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Concentración global

Retroceso de la economía mundial, incremento de la desigualdad y del hambre junto con un disímil acceso a vacunas evidencian un panorama poco alentador.

Contrastes panameños.
La riqueza de los multimillonarios latinoamericanos se incrementó más del 40% entre 2020 y 2021, según la revista Forbes.

ACOSTA/AFP/DACHARY

La pandemia del coronavirus dislocó al mundo entero. Los desafíos emergentes del COVID-19 monopolizaron la agenda pública desalojando cualquier otro tema. Los Gobiernos intentaron (con mayor o menor suerte) evitar un colapso sanitario, social y económico, el mundo científico se embarcó en el desarrollo de las ansiadas vacunas, la rutina ciudadana sufrió drásticas modificaciones y los intelectuales comenzaron a debatir sobre el mundo pospandemia. En este último caso, los escenarios probables que se proyectaron fueron muy disímiles entre sí.
Por ejemplo, el filósofo esloveno Slavoj Žižek afirmó que el COVID-19 era «un golpe a lo Kill Bill» al sistema capitalista. Por el contrario, el filósofo surcoreano Byung-Chul Han profetizó que «el virus nos aísla e individualiza. No genera ningún sentimiento colectivo fuerte», en consecuencia, «el capitalismo continuará aún con más pujanza».
Más allá de los debates, los números muestran que la economía global retrocedió 3,2% en 2020, un nivel de caída tres veces superior al de la anterior crisis global, la de 2009. En América Latina y el Caribe, el retroceso fue aún más profundo, un 7%, mientras que, de acuerdo con datos del Fondo Monetario Internacional, la caída en la zona Euro fue del 6,5%. Por su parte, en Estados Unidos alcanzó el 3,5%. Solo China verificó números positivos: 2,3%.
A su vez, la Organización Internacional del Trabajo (OIT) informó que la economía mundial perdió una cantidad de horas trabajadas equivalentes a 255 millones de puestos de trabajo a tiempo completo durante el año pasado.
La combinación de pérdidas de ingresos y fuerte incremento del precio de los alimentos (40% en términos interanuales) resultó un cóctel fatal. En la actualidad, Oxfam Intermón estima que 155 millones de personas (20 millones más que el año pasado) en 55 países atraviesan extremas condiciones de inseguridad alimentaria. En un reciente informe, dicha organización alertó que las muertes por hambre superan a las producidas por COVID-19. En números, 11 personas mueren por minuto por hambre extrema mientras que se producen 7 decesos por coronavirus.
El número de personas subalimentadas también registró un fuerte incremento. Un informe de Naciones Unidas sobre seguridad alimentaria y nutrición en el mundo advierte que cerca de la décima parte de la población mundial (811 millones de personas) está subalimentada. La peor situación de vulnerabilidad alimentaria está en el continente africano, donde el 21% de los habitantes enfrenta una situación crítica. Completan el podio América Latina y el Caribe (9,1%) y Asia (9%). El mismo trabajo sostiene que a nivel global, «más de 2.300 millones de personas (el 30% de la población mundial) carecieron de acceso a alimentos adecuados durante todo 2020. Este indicador se disparó en un año tanto como en los cinco años anteriores combinados». A su vez remarca que «la desigualdad de género se agudizó: en 2020, por cada 10 hombres que padecían inseguridad alimentaria, había 11 mujeres que la padecían». Por su parte, Oxfam advierte: «A menos que los Gobiernos actúen de forma urgente para abordar la inseguridad alimentaria y sus causas, lo peor está aún por llegar. Deben centrar sus recursos en financiar sus sistemas de protección social, así como programas que aborden las necesidades de las personas vulnerables y permitan salvar vidas de manera inmediata, en lugar de destinarlos a comprar armas, que perpetúan los conflictos y la violencia».

En pocas manos
La contracara de esta tragedia es el crecimiento de la riqueza de los multimillonarios. «La riqueza de las diez personas más ricas del mundo (de las cuales nueve son hombres) se incrementó en 413.000 millones de dólares el pasado año», precisa el informe de Oxfam. Uno de ellos es Jeff Bezos que acaba de darse el gusto de viajar por el espacio durante once minutos con su nave New Shepard. El fundador de Amazon pretende liderar el futuro mercado del turismo espacial con la empresa Blue Origin. El banco suizo UBS estimó que ese negocio podría mover alrededor de 3.000 millones de dólares anuales en una década. El dirigente demócrata Bernie Sanders declaró que «tal vez haya un problema con un sistema económico que ve a un puñado de multimillonarios hacer crecer su riqueza de forma masiva durante una pandemia y volar por el espacio en cohetes, mientras millones de personas luchan por mantener un techo sobre sus cabezas en el país más rico de la Tierra». Su colega Alexandria Ocasio-Cortez agregó que «los trabajadores de Amazon pagaron por esto, con salarios más bajos, ruptura de sindicatos, un lugar de trabajo frenético e inhumano y conductores de reparto sin seguro médico durante una pandemia. Y los clientes están pagando por ello con Amazon abusando de su poder de mercado para dañar a las pequeñas empresas». Bezos ignora esas críticas porque, como se sabe, los ricos no piden permiso.
Otro aspecto en que la desigualdad se pone de manifiesto –en plena pandemia– es en la distribución de las vacunas a nivel global. A más de un año de su creación, puede afirmarse que el Fondo de Acceso Global para Vacunas COVID-19 (COVAX), iniciativa de la Organización Mundial de la Salud (OMS), fracasó en su intento por asegurar una distribución más equitativa de las dosis. Los países que apostaron todas sus fichas a esa iniciativa quedaron muy desprotegidos. Es lo que ocurrió con el Gobierno paraguayo de Mario Abdo Benítez que acordó la compra de 4.200.000 dosis, pero solo recibió 304.800 vacunas. En ese marco, la OMS reclamó a los laboratorios priorizar el suministro a los países pobres en lugar de «recomendar» a las naciones centrales aplicar una tercera dosis. En su artículo «La vacuna contra el COVID-19 en América Latina y el Caribe», la licenciada Tamara Lajtman sostiene que «la disputa geopolítica y las relaciones asimétricas del sistema mundial se evidencian de manera muy cruda ante el fenómeno de producción y distribución de las vacunas contra el COVID-19. Las naciones más pobres apenas han comenzado las campañas de vacunación, mientras que los países más ricos se han apoderado de la mayoría de las dosis. Muestra de ello es el hecho de que aproximadamente el 75% de dosis de vacunas administradas en todo el mundo se han destinado a solo diez países. Mientras tanto, naciones como Madagascar, Sudán del Sur y Papúa Nueva Guinea han vacunado a menos del 0,01% de su población». En la misma línea, la organización Oxfam calcula que, al ritmo de vacunación actual, los países de renta baja tardarían 57 años en vacunar a toda su población. Lo cierto es que, hasta el momento, la pandemia acentuó un rumbo mucho más individualista que de cooperación comunitaria.


Diego Rubinzal