Política

Cerca de la revolución

Legalización del aborto e igualdad de oportunidades fueron los principales reclamos de las movilizaciones del 8M, que ganaron las calles de las principales ciudades del país y del mundo. La participación de las cooperativistas y la declaración del IMFC.

Marcha. Las más jóvenes, protagonistas. (Horacio Paone)

Yo nunca vi algo así». Victoria habla exultante. Llegó a la plaza del Congreso con sus tres amigas hace un rato y buscaron un resto de sombra para escapar al calor. No dicen sus edades por coquetería, salvo Luisa, que con un poco de timidez hace su confesión. Tiene 84 y esta es su primera marcha. «¡La convencimos! Pero, ¿cómo no iba a estar acá?», coinciden todas entre risas mientras se acercan las columnas marchando por avenida de Mayo. Aún es temprano pero ya se siente. La marea verde y púrpura de mujeres salió una vez más a conquistar la calle y tronó su voz, tan fuerte que el eco traspasó las fronteras logrando que el 8 de marzo reafirmara su sentido de lucha y reclamo.
La jornada arrancó en distintos puntos y con un abanico de actividades. Grupos de compañeras cantando por la calle, chicas llevando el pañuelo de la campaña por el aborto legal y gratuito, mensajes, videos y fotos inundando las redes sirvieron como prólogo, irrumpiendo el paisaje cotidiano desde temprano. Y es que el valor de la movilización fue el de trascender la propia marcha. Al igual que el movimiento feminista, el 8M tejió una cartografía propia, caracterizada por la multiplicidad, que no se agotó en los bordes de la porteña avenida Rivadavia y replicó a lo largo de la semana como así también en muchas ciudades del país y del mundo. Desde los actos en La Paz o Berlín, hasta chicos que debatían la desigualdad de género en las escuelas o amigas que discutían en un subte sobre el problema de la violencia, fueron innumerables las postales que hicieron de la fecha un verdadero hecho político.
«Abajo el patriarcado. Se va a caer, se va a caer». Un centenar de trabajadoras de artes escénicas se planta con el rostro cubierto por una bombacha en las puertas del Teatro San Martín, como parte de una performance con la que buscan exponer las desigualdades en el oficio dramático. En tanto, en la entrada del Centro Cultural de la Cooperación Floreal Gorini, el colectivo Mujeres con Megáfono –integrantes del IMFC, el CCC y otras entidades cooperativas– se suman al grito mientras continúan con las actividades programadas para el 8M: un «ruidazo» en la esquina de avenida Corrientes y Paraná, un «trapazo» para estampar pañuelos y remeras con esténciles alusivos a la fecha y una radio abierta. Como parte de las actividades, el Instituto dio a conocer además un texto en el que señala: «En la actualidad, y luego de un largo e importante proceso de organización y protagonismo a nivel mundial, el movimiento de mujeres adquiere una importancia indiscutible por su fuerza y capacidad de movilización, así como por la unidad que logra en términos de agenda y programa de acción. Resulta evidente el progresismo de las reivindicaciones de género en tanto son reclamos de justicia e igualdad en la diversidad. Por tanto, tienen una potencia democratizante y transformadora».

Hijos del patriarcado
Junto con el reclamo por la despenalización del aborto, la inequidad de oportunidades en el universo del trabajo constituyó uno de los ejes centrales de las demandas del 8M, con la convocatoria a un nuevo paro de mujeres que, una vez más, volvió a contar con un apoyo tímido de las centrales obreras. «Hoy es un día para hacernos escuchar y reclamar por la igualdad económica», desliza María, docente agremiada a Suteba.
Todo en un clima de fiesta, canto y mucha juventud. Porque es cierto, la marcha fue heterogénea. Altas, morenas, lesbianas, gordas, con bebés en brazos, con los pechos pintados y todo tipo de bellezas que no admiten estereotipos se congregaron con su grito de tribu en las calles del centro porteño. Pero ante todo, el dato sobresaliente fue una vez más la enorme presencia de chicas adolescentes. Como Rocío, que, rodeada por tres amigas, afirma: «Estamos en una transición. Son muchos los derechos que reclamamos, pero creo que lo más importante es sacar las ideas machistas de la sociedad. Que dejen de hacer chistes con nosotras». A su lado, Malena la mira. No se anima a hablar, pero sostiene un pequeño cartel en alto, con porte desafiante: «No son enfermos. Son hijos del patriarcado». Las cuatro promedian los 19 años, y se convierten así en una de las metáforas más certeras de las tantas que arrojó ese día de que algo, en efecto, parece estar cambiando.