde 2001». Mientras, China sufriría un proceso inverso. En resumen, como lo hizo en los 90, el supuesto experto propone prepararse para volver a las «relaciones carnales» con EE.UU.
Los partidarios del «libre comercio», sin embargo, se topan con serias dificultades cuando se trata de fundamentar la teoría del enclaustramiento, a la luz de los datos estadísticos.
Las exportaciones de la Argentina pasaron de 21.000 millones de dólares en 1995 a 26.500 millones en 2001, pero desde entonces saltaron hasta 70.000 millones en 2008. La crisis que estalló ese año en Wall Street y sus efectos posteriores provocaron dos años de retroceso. Pero en 2011 se alcanzó el récord de envíos –84.000 millones de dólares–, más del triple que a comienzos del siglo y cuatro veces más que en el apogeo de la última experiencia neoliberal.
La gran diferencia en el perfil del comercio exterior se verifica por el lado del saldo registrado, ya que durante los gobiernos de Carlos Menem y Fernando de la Rúa se acumuló un déficit de más de 12.000 millones de dólares. De modo contrapuesto, el superávit del intercambio rondó a partir de 2003 en los 20.000 millones como promedio anual, aun con compras externas en fuerte ascenso.
En 2014 las ventas de productos y servicios argentinos al mundo totalizaron 72.000 millones de dólares, y las compras ascendieron a 65.000 millones. Bastante por encima del período en que regía el verdadero «cepo» de la convertibilidad (el dólar uno a uno con el peso) y se aplicaban las propuestas de la derecha política y de los oligopolios nativos y huéspedes.

Daniel Víctor Sosa