Política

Hoja de ruta

La orientación de la política exterior del futuro Gobierno comienza a ponerse en juego en la disputa preelectoral. Los candidatos anticipan rupturas y continuidades con lo actuado desde 2003.

 

Herencia. La Cancillería es un puesto clave para cualquier administración futura. (Horacio Paone)

Como es usual en la Argentina, todos los males de los Gobiernos suelen achacarse exclusivamente a su propia inoperancia, sin dar una mirada más amplia sobre lo que sucede en la región y el resto del mundo. Con solo ver la crisis que padece Brasil,  los embates continuos contra los Gobiernos de Venezuela y Ecuador en los últimos meses, e incluso el acoso a la gestión de Michelle Bachelet en Chile, se puede tener una muestra de que los países latinoamericanos están todos «en el mismo bote», para decirlo en términos callejeros. Ni qué hablar de lo que ocurre en China y los países europeos.
No es casual que para el oficialismo mostrar sus logros y fundamentar una determinada política exterior sea uno de sus ejes de campaña. Es así que el gobernador bonaerense Daniel Scioli tiene desde hace meses en su equipo para las «relaciones exteriores» a Rafael Follonier, uno de los arquitectos de la gestión de Néstor Kirchner en el área y el que tejió detrás de bambalinas las alianzas regionales que impulsaron la creación de la Unión Suramericana de Naciones (Unasur) y fortificaron los lazos en el Mercosur al punto de haber ampliado su plantel inicial con la incorporación de Venezuela y luego Bolivia y Ecuador.
Follonier le abrió sus contactos a Scioli, que dio un gran salto al visitar a Raúl Castro en La Habana, pero también a encuentros con los uruguayos José Pepe Mujica y Tabaré Vázquez. El expresidente brasileño Lula da Silva apoyó explícitamente la continuidad del kirchnerismo con el exmotonauta, lo mismo que hicieron el boliviano Evo Morales y el ecuatoriano Rafael Correa.
Con todo lo moderado que es Scioli, la manifestación de esos acercamientos, que lo posicionan en el frente interno pero también son una señal indeleble ante el resto de los gobernantes regionales, ya le acarreó críticas desde los sectores más conservadores del espectro político nacional y mediático.
¿Este trabajo de Follonier indicaría que será su próximo canciller? Quienes conocen al experiodista santafesino afincado en La Pampa sospechan que no, ya que es de los que prefiere el perfil bajo y se siente más cómodo en un segundo plano, que es donde se suelen concretar las políticas que elaboran los dirigentes. Para este lugar imaginan que el gobernador tiene in pectore a su ministro de Industria, Cristian Breitenstein, o al presidente del Banco Provincia, Gustavo Marangoni, algo difícil de comprobar a esta altura.
Macri tiene en el PRO como principal espada para la política exterior a Diego Guelar, que fue embajador de Carlos Menem en Estados Unidos y cultor de una política de acercamiento –sin llegar a las «relaciones carnales», aclara– con la principal potencia económica y militar del planeta. Junto con él suelen presentarse Iván Petrella, licenciado en Relaciones Internacionales por la Universidad de Georgetown y doctorado en Religión y Derecho en Harvard, donde supo cosechar sólidos contactos. También circula por esos pasillos que por ahora parecen inciertos, el exembajador Rogelio Pfirter.
El alcalde porteño, Mauricio Macri, tiene fuertes contactos con la derecha europea y participa en foros donde exhiben su línea de pensamiento el expresidente del Gobierno español José María Aznar y la cúpula del PP, también la derecha francesa, representada por Nicolás Sarkozy, exmandatario galo. Si bien no habló específicamente en contra del Mercosur, Macri pone como ejemplo el avance logrado entre los países que integran la Alianza del Pacífico (AP) –Chile, Perú, Colombia y México– una propuesta de integración comercial más que aduanera, que defiende valores neoliberales como principal premisa.
Dentro del Frente Renovador de Massa, los expertos internacionales parecen ser el exvicecanciller Andrés Cisneros –que fue el segundo de Guido di Tella– y Roberto García Moritán, quien formó parte de la Cancillería hasta su renuncia en 2008. Ambos, junto con Guelar y un puñado de diplomáticos y expertos en política exterior que integran el Grupo Consenso presentaron en abril pasado un documento titulado Seremos afuera lo que seamos adentro, donde señalan los lineamientos para una futura política exterior. No indican nada concreto, aunque el tono es de una marcada aquiescencia con los países occidentales. No participó ningún representante del oficialismo.

 

