Economía

Solo promesas

La tan anunciada lluvia de inversiones no se concretó y la llovizna que se derramó en el país quedó neutralizada por los giros de utilidades al exterior. Retroceso de la producción nacional de maquinaria agrícola. SanCor y la crisis en la cuenca lechera.


Capitales externos. Los efectos benéficos de la IED son puestos en duda por especialistas. (Horacio Paone)

El diagnóstico económico inicial del macrismo fue muy simple: la asunción de un gobierno promercado impulsaría una «lluvia de inversiones». En particular, el gobierno nacional apuntó al arribo de aquellos capitales productivos que en la jerga técnica se denominan inversiones extranjeras directas (IED). En los primeros meses de 2016, los funcionarios anunciaron que los empresarios ya se habían comprometido a invertir 59.000 millones de dólares en el período 2016-2019.
Lo cierto es que, más allá de los anuncios marketineros, la «lluvia de inversiones» brilló por su ausencia. Las inversiones efectivamente realizadas en 2016 (2.523 millones de dólares) fueron inferiores a las utilidades giradas al exterior (2.996 millones de la divisa estadounidense). La pertinencia de dicha estrategia, aun en el caso de que hubiese sido «exitosa», es muy discutible. Los efectos benéficos de la IED son, la mayoría de las veces, menores a los perjuicios ocasionados en el tejido productivo local. En ese sentido, el economista chileno Manuel Agosin realizó un estudio centrado en un panel de países en desarrollo. Los resultados del trabajo revelaron dos cuestiones: en los países asiáticos se produjo un incremento simultáneo de IED y tasa de inversión; mientras que en las naciones latinoamericanas el crecimiento de la IED no produjo una mayor tasa de inversión. La conclusión pone en evidencia que, en América Latina, la IED no complementó al capital nacional sino que lo desplazó. La diferencia central entre ambas experiencias estribó en que las naciones asiáticas no fomentaron el ingreso de cualquier inversión foránea, sino solo de aquellas que contribuyeran al desarrollo nacional.

La historia argentina confirma las conclusiones del economista chileno. En la década del 90, el país gobernado por Carlos Menem concentró nada menos que el 15% de una ascendente IED que llegaba a América Latina. Pero, ¿qué pasó con la tasa de inversión? El economista Matías Kulfas explica en una nota en Le Monde Diplomatique que «en los años de mayores ingresos de capitales externos del decenio de 1990, la tasa de inversión promedió el 15,7% del PIB, mientras que en los gobiernos kirchneristas, particularmente en el auge (2003-2011), promedió el 21% del PIB con un pico cercano al 25% en 2011. En otras palabras, períodos de mayor inversión extranjera no significaron mayor inversión en general».
A su vez, la idea macrista de que un gobierno «confiable» incentivaría un masivo arribo de IED es equivocada. El colectivo de profesionales reunidos en el Plan Fénix, en uno de sus últimos documentos publicados, sostiene que «se desconocía la dinámica de la IED en el mundo, cuyas decisiones estratégicas responden a razones mucho más complejas que las señales coyunturales que pueda lanzar un gobierno. En un contexto de creciente estancamiento y proteccionismo global, los centros económicos mundiales tienden a enviar a las regiones de la periferia bienes y servicios terminados, y no inversiones».
La dinámica económica mundial reciente proporcionaba diversos indicios de esa tendencia. Los flujos de IED hacia la región latinoamericana mostraron una caída interanual del 22% en 2015, que venía de un retroceso del 13% interanual en 2014.
Por otro lado, las rentas giradas por las filiales a las casas matrices alcanzaron en 2014 los 90.000 millones de dólares (la mitad de la IED del período). En pocas palabras, los dólares que se iban por una ventanilla (remisión de utilidades) duplicaban los que ingresaban por otra (inversiones). Algo similar ocurrió en la economía argentina en 2016.

Pequeño derrame agrario
La caída de la actividad industrial fue cercana al 5% en 2016. Ese fuerte retroceso se refleja en una elevada capacidad instalada ociosa. El porcentaje de utilización de la capacidad instalada actual (63,6%) es el peor registro desde el estallido de la convertibilidad en 2002.
Sin embrago, la industria de la maquinaria agrícola es una de las pocas excepciones al retroceso general. El fuerte incremento de la rentabilidad del sector agroexportador provocó uno de los escasos «derrames» prometidos.
Sin perjuicio de esto, la liberalización comercial auspiciada por el gobierno determinó que las empresas nacionales perdieran posición de mercado.  Es decir, la apertura importadora facilitó el ingreso de maquinarias extranjeras. El incremento interanual (en montos) de las ventas de maquinarias de origen importado fue del 335,7% en cosechadoras y 485,5% en tractores en 2016. Así, la participación de empresas nacionales en el mercado doméstico retrocedió del 85,13% al 71,80% (cosechadoras) y del 92,51% al 80,56% (tractores).