Política | PERFILES. POR RICARDO RAGENDORFER

La trastienda del odio

Tras los rostros más visibles de los líderes de Revolución Federal se esconde la compleja trama de los nuevos grupos de ultraderecha. El magnicidio fallido y sus cómplices.

Guillotina. Jonathan Morel (izq), uno de los referentes de Revolución Federal procesados por impulsar acciones violentas, en un acto en Plaza de Mayo.

Foto: Télam

Afable y relajado. Así se exhibió ante la prensa Jonathan Morel, el caudillejo de la organización neonazi Revolución Federal. Entonces dijo: «Siempre fui un pibe muy tranquilo, muy sereno».
Ocurrió durante la tarde del 1° de noviembre, luego de que la Sala I de la Cámara Federal porteña –integrada por Leopoldo Bruglia, Pablo Bertuzzi y Mariano Llorenz– ordenara excarcelarlo. La decisión también supo beneficiar a sus tres compañeros de ruta, Leonardo Sosa, Gastón Guerra y Sabina Basile (hija del ex DT de la selección, Alfio Basile). Una medida poco feliz. Pero no la única, con el fallido magnicidio de Cristina Fernández de Kirchner como telón de fondo.
De hecho, el antojadizo empeño de mantener dicha investigación en dos juzgados diferentes (la del atentado propiamente dicho en manos de la jueza federal María Eugenia Capuchetti y la de sus ramificaciones bajo la órbita del magistrado Marcelo Martínez De Giorgi) apunta a reducir la complejidad de tamaña conspiración al accionar solitario de tres alocados lúmpenes (Fernando Sabag Montiel, Brenda Uliarte y Gabriel Carrizo) para de ese modo cerrar el asunto como si fuera un intento de homicidio común y corriente.
Aun así, en esta trama se filtra un hecho insoslayable: el surgimiento de células fascistas en el país. Bien vale entonces poner bajo la lupa los perfiles de quienes animan la breve pero ruidosa existencia de Revolución Federal.

¿Sabes quién viene a merendar?
Los dos muchachos, con sendas tazas de té entre sus manos, departían no sin cierta timidez con la anfitriona. Ella, una señora «bien», les sonreía y, de tanto en tanto, soltaba alguna frase. También había otra mujer, la abogada Gladys Egui, quien le alquilaba a esta, Ximena de Tezanos Pinto, una habitación de su departamento. Y en su rostro se deslizaba un dejo de orgullo. Al fin y al cabo la presencia de tan insignes invitados había sido una iniciativa suya. Se trataba de Sosa y Guerra.
La escena transcurría en el sexto piso del edificio situado en la esquina de Juncal y Uruguay. En el quinto vivía CFK.
Aquella vez ambos se tomaron selfies junto al ventanal del living, desde donde era visible una concentración en apoyo a la vicepresidenta.
Tales imágenes fueron subidas a sus redes sociales. A modo de epígrafe, Guerra escribió: «Pensar que debajo de mis pies está la mafiosa más grande de la nación argentina».
Corría la tarde del 28 de agosto. O sea, 24 horas después de que Sabag Montiel suspendiera su primer intento de matar a CFK, porque –según le dijo a Uliarte por WhatsApp– había «una cámara de C5N y demasiada gente».
Sosa y Guerra seguían posando junto al ventanal de doña Ximena.
¿Acaso entonces alguien sabía que entre esa multitud también estaba la belicosa señora Basile?
En cambio, Morel observaba la cobertura televisiva del asunto desde su carpintería de Boulogne. Un gesto de prudencia. No en vano había dicho poco antes a través de un Space de Twitter: «Si a mí no me conocieran los nenes de la Cámpora, yo voy y te canto la Marcha Peronista. Y en cuento pueda paso a la historia. Después me linchan, pero paso a la historia».
¿Acaso habría visto por la pantalla el puesto de copos azucarados desde el cual Sabag Montiel y Uliarte hacían inteligencia sobre esa esquina?
Dicho sea de paso, ese domingo ellos ya habían programado acribillar a la líder del Frente de Todos (FdT) en la tarde del miércoles siguiente.
Una embarazosa constelación de coincidencias.
Pero volvamos a Morel y su patota.