Tasas chinas
Una de las críticas más difundidas durante gran parte de los gobiernos kirchneristas era que habían podido mostrar altos índices de crecimiento por varios años gracias al «viento de cola» internacional. Era la forma de justificar desde la oposición y los sectores neoliberales que el incremento en los precios de los commodities y una época de bonanza en el comercio internacional –con monedas relativamente estables y un dólar débil– explicaban el crecimiento a «tasas chinas» durante los primeros años del Gobierno de Néstor Kirchner. El futuro mandatario, sea cual sea su color político, heredará, en cambio, los fuertes ventarrones de frente que Cristina Fernández destaca en sus últimos discursos. El panorama promete ser bastante complejo para quien se siente en el sillón de Rivadavia a partir del próximo 10 de diciembre. Habrá que ver cómo se para frente a las señales adversas.
Luego del estallido de la crisis financiera en 2008, el mundo se vio sumido en una crisis cada vez mayor y se desató una verdadera guerra de monedas que viene castigando a los dos principales socios comerciales de la Argentina: Brasil y China, y golpea también a otro de los aliados que el Gobierno supo forjar en estos años: Rusia. Estos países registraron fuertes devaluaciones que, al decir de economistas enrolados en la oposición, ponen en jaque al peso, lo que agrega a la problemática local en medio de la campaña electoral, una alta dosis de incertidumbre. La respuesta que pretenden es una devaluación obligada, insisten, por la inflación local y por el superdólar y las consecuencias del aumento de las tasas de interés en Estados Unidos, una amenaza que al cierre de esta edición no se había verificado.
El caso del gigante sudamericano complica mucho más a nuestro país, ya que no solo acarrea problemas económicos propios de su dinámica de crecimiento, sino que el Gobierno de Dilma Rousseff fue arrinconado hacia una crisis política a raíz de las denuncias de corrupción en Petrobras, que lo debilitó al punto de haber recurrido a un economista neoliberal para elaborar un plan de ajuste que va a contramano de las propuestas de la presidenta cuando se postuló para la reelección, hace apenas un año. De hecho, las exportaciones de automóviles sufrieron una notable baja en lo que va del año porque el vecino primero se estancó y finalmente cayó en recesión. Se supone que a fin de año el PBI brasileño habrá bajado alrededor de un 2%.
Con China la situación tiene otras aristas. La sociedad comercial que la Argentina viene profundizando en la última década es de raíz económica, claro, pero mucho más lo es política, ya que es uno de los motores del grupo BRICS, que además integran Rusia, la India y Sudáfrica.
China participa en varios proyectos industriales y de infraestructura, como las represas Jorge Cepernic y Néstor Kirchner de Santa Cruz, mientras que Rusia se asoció a YPF mediante un convenio con Gazprom para explotar un área de Vaca Muerta. Además, tanto con China como con Rusia se establecieron acuerdos para la construcción de tres nuevas centrales nucleares.
Esta nueva vuelta de tuerca internacional –baja de los precios de la soja, del petróleo y el gas– impacta en todas esas naciones y llega a golpear incluso en el Mercosur, donde Brasil también es un exportador agropecuario y Venezuela sufre además de sus propios problemas de abastecimiento alimentario una notoria baja en sus ingresos en moneda dura.

 

Guerra de monedas
Precisamente el tema de la moneda será clave al menos en los primeros meses del futuro Gobierno. La cuestión del dólar atraviesa la realidad argentina desde hace décadas y particularmente desde que Cristina ganó la reelección, en 2011, cuando el Gobierno intentó frenar una fuga de divisas extremando los controles de cambios. Nació allí esa figura que para la oposición es un «cepo cambiario», un giro semántico refiere a la supuesta falta de libertad para la compraventa de moneda extranjera. Algo parecido sucede con la denominación del dólar ilegal como blue, un eufemismo que pretende disimular que se trata de algo fuera de la ley.
Los candidatos enrolados en la oposición fluctúan entre prometer que al otro día de asumir dejarán que el mercado decida el precio del dólar –como desliza el que aparece como primero en la lista del macrismo para ocupar la cartera respectiva, Carlos Melconian– y los que se presentan como gradualistas. Tal es el caso de Roberto Lavagna, uno de los popes económicos en el Frente Renovador de Sergio Massa. Las declaraciones que trasuntan desde el equipo sciolista, cuyo exponente es Miguel Bein, son bastante menos dramáticas.
El debate que plantean es que un gobierno con determinado perfil aperturista creará «confianza» en los mercados y los dólares fluirán ni bien cambie de manos la banda presidencial. Desde el oficialismo y su continuador electoral, en cambio, aseguran que la historia demuestra la falacia de este argumento y además recalcan que para liberar el tipo de cambio se necesitaría una masa importante de créditos en dólares. O provocar una devaluación fenomenal que repercutiría directamente en los bolsillos de los asalariados.
Más allá de promesas con mayor o menor asidero real, es notoria la baja de ingresos debido a que la economía internacional padece una nueva etapa de la crisis con el ya mencionado impacto en los socios comerciales y políticos del país. Lo que en cierto modo pone en cuestión algunas de las críticas contra la política exterior del kirchnerismo. Precisamente dos de los candidatos con aspiraciones, Mauricio Macri y Sergio Massa, sostienen la necesidad de dar un giro rotundo en la forma de relacionarse con el resto de los países. La cuestión sería, en términos sencillos, «estar en el mundo o estar fuera del mundo», dos frases que tienen distinto sentido según quién las pronuncie. Para los principales candidatos de la oposición, estar en el mundo sería acercarse más a Estados Unidos y la Unión Europea. De hecho, en Brasil son cada vez mayores las presiones para que el Mercosur firme un acuerdo comercial con la UE al que la Argentina le da largas porque pretende una mayor equidad en el trato con los productos agropecuarios locales.
Para el Gobierno, tejer nuevas alianzas estratégicas como lo hizo con China y Rusia es en verdad abrirse a los países llamados a liderar el siglo XXI. Un mundo al que avizora –y pretende– multipolar. Aunque devaluados en estos meses, los países del BRICS son una opción valedera que permitió decir a la presidenta con ironía que «gracias a Dios que no estamos en el mundo para sufrir la misma crisis». Estas últimas semanas de crisis en las bolsas chinas y el crecimiento del dólar –que se expresa en la baja en los precios de los principales productos de exportación argentinos y de gas y petróleo– parecieran desmentir, al menos temporalmente, este argumento. Pero la crisis europea tampoco es un buen espejo donde mirarse.

Alberto López Girondo