Política | MALVINAS EN LA MEMORIA COLECTIVA

Recuerdos de «El madrynazo»

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Pablo Tassart

En 1984, la ciudad patagónica repudió con una gran movilización la presencia en el puerto local de buques estadounidenses, país aliado de Gran Bretaña en la guerra de 1982.

Malvenido. Los manifestantes se acercaron a uno de los barcos y dejaron su testimonio en pintadas y canticos.

Foto: Daniel Feldman/ Gentileza Mónica Durán

Si la guerra de las Malvinas fue un parteaguas para la historia de nuestro país, mucho más lo fue para los pueblos patagónicos. La prueba quedó plasmada cuando, dos años después del conflicto, la población de Puerto Madryn expulsó a cinco buques de la armada estadounidense que intentaban atracar en esa ciudad, en medio de una pueblada que todavía recordaba la colaboración de Estados Unidos con Gran Bretaña en 1982.

El « Madrynazo», nombre con el que se recuerda aquella manifestación del 10 de septiembre de 1984, significó no solo la confirmación del compromiso de los habitantes del sur argentino con la gesta de Malvinas, sino también una marca identitaria.
Mónica Durán, investigadora y autora del libro El Madrynazo, desmalvinización y memoria colectiva, reeditado en 2024 con apoyo de la CTA y del Centro de Veteranos de Guerra de esa ciudad, explica en comunicación con Acción que con aquel hecho de resistencia de los pobladores «nace un compromiso con su propia historia» y agrega que como prueba de lo que significa para su identidad, en la ordenanza municipal ese día se intitula como «Día de la identidad y la memoria colectiva».

Juan Retamal, veterano de guerra oriundo del lugar, se expresó orgulloso: «Madryn se plantó. La gente no olvida, tiene memoria. Cuando al pueblo argentino le sacan algo, explota y sale a la calle».

Una gesta popular
Todo comenzó días antes, cuando los trabajadores portuarios supieron que cuatro buques de superficie y un submarino nuclear norteamericanos atracarían en el puerto Almirante Storni para reaprovisionarse. Los mismos provenían desde Chile luego de haber participado del XXV Operativo Unitas, un ejercicio militar que reunía a la mayoría de las armadas de los países de la región y era utilizado como instrumento de alineamiento político desde que se produjo de la revolución cubana. 

Debido su delicada situación política, el Gobierno de Raúl Alfonsín decidió privilegiar los acuerdos preexistentes y permitir la llegada de los barcos. Una frase de Dante Caputo, canciller por ese entonces, resume esta posición: «A mayor confrontación con los Estados Unidos, menor solidez institucional». 

«Los portuarios estaban indignados porque tenían que hacer toda una operatoria especial para recibir a la flota como unos grandes señores donde, además, hacía solo dos años habían desembarcado nuestros soldados y nuestros muertos luego de la guerra. Ahí emerge la memoria muy rápidamente», analiza Durán.

Así se conformó una multipartidaria para repudiar la presencia de las tropas: los pequeños comerciantes aseguraron un boicot para no venderles a los más de 800 marines que desembarcarían y comenzó una campaña de cartas al Congreso Nacional, Concejo Deliberante y gobernación del Chubut, entre otros, para evitar la llegada de los buques. Sin embargo, solo se pudo obtener una tímida declaración por parte de los concejales locales que «repudiaban la presencia militar extranjera», pero que en los hechos no cambiaba nada ya que el puerto dependía de Nación.

Según los testimonios recogidos, la «miopía política» al destinar al puerto de Madryn para recibir a la flota, no revertir esa decisión y nunca registrar cómo se había vivido la guerra en el sur, no hizo más que enervar a la población».

Así, el tema tomó verdadera repercusión cuando, durante el clásico de básquet Madryn-Brown, jugado por esos días, un grupo de vecinos convocó con un megáfono a marchar en los próximos días. El relator radial Jorge Arias recuerda el momento en el libro El Madrynazo: «En el entretiempo hicieron una proclama pública. El gimnasio estaba abarrotado», y agrega que además lo trasmitieron al aire, «con lo cual lo escuchó muchísima más gente».

1984. A un año y medio de la guerra, los madrynenses rechazaron alojar a militares estadounidenses.

Foto: Daniel Feldman/ Gentileza Mónica Durán

Piedrazos contra la flota
La jornada final comenzó en horas de la tarde con una marcha desde la plaza central de la ciudad hacia el puerto, situado a unos seis kilómetros. A los obreros textiles, viajantes, empleados de comercio y veteranos de guerra se sumó gente suelta y vecinos de las localidades vecinas de Trelew y Rawson. Así, casi 4.000 personas se enfrentaron en la entrada del puerto a un vallado de prefectura, el cual fue superado en medio de empujones y forcejeos.
Ya con el destructor Thorn apostado, los manifestantes se unieron a los portuarios en la protesta. En un principio solo fueron cantos y pintadas con aerosol en el casco de la embarcación. Sin embargo, todo escaló cuando algunos manifestantes lograron bajar una bandera norteamericana de un lateral del barco. Allí los marines arrojaron agua a presión para dispersarlos. Esto indignó aún más a la gente que comenzó a arrojar toda clase de objetos, por lo que finalmente el buque tuvo que alejarse del puerto y reaprovisionarse en altamar.

«No sabía qué hacer de la bronca que me daba. Les largué con mi vianda vacía, el vaso, y finalmente con el bolso», relata Sixto Garay, excombatiente y por ese entonces obrero de la construcción, quien como muchos ese día se movilizó desde el trabajo. Si bien hubo presencia del justicialismo y el socialismo, entre otros partidos, al no llevar banderas identificatorias, sino solo consignas como «Fuera Yankis» o «No al imperialismo», la gente se autoconvocó con mayor intensidad.

«Aquí se oyó la voz patagónica que se posicionó ante la nueva coyuntura política, pero también en contra de la intención de invisibilizar todo lo que había sido la guerra y las secuelas», concluye Durán, y recuerda cómo tambien el 19 de junio se conmemora en la zona «El día que Madryn se quedó sin pan», por el día en el que la ciudad recibió con emoción a los soldados luego de la guerra.

Como conclusión, el secretario general de la CTA, Hugo «Cachorro» Godoy, en el prólogo de la nueva edición del libro, vinculó este recordado hecho con la actualidad: «Fomentar la memoria colectiva es un ejercicio esencial en estos tiempos donde tenemos un presidente que admira a Margaret Thatcher y vuelve a realizar ejercicios militares con quienes fueron aliados de nuestros enemigos».

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