Las flores del mal
Se podría decir que el bueno de Jonathan, nacido en 1999, es un remador de la precarización laboral. Porque desde el final de su adolescencia transitó por una variada gama de trabajos: desde florista callejero hasta limpiador de vehículos y casas, pasando por organizador de eventos, mozo, canillita, vendedor en una tienda de artículos ortopédicos, empleado en una funeraria y en un call center.
Según él, con el dinero de una indemnización instaló su carpintería tras haberse formado en ese rubro con un tutorial de Youtube.
Tal vez esa manera accidentada de ganarse la vida lo haya situado, en el plano ideológico, a la derecha de Atila.
Pero la suya fue una trayectoria «gradualista».
Primero lo deslumbró el carisma de Mauricio Macri, y hasta fue fiscal de mesa del PRO en algún comicio de medio término. Sin embargo, la política económica de su Gobierno lo desilusionó
Entonces lo deslumbró el carisma de Javier Milei. Pero no demasiado.
A decir verdad, lo único que le dio su coqueteo con La Libertad Avanza fue un amigo de su misma edad, Leonardo Sosa, quien hacía más de tres años que buscaba trabajo.
Ellos se habían cruzado a fines de 2021 durante un acto de ese espacio en la localidad de San Martín. Cerveza de por medio, coincidieron en que todo allí era «muy tibio»; que la «batalla cultural» excedía los debates en las redes, y que era necesario «conquistar la calle».
De modo que en abril de este año nació Revolución Federal.
Así, del Instagram y los grupos de WhatsApp pasaron a módicas formas de presencialidad, proceso que también incluyó fusiones con otras falanges, como –por caso– «Nación de Despojados».
En realidad este grupo contaba con un solo integrante: Gastón Guerra.
El tipo adquirió una explosiva fama el 3 de agosto, al prodigar patadas y puñetazos a la camioneta de Sergio Massa cuando ingresaba a la Casa Rosada, además de agredir al periodista de C5N Lautaro Maislin.
Luego, simulando un llanto contenido, ensayó ante un micrófono de TN un conmovedor alegato en vivo: «Cuando vivís con la soga al cuello de lunes a lunes ya no sabés qué hacer».
Ximena de Tezanos Pinto estaba entre los televidentes.
Lo cierto es que la virulencia callejera es para Revolución Federal una cuestión de marketing. Así fue como ese puñado de energúmenos adquirió una dimensión nacional.
Entre sus recursos humanos resalta su rama femenina, denominada «Las Mabeles». Una jauría de jubiladas furibundas que, en medio de insultos y amenazas, suele arrojar huevos, harina e incluso piedras sobre funcionarios y dirigentes del FdT. Entre ellas sobresalía la inefable Sabina Basile.
Lo cierto es que Revolución Federal se instaló en el mundo mediático como un fantasma apenas disimulado.
Ya corrieron río de tinta sobre sus acciones. Su célebre guillotina está en boca de todos, al igual que sus teas ardientes arrojadas contra el playón de la Casa Rosada y sus bolsas mortuorias con nombres de personas vivas. Ni son una novedad sus alusiones al deseo de ejecutar a CFK, a su hijo Máximo y al presidente Alberto Fernández. Y menos aún los 13 millones de pesos recibidos de una empresa vinculada a un exministro macrista.
Todo resultaba muy auspicioso.
Pero el hilo se está cortando por lo más delgado. Ahora, ya procesados por el juez Martínez de Giorgi, los líderes de Revolución Federal se hundieron en una sorda interna, acusándose entre sí –en sus indagatorias– por sus actos más violentos. ¿Qué diría Mussolini al respecto?


Ricardo Ragendorfer