Política

Crítica y entusiasmo

El exdirector de la Biblioteca Nacional reflexiona acerca de la propuesta de dejar de lado el estímulo a formas de pensamiento crítico en las aulas. Falsas contradicciones, objetividad, los filósofos propagandistas y la ética política.

En clase. Las formas de aprender. (Jorge Aloy)

 

No despreciemos al macrismo en su capacidad, todavía actuante, de proponer acertijos erróneos, pero que no deben ser descartados por la discusión alerta y vigorosa. Si se nos dice que  hay que abandonar el «pensamiento crítico» por el «entusiasmo», pues el primero convierte a los alumnos en amargos descifradores de las tramoyas de la sociedad, el entusiasmo genera la felicidad del saber constructivo. El entusiasmo así genera el placer de «querer algo» sin que necesariamente «nos ocupemos de la objetividad», porque poseemos poderes que no conocemos, y no saldrán a la luz hasta que no retiremos del primer plano nuestro descontento.
Creo que glosamos bien este pensamiento y para no caer en las fauces de este asombroso, banal y al mismo tiempo escabroso razonamiento, no digamos que lo vamos a criticar, sino a ponerle algunos obstáculos. El primero es que hay también un entusiasmo en la crítica. Entusiasmo, como se sabe, contiene en el interior de su concisión de concepto, el teo de los dioses. Estar tomado por una fuerza sagrada, o simplemente por un motivo de satisfacción en la acción compartida.
No hay entonces por qué descartar el entusiasmo. Pero es un error gravísimo contraponerle el pensamiento crítico, que sería propio de resentidos y quejosos. Es una broma pseudofilosófica tratada como una baratija irresponsable, porque es posible defender el pensamiento crítico sin acudir a sus obviedades o rituales. El pensamiento por sí mismo es crítico, ni siquiera sería necesario aclararlo. Pensar no es una forma del intelectualismo, sino de la comprensión de un problema singular en donde se entrelazan numerosas cuestiones que hay que develar, desentrañar o descubrir. Eso entraña una felicidad, sin duda, pero la felicidad pasa de la locura por hacer, que Macri menciona frecuentemente como señal distintiva de una suerte de teocracia gobernante. Los «críticos» contra los «entusiasmados». Los primeros irritados y los segundos constructores encantados con sus «dioses»… de mercado.
No hay que tomar a la ligera estas opiniones, porque retratan esta época  de profunda pobreza cultural; sería una irresponsabilidad de nuestra parte. Tenemos que prepararnos para refutarla, porque son parte de un aparato propagandístico que tiene sus neofilósofos, sus neohechiceros y alquimistas. Coinciden con el modo en que «habla la televisión». Son los filósofos más torpes del sentido común compulsivo que se recuerde en los últimos grandes tramos de la historia nacional. Debemos poder decir que todo pensamiento es de por sí crítico, es decir, debe tener una mínima capacidad de analizarse a sí mismo y ponerse en duda, buscando su forma más eficaz.  

 

Sentimiento complejo
Tenemos que cuidarnos nosotros mismos de ser ritualistas, sin saberlo, de nuestros propios arquetipos. El macrismo triunfó, entre otras cosas, porque fuimos descuidados con eso. Dijimos muchas veces pensamiento crítico y no supimos explicar adecuadamente en qué consistía. En mi opinión, consiste en actos permanentes de sustracción y recomposición, que ni hacen necesario decir que es crítico por añadidura, es crítica por constitución necesaria y inherente. Esto nos permite llevar a lo público nuestras identidades políticas: hay momentos de expresión plena y momentos de retención, prudencia, empleo de lo implícito, lo apenas sugerido. Son todas formas del pensamiento crítico que piensa sobre el mundo, sobre los demás y sobre él mismo. Porque nunca es un simple instrumento.
El que  piensa en forma instrumental empobrece sus significaciones. Ese es el gobierno de Macri y sus filósofos propagandistas de una pseudofelicidad. La felicidad, también, es un complejo sentimiento de muchos planos, que incluyen la compresión emotiva, la dialéctica de las pasiones, un abandono risueño del sí mismo arrogante, para incluir una risa escéptica, pero no por eso indispuesta hacia los grandes problemas sociales. ¿Y el entusiasmo? Nunca pude ser el abandono de la objetividad. Esa frase del macrismo, salida de gabinetes internos de la Rosada, nos conduce a una trágica decadencia. Nunca podría abandonarse la objetividad. Criticaron mucho al gobierno anterior porque se creía  que la realidad, las noticias, son solo «una construcción del poder». Pero un mínimo de objetividad es el aliento y la savia viva de la sociedad. Solo que también hay que pensar, es decir, recomponerla cada vez en niveles más exigentes. Eso es la crítica, el pensamiento y el entusiasmo cuando se fusionan en una auténtica ética política.