Política | Perfil. Karina Milei

Karina, la mesías

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Ricardo Ragendorfer

Misticismo, un vínculo simbiótico con su hermano y una irrefrenable ansia de dinero son algunos ingredientes de la trama que la convirtió en la mujer más poderosa del país. La invención de un líder.

Foto: Getty Images

En uno de sus audios –posiblemente grabados en mayo de 2024– el otrora titular de la Agencia Nacional de Discapacidad (Andis), Diego Spagnuolo, le dedica a Karina Milei las siguientes palabras: «Era una mina que hacía tortas y tiraba las cartas. Pero ahora maneja todo esto». 

Se refería al control absoluto ejercido por ella sobre el Poder Ejecutivo, algo que, por aquellos días, se deslizaba en la opinión pública como una ráfaga apenas disimulada. 

Lo cierto es que su irrupción en el imaginario colectivo traza una historia hecha con fragmentos.

En este punto, bien vale poner el foco en dos escenas cruciales.

La primera nos lleva a la primavera de 2022, cuando Javier Milei, quien aún se acomodaba en el podio de la ultraderecha, asistía a un programa del canal de cable LN+. Allí, el conductor Eduardo Feinmann quiso saber: 

–Si usted fuera presidente en 2023, ¿qué rol tendría su hermana?

Sin titubeos, la respuesta fue:

–Jugaría el rol de primera dama.

Esa frase pasó desapercibida, quizás porque el doctor Sigmund Freud no se encontraba entre los televidentes.

La segunda nos lleva a la primavera del año pasado, cuando esa mujer de cara alargada y ojos hundidos incursionó en el arte de la oratoria, en calidad de telonera del hermano, durante el lanzamiento en Parque Lezama de La Libertad Avanza (LLA) a nivel nacional. Ya todos la apodaban «El Jefe». 

Su aparición en el escenario fue apoteótica; los cuatro mil concurrentes la aplaudían a rabiar. 

Karina lucía una campera de cuero idéntica a la de Javier. Y al aflojar la ovación, gritó: 

–¡Hola a todos! Es una gran emoción estar acá…

Tuvo que leer esas nueve palabras, y las remató con su risita nerviosa. 

Luego, con frases cortas y siempre leídas, abordó algunas generalidades. Su voz, a través de los parlantes, sonaba cascada y aguda.

No en vano, Javier solía referirse a ella en términos bíblicos: «Moisés era un enorme líder, pero no era bueno divulgando. Entonces, Dios le envió a Aarón para que divulgue. Karina es Moisés y yo solo soy el que divulga».

El tipo no pudo explicar mejor el papel de Karina en el destino del país.

Dialéctica de una simbiosis 
Los hermanos Milei tuvieron una infancia tortuosa. 

En aquel entonces, la existencia del varoncito osciló entre el bullying que sufría en manos de sus condiscípulos escolares y las palizas del papá en el hogar, una pedagogía tolerada por la madre. 

La pobre Karina, dos años menor, se descompensaba ante cada trompada, ante cada puntapié que él recibía. 

En esas ocasiones, la mamá lo zamarreaba al advertirle a los gritos:

–Tu hermana se va a morir y va a ser culpa tuya.

Dicho esto, la señora Alicia Luján Lucich de Milei solía encerrarse en la cocina hasta que la tormenta pasara. 

En tanto, don Norberto se enfrascaba en la lectura de algún diario. 

El tipo había sido un colectivero de la línea 111 con pulsiones de ascenso social. Tanto es así que se convertiría en empresario del transporte tras adquirir dos unidades de esa línea, además de incursionar en otros quehaceres lucrativos. 

En medio de esa dinámica crecieron esas dos criaturas. Una dinámica que supo cimentar un extraño vínculo entre ellos, porque daba la impresión de que se trataba de un mismo ser repartido en dos cuerpos de distinto sexo.

Tal –diríase– anomalía se extendería a través del tiempo. 

De hecho, el camino de Javier hacia la adultez no mejoró las cosas. Fue cuando se inscribió en la carrera de Economía. El papá le solventaba los salados aranceles de la Universidad de Belgrano (porque había sido reprobado en el examen de ingreso a la UBA), pero no le pasaba un solo mango para viajar a la facultad. Su deporte favorito era hostigarlo mientras estudiaba. Y Javier rompía en llanto como un niño, mientras se refugiaba en los brazos de Karina.

