Economía

Sin barreras

La apertura comercial dispuesta por el gobierno nacional, en un escenario de disputas entre China y Estados Unidos, jaquea el esquema macroeconómico del país y profundiza los desequilibrios de cuenta corriente y exportaciones. Petróleo, soja y porcinos.

Regalías. Las provincias productoras perdieron US$ 337 millones en los últimos dos años. (Archivo)

La balanza comercial argentina cerró 2017 con un déficit de 8.471 millones de dólares, según el INDEC. El peor rojo de la historia nacional fue consecuencia de una suba interanual de importaciones del orden del 19,7% y de la mala performance de las exportaciones de productos primarios y manufacturas de origen agropecuario (cayeron 5,6% y 3,6% respectivamente frente a 2016). Para la Consultora Radar, el déficit comercial en términos de PIB fue del orden del 1,5%, el más alto desde 1998, cuando llegó a 1,7%.
Para este año, los analistas privados no avizoran una mejor performance. «Para 2018 proyectamos un empeoramiento en el resultado comercial por un aumento de importaciones que se va a ubicar por encima de las exportaciones», señalaron desde la consultora Eco Go a Página/12. Mientras que Radar calculó para este año un déficit en el orden de los 10.000 millones de dólares, 21,8% por encima de 2017. Y el primer bimestre del año parece darles la razón: el desbalance del comercio exterior llegó a los 1.872 millones de dólares, siete veces mayor al de igual período de 2017 (268 millones de dólares). Total apertura comercial en tiempos de contiendas comerciales entre Estados Unidos y China augura un año difícil para los países productores de commodities agrícolas como Argentina, ya que el gigante rojo impuso un fuerte arancel a las importaciones de granos estadounidenses, tras el bloqueo de Donald Trump al ingreso de acero chino.

Oro negro y porotos
Con el fin de las restricciones para importar petróleo y sus derivados, en el marco de la convergencia del precio de los combustibles en el mercado local e internacional durante 2018, las compras al exterior del crudo fueron en aumento, y el autoabastecimiento, declamado por el macrismo antes de asumir el gobierno, va quedando en el olvido. De acuerdo con datos del Observatorio de la Energía, Tecnología e Infraestructura para el Desarrollo (Oetec), «en casi dos años se importó un tercio de todo el crudo importado entre 2008 y 2015». La compra de petróleo crudo llegó en 2017 a 1.034.533 m3, cuando el año anterior había alcanzado los 772.973 m3, un 33,83% superior. Una mayor importación y una menor producción nacional (a pesar de la mejora de los no convencionales, 34% de shale oil y 42% de shale gas) no solo amplía la incidencia de los precios internacionales sobre los costos argentinos –naftas y gasoil más caros– sino que además provoca una fuerte caída en las regalías de las provincias. En dos años, los gobiernos provinciales perdieron 337 millones de dólares, una caída del orden del 26,5%. «En algún momento habrá que discutir el modo en que se están pagando las regalías. Las petroleras tendrán que reducir sus costos si quieren seguir siendo competitivas. Más aún ante un nuevo contexto, con acceso liberado a los productos importados», señaló el director en YPF, Emilio Apud. En un solo párrafo, el ex secretario de Energía dejó en claro la política del gobierno.
Con la apertura a la importación de crudo solo un puñado de jugadores internacionales pronto se convertirán en los ganadores de la liberalización del mercado nacional: Trafigura (dueña de Puma Energy); la holandesa Vitol  y su par Gunvor, y Glencore (con participación en la mina de oro La Alumbrera, dueña de emprendimientos agroindustriales y complejos portuarios en Santa Fe).
Fue Glencore, a través de su socia argentina, la cerealera Vicentin –la sexta exportadora de granos del país– quien compró en el mercado estadounidense, a mediados de abril, el mayor cargamento de porotos de soja en 20 años: 240.000 toneladas, con destino a su planta de crushing en San Lorenzo, provincia de Santa Fe. El antecedente más cercano se remonta a 1998, cuando se compraron a Estados Unidos cerca de 500.000 toneladas. Los analistas aseguran que la de Vicentin no será la única transacción. Los efectos de la sequía y la consecuente caída de la cosecha llevaron a las empresas procesadoras de oleaginosas –según fuentes del sector– a tomar recaudos para mantener el flujo de molienda en el año y no incrementar la capacidad ociosa de sus plantas que en 2017 llegó al 30%. Sin embargo, los operadores de granos sostienen que la importación podría tener dos objetivos: hacia afuera, un gesto para con el gobierno de Estados Unidos (en su guerra contra China) y hacia adentro, una advertencia para los productores locales que retienen aún granos en silobolsas: si no liquidan sus stocks, las importaciones pueden multiplicarse. La consultora Agri Trend estima que unos 10 millones de toneladas de la campaña anterior aún no fueron liquidadas. Cerca de 3.000 millones de dólares que no ingresaron al país. «El esquema de baja mensual de las retenciones a la soja es prácticamente una “tablita”. Si el productor espera, gana. En el año, retener la cosecha es como tener un bono con una tasa del  6% de interés», afirmó el economista Martín Vauthier, de Eco Go. Y parece que están esperando. Y ganando. La liquidación de divisas en el primer trimestre del año cerró en US$ 4.680 millones, contra US$ 4.800 millones del mismo período de 2017.