Política | NUEVO ARZOBISPO DE BUENOS AIRES

Desde el púlpito porteño

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Washington Uranga

El papa designó a un referente de sus ideas en un puesto clave. Perfil de Jorge García Cuerva y resonancias políticas y eclesiásticas de su nombramiento.

García Cuerva. Desde Río Gallegos llega a Buenos Aires para asumir un cargo estratégico en la Iglesia.

Foto: Télam

Jorge García Cuerva, actual titular de la diócesis católica de Río Gallegos, fue nombrado por el papa Francisco como nuevo arzobispo de Buenos Aires en reemplazo del cardenal Mario Poli, quien renunció por haber llegado el límite de edad de 75 años establecido por la Iglesia para el gobierno pastoral.
En torno al nombre del nuevo arzobispo porteño se habían centrado expectativas, dentro y fuera del ámbito eclesiástico, dada la importancia que en la vida institucional de la Iglesia tiene la arquidiócesis de Buenos Aires y por el papel que eventualmente puede jugar su titular en el escenario social y político del país. García Cuerva no aparecía entre los candidatos que estuvieron en danza en los últimos meses.
En términos históricos tradicionales de la Iglesia, el arzobispado porteño se considera como «sede primada», una referencia que, si bien no tiene por sí misma ningún estatus institucional, supone en la práctica un reconocimiento para quien sea su titular, al menos por parte de sus pares obispos. A ello debe sumarse que quien ocupa el sillón arzobispal de Buenos Aires corre con ventaja para ser designado cardenal, es decir, que pasaría a formar parte del cónclave de electores que designará al sucesor de Francisco en el Vaticano. Si bien por el momento García Cuerva solo ha sido nombrado arzobispo, es altamente probable que en un futuro no lejano llegue al cardenalato.
La significación eclesiástica y política de la elección de Francisco radica básicamente en el perfil de quien ha sido designado. Se trata de un sacerdote que en su actuación como religioso ha demostrado cercanía con las problemáticas sociales y, en particular, solidaridad con los pobres y marginados. Vivió durante años en la villa La Cava, uno de los barrios más populares de San Isidro. Ya como obispo y en sus declaraciones públicas no escondió sus simpatías con el peronismo aunque, también es importante destacarlo, ha sido crítico del poder y de gobiernos de distinto signo. Aunque el propio obispo lo considera una simplificación, no se incomoda cuando se lo designa, ahora, como «obispo villero» y, antes, como «cura villero». Prefiere que lo describan como «un obispo junto al pueblo».

Más que simbólico
En un escenario tanto político como eclesiástico donde existen cada día más resistencias al perfil renovador del papa Francisco y en el que se expresa –así sea en voz baja– «malestar» por algunas decisiones audaces de Jorge Bergoglio, García Cuerva es claramente un firme defensor de las posiciones del actual jefe de la Iglesia Católica. Se lo define como un «bergogliano» de tiempo completo, muy lejos de la posición del jubilado Mario Poli que nunca se mostró demasiado cómodo con las directivas que llegaban desde Roma.
De esta manera, Francisco está empoderando en la Iglesia Católica cada día más a obispos que coinciden con su propia mirada sobre la sociedad y sobre la Iglesia. Solo para tener en cuenta. En 2018 el papa usó el mismo criterio para designar como arzobispo de La Plata (otra arquidiócesis sumamente importante) a un hombre de su extrema confianza y cercanía: Víctor Tucho Fernández, quien sustituyó en ese cargo a ultraconservador Héctor Aguer. Y se podría seguir con la lista: buena parte de los nuevos obispos responden a la mirada de Bergoglio y comienzan a cambiar la conformación del episcopado católico, aunque la resistencia conservadora persiste.
Sin dejar de lado que por su sola condición el arzobispo de Buenos Aires está llamado a ocupar, en algún momento, la presidencia de la Conferencia Episcopal (el órgano que reúne a todos los obispos del país), tampoco se puede desestimar que, mientras ello no ocurre, hasta por ubicación geográfica el titular de la catedral porteña es un habitual interlocutor del poder en la Argentina. Supera lo meramente simbólico que la Casa Rosada y la catedral estén ubicadas en la misma Plazo de Mayo y a menos de cien metros de distancia la una de la otra. Y que a ese templo matriz asistan los presidentes para participar de los tedeum patrios y escuchar allí homilías que no pocas veces incluyen admoniciones al poder de turno, mensajes y opiniones sobre la vida social y política del país.
En ese escenario tampoco debería perderse de vista que con 55 años, García Cuerva es un «joven» obispo que tendrá veinte años al frente de la arquidiócesis más importante del país. Su gobierno eclesiástico está llamado a trascender cualquier mandato presidencial, así sean estos con reelecciones incluidas. También le permitirá generar cambios de largo aliento en la renovación de la iglesia capitalina, si así se lo propusiera.

El malestar
Los estudios que vienen realizando de manera periódica quienes investigan la sociología de la religión indican que cada vez es menor la cantidad de argentinas y argentinos que se consideran católicos. A ello debe sumarse que aún entre estos la práctica religiosa tradicional es escasa. Pero sigue existiendo un sustrato religioso-cultural importante en los sectores populares, que también reconocen en la Iglesia cercanía y afinidad con los problemas que lo aquejan. Buen ejemplo de ello son las masivas peregrinaciones al santuario de la Virgen de Luján o a San Cayetano, donde siempre aparece mezclada la piedad popular con el reclamo social, las demandas de derechos y calidad de vida. Son datos que permiten sostener que, si bien ha disminuido su incidencia, la Iglesia Católica a través de su jerarquía sigue siendo un interlocutor importante tanto para la dirigencia política como para los factores de poder del país.
Son particularmente estos últimos –que suelen buscar en los obispos respaldos a sus causas e intereses– quienes no ocultan su «malestar» (tal es el término que gustan usar) con Francisco por su prédica a favor de los pobres y los descartados. Ahora tampoco les sienta bien que el papa le entregue el púlpito de la Catedral a un obispo joven que puede ser vocero local del mensaje de Bergoglio.

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