Política

Ruidos en la alianza

En el interior del oficialismo, mientras aún son tibias las quejas de radicales por su escaso espacio en áreas de gobierno, los mayores desafíos los plantea la diputada Carrió, quien se cuida de cometer excesos en la relación política y juega más fuerte en la Justicia.


Entre amigos. La líder de la Coalición Cívica recorre una muestra agropecuaria. (Télam)

Uno de los méritos políticos del macrismo es haber logrado contener y aprovechar al «huracán» Elisa Carrió, que a pesar de las peleas mediáticas continúa siendo una pieza importante en la relación de equilibrios dentro de Cambiemos. Mientras el radicalismo busca sin éxito su lugar en la alianza oficialista –cada vez se escuchan más voces de queja por el desdibujado papel que juega en Cambiemos– el Pro gestiona su relación con Carrió midiendo su capacidad de daño y el eventual costo de una ruptura que, por ahora, a ninguno le interesa pagar.
«El presidente viaja en helicóptero desde chiquito, no tiene problemas», respondió Lilita cuando le preguntaron por las críticas de Mauricio Macri al canje por efectivo de pasajes aéreos, una práctica muy difundida entre los legisladores y que tiene a la chaqueña encabezando el ranking de la Cámara de Diputados. «A Carrió la queremos mucho y la valoramos enormemente, y entendemos sus opiniones», contestó, diplomático y componedor, el jefe de Gabinete de la Nación, Marcos Peña. «Ella tiene sus puntos, dentro de la absoluta libertad que tienen los miembros de Cambiemos para expresar sus posiciones, pero con la convicción que nos une», completó Peña.
Superada esta nueva escaramuza, los bandos se retiraron fortalecidos. Lilita revalidó su chapa de «indomable» –su principal atributo electoral, puesto al servicio de la fuerza de gobierno– y el PRO dio pruebas de supuesta democracia interna.
El episodio sirve para graficar las reglas del juego que unos y otros vienen manteniendo desde que decidieron confluir en un mismo proyecto. Tanto a la Coalición Cívica (CC) como al PRO les sirve que Lilita continúe siendo Lilita. Para un gran sector de la opinión pública –y el macrismo lo sabe bien porque no deja aspecto sin medir del electorado– ella es sinónimo de lucha contra la corrupción. De hecho, cada vez que un funcionario de Cambiemos es objeto de una denuncia por manejo opaco de fondos o negocios incompatibles, todos miran al rincón de la chaqueña para conocer su veredicto. De esa manera, por ejemplo, hizo las valijas el hoy exsubsecretario general de la Presidencia, Valentín Díaz Gilligan, quien no había declarado una cuenta en un banco de Andorra por 1,2 millones de dólares. Pero si se sortea la «prueba de ácido» de Carrió, el oficialismo sale fortalecido.

Denuncias
Hacia el interior de la CC –donde muchos se sienten cómodos al calor de la Casa Rosada y otros, los menos, acumulan quejas– coinciden en que el PRO ejerce el poder real sin contemplaciones, más allá de los chisporroteos en la arena mediática.
Por lo demás, y este es un punto tácito del entendimiento entre los lilitos y el macrismo, la Coalición se mantiene en su agenda clásica –denuncias, en especial contra referentes de la administración anterior–, sin sentar mayor posición en cuanto a temas económicos y al rumbo general de la gestión. Cuando se los consulta, responden que ellos no son parte del Poder Ejecutivo, sino de un acuerdo de tipo parlamentario.
Donde Carrió sí juega fuerte es en la arena de los tribunales, y ese es el escenario más conflictivo en su trato con la Rosada. La diputada mantiene peleas abiertas y de larga data con personajes encumbrados del Poder Judicial, funcionarios del área y operadores de confianza del presidente. Sigue firme en su pedido para llevar a juicio político al titular de la Corte Suprema de Justicia, Ricardo Lorenzetti; nunca retiró sus denuncias respecto de Daniel Angelici, presidente de Boca, amigo de Macri y lobista en Comodoro Py y la Justicia porteña; y se viene trenzando duro con el ministro de Justicia, Germán Garavano, por la causa AMIA. «Le perdí todo tipo de respeto», aseguró Carrió.