Política

La aliada incómoda

Descartada su mudanza política hacia la provincia de Buenos Aires, y en medio de una fuerte disputa con el presidente de la Corte Suprema, la diputada chaqueña aparece como la carta electoral más fuerte del oficialismo para los comicios porteños.

Vehemente. La legisladora defiende el rumbo del gobierno e influye en el presidente. (Télam)
 

Sin perder el toque personal, Elisa Carrió despejó la incógnita rumbo a las legislativas: «Decidimos que yo juegue en la Capital. María Eugenia (Vidal) no desea que yo sea senadora y resolvió que la provincia de Buenos Aires es solo de ella». Con esas palabras, la diputada chaqueña oficializó que competirá por el macrismo en la Ciudad Autónoma, luego de que su nombre sonara para presentarse en suelo bonaerense.
En los últimos meses, Lilita viene cosechando los frutos del proceso que la llevó de ser un inestable socio minoritario de Cambiemos, a vestir las ropas de la mejor candidata en la alianza gubernamental. Carrió tiene una fama bien ganada: a lo largo del tiempo, demostró tanta habilidad para armar espacios como para hacerlos entrar en eclosión. Así construyó su imagen de «indomable» y ahí reside gran parte de su predicamento en la opinión pública. Por eso, cuando la Coalición Cívica (CC) se integró a Cambiemos, en las sobremesas de la política todos apostaron a que la diputada no tardaría en  pegar el portazo. Contra esos pronósticos, hoy a parece enfocada en sostener la gestión que encabeza Mauricio Macri, no solo ante los micrófonos sino también en una lista.
¿Qué ocurrió para que la mujer que aparecía como una amenaza interna pase a ser una carta ganadora del oficialismo? Primero, el PRO debió hacer concesiones y otorgarle el rol de «voz de la conciencia» del presidente, que no solo tolera los cuestionamientos de Lilita, sino que los toma como «termómetro». Si ella se queja, el Ejecutivo rectifica. En paralelo, así como la legisladora es crítica en lo puntual, es también una de las principales espadas del gobierno en la defensa de su rumbo general.
Y aunque este papel de «Pepe Grillo» de Macri le granjeó rivales de peso –como el gurú Jaime Durán Barba y los socios radicales–, se trata de una situación de mutua necesidad. El macrismo preferiría no tener que soportar la auditoría de una aliada, pero no está dispuesto a pagar el costo de una ruptura. «La gente la votó como contrapeso. Ella no se siente una subordinada de Macri, sino conducción junto con él. Y también cree que su alianza es parlamentaria y no de gobierno», explicaron en el entorno de Carrió. De todos modos, una dirigente de su extrema confianza advirtió que «en el PRO no se la bancan y, si pudieran, no sería candidata».
Uno de los puntos más ríspidos en esta relación tiene que ver con la avanzada que la diputada viene desplegando contra el titular de la Corte Suprema, Ricardo Lorenzetti, a quien pidió llevar a juicio político por «mal desempeño y eventuales delitos en el ejercicio de sus funciones».
 

Dos tableros
La chaqueña no va a pelear en la provincia de Buenos Aires, pero antes ganó una pulseada en ese distrito: su queja pública y la amenaza de ruptura hicieron descartar una eventual candidatura de Jorge Macri. El intendente de Vicente López y primo presidencial era un límite en su acuerdo con el partido amarillo. Por otra parte, la caracterización que hizo de Vidal también marcó la cancha. «Ella y Durán Barba prefieren un candidato desconocido; están seguros de que con ella (Vidal) ganan. La mayoría de la gente me pide que sea candidata y yo no puedo decir “no quiero ir a la provincia”. Fue decisión de la gobernadora», repite Lilita. También hay otro aspecto que complicó su desembarco: su salud, que no está a la altura de las exigencias de la campaña bonaerense. «Sigo ultramedicada», admitió días atrás.
La Ciudad será, sin dudas, un terreno mucho más cómodo para Carrió. Las encuestas le dan una clara ventaja sobre sus potenciales adversarios. Además, su postulación despejó muchos de los temores que atribulaban al alcalde Horacio Rodríguez Larreta, luego de la declaración de guerra lanzada por el exembajador Martín Lousteau, que presiona por ir a una interna con el PRO. «Yo estoy en Cambiemos y Lousteau no», retrucó Lilita, que –al menos por ahora– dejó la demolición de lado.