Ella cursó estudios (incompletos) de Relaciones Públicas, tomaba clases de pintura y solía calmar sus nervios armando muñequitos de lana. Pero lo que realmente agitó su visión del mundo fueron la astrología y el tarot. Ya entonces no daba un solo paso sin un análisis previo sobre la posición de las estrellas ni sin consultar esas barajas del siglo XIV. A eso se le añadían, en el plano teológico, las rarezas de su fe. 

Dicho sea de paso, fue ella quien contagió de mesianismo el cerebro del futuro líder libertario. Y eso lleva a suponer que la identificación analógica entre Moisés y Aarón con ellos fue fruto de su inventiva, como tantas otros conceptos en los que Javier cree a pies juntillas. 

Karina jamás dudó de que sus vidas sean parte de un plan profético trazado por una fuerza superior, algo que él, ahora, ya siendo presidente, acostumbra a relatar con llamativa recurrencia, como si fuera la cosa más normal del mundo.

Pero en su hermana, tal clase de ensoñaciones se mezclan con un reflejo más terrenal, heredado de su padre: la angurria por el dinero.

La pyme libertaria
Durante la segunda mitad de la década pasada, cuando Javier obtenía migajas por sus bolos televisivos –que completaban a duras penas sus magros ingresos como economista no muy destacado en ese rubro–, el apoyo crematístico que le brindaba Karina fue crucial para su supervivencia. 

¿Acaso la repostería le permitía esa generosidad de su parte?

Es que en el mayor de los sigilos –incluso a espaldas del propio hermano– ella fue el timonel de una sociedad anónima también integrada por sus papis en Miami –la Alkary Investments–, que adquirió allí cuatro departamentos por tres millones de dólares, según papeles recientemente revelados por el consorcio periodístico Organized Crime and Corruption Reporting Project (OCCRP), es español, el proyecto de información del crimen organizado y la corrupción. 

Por otra parte, la construcción de Javier como figura política fue concebida por Karina como un gran negocio, al punto de arancelar todos sus movimientos. El tipo se había convertido para ella en un filón de oro. 

En definitiva, esa mujer sigilosa y monosilábica resultó ser nada menos que una emprendedora salvaje: ella vendía candidaturas en los listados de LLA; ella vendía cenas de su hermano con empresarios; ella vendía la presencia de él en actos partidarios y por giras al interior del país. De tal afán recaudatorio hubo profusos testimonios, desde la dirigente juvenil Mila Zurbriggen, hasta el falso ingeniero Juan Carlos Blumberg, pasando por el orfebre Juan Carlos Pallarols, cuyas denuncias, por cierto, no habían sido tomadas muy en serio.

La llegada de Javier al sillón de Rivadavia y la de Karina a la Secretaría General de la Presidencia diluyeron aquellas circunstancias. 

No obstante, emergerían del olvido en febrero del año en curso, a raíz del affaire de la criptomoneda $Libra, al trascender las dádivas que ella obtuvo del hacedor de la maniobra, Hayden Mark Davis.

Ya se sabe que los audios de Spagnuolo sobre los «curros» en la Andis fueron, al respecto, la frutilla del postre.

El asunto causó más indignación que todas sus trapisondas anteriores.

Para colmo, ya cuando en el país no se hablaba de otra cosa, a Karina se le ocurrió abrir un acto proselitista, en un teatro de la ciudad de Junín, con una frase proclive al malentendido:

–Gracias por poner todo lo que hay que poner.

En el auditorio, entonces, hubo un espantoso silencio. 

Pero las jornadas siguientes se tornaron más dramáticas, tanto en Lomas de Zamora (durante una caravana con su hermano y José Luis Espert), como en la capital correntina (durante una caravana con Martín Menem). Es que en esos dos sitios tuvo que ser evacuada con premura debido a la indignación popular. 

¿Qué será de ella de ahora en más?

Esa es la pregunta del millón (o de los 800 millones de dólares mensuales que conseguía con malas artes desde la Andis).

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