Política

Tropiezos de fin de año

El cierre de 2016 para la gestión de Cambiemos muestra que, si bien impuso agenda al inicio del mandato, el panorama varió con los efectos del ajuste económico, fuertes protestas sociales y un frente político que se complica de cara a las legislativas.


Diputados. El massismo y el kirchnerismo se unieron para impulsar una reforma al Impuesto a las Ganancias que irritó al presidente. (DYN)
 

El primer año de Mauricio Macri en la Casa Rosada podría dividirse casi exactamente en dos mitades, que se podrían asimilar a la promesa de que en el segundo semestre la economía habría de despuntar nuevos horizontes más benévolos para los ciudadanos. En el inicio, Macri logró sorprender por un empuje que dejó a propios y ajenos masticando recelos. Los unos, ligados al kirchnerismo, porque arrasó mediante un decreto con uno de los emblemas del gobierno de Cristina Fernández de Kirchner, la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual. Pero también irritó a los propios cuando quiso imponer jueces, también por decreto. A las críticas opositoras se sumaron entonces, desde el propio riñón de la alianza Cambiemos, las de la diputada Elisa Carrió, quien cuestionó que en una coalición que se pretende republicana se intentara sumar a dos miembros a la Corte Suprema, obviando lo que marca la Constitución.
Es difícil conocer el trasfondo de un gobierno como el macrista, de raigambre empresaria y con CEO de grandes compañías en puestos clave de la gestión pública. Pudo pensarse entonces que el mandatario estaba probando los límites de su poder, hasta dónde la sociedad y los dirigentes políticos le iban a permitir este giro de 180 grados en el manejo del país tras 12 años de kirchnerismo. Al haber llegado a la presidencia con bancadas minoritarias en ambas cámaras, podía ser un intento también de «marcar la cancha» y demostrar que el suyo no iba a ser un gobierno débil. Esta hipótesis quedó en cierto modo corroborada cuando los legisladores le aprobaron el decreto con el que barrió con la Ley de Medios y luego también avalaron la designación de los jueces propuestos por el Ejecutivo, esta vez siguiendo el trámite que establecen las normas.
Durante el verano pasado quedó en claro que todo sería diferente en el país y, en ese contexto, el líder del Frente Renovador, Sergio Massa, aparecía como el interlocutor adecuado para aceitar las medidas que necesitaba el oficialismo. Así fue que el exintendente de Tigre acompañó a Macri al Foro de Davos, lo que en el mundo del más alto capitalismo internacional era la prueba de que Argentina sería, con esa oposición, un destino apto para invertir.
La devaluación, el fin del denominado «cepo cambiario», la reducción en algunos casos y la eliminación en otros de las retenciones eran la otra señal que, de acuerdo con los libros del neoliberalismo, habría de garantizar ese segundo semestre de despegue.

 

Tarifas y despidos
Otra pata importante en este esquema de «seducción» económica sería el aumento en las tarifas de los servicios públicos y la baja de beneficios para sectores de menores recursos. A eso se sumó la ola de despidos en la administración pública, que alentó una corriente similar entre los privados al punto de sumar más de 200.000 desempleados en pocos meses.
El Frente para la Victoria (FpV), que en el Congreso es la fuerza con mayor presencia, sufrió –un poco por la propia dinámica política y otro por la «muñeca» de algunos dirigentes del oficialismo, como el ministro del Interior, Rogelio Frigerio, y el titular de la Cámara Baja, Emilio Monzó– perceptibles desgajamientos, algunos muy marcados como el del grupo liderado por el extitular de la Anses, Diego Bossio. Este bloque, junto con el massismo, permitió la aprobación de leyes clave, como la del pago a los fondos buitre, que abrió las puertas a una nueva ronda de endeudamiento.  
Otra figura protagónica fue el jefe de la bancada del FPV en el Senado, Miguel Ángel Pichetto, quien maniobró para juntar las cabezas de sus pares en un diálogo permanente con el oficialismo y los gobernadores. Los mandatarios provinciales, en tanto, como ya es histórico desde el retorno a la democracia, trocaron apoyos por beneficios para cada distrito en acuerdos con el muy activo Frigerio.
Pero a medida que la economía siguió en picada y las protestas crecieron por el incremento de la luz y el gas –medida que terminó enfrentando al oficialismo con los otros poderes–, también fueron corriéndose los apoyos decisivos. Cada vez menos dirigentes querían quedar pegados al gobierno. Para colmo, con el fin de año se empezaban a «contar los porotos» para la próxima campaña electoral. Es que 2017 será fundamental para el gobierno de Macri. Un traspié electoral lo dejaría en la segunda parte de su gestión con una debilidad que puede determinar su futuro.

 

Camino empinado
Un primer resbalón oficial fue el fracaso del proyecto para limitar el poder de Alejandra Gils Carbó. Otra vez apareció en las filas propias la impugnación de Carrió, que no quiere nada a la procuradora pero tampoco, dijo, una ley «con nombre y apellido».
El segundo gran golpe fue la reforma electoral que implementaba el voto electrónico. Allí de nada sirvió la muñeca política: no hubo canje posible para una ley que amenazaba la forma en que los mandatarios provinciales habían sido electos y que les permitiría, llegado el caso, volver a intentarlo.
Pero el revés más duro fue, sin dudas, la media sanción en Diputados del proyecto que modifica el Impuesto a las Ganancias. Fue contundente porque golpeó en un lugar doloroso como es una de las promesas de campaña incumplidas, la que convenció a muchos trabajadores de que les iría mejor votando a Cambiemos. Pero además porque unió, al menos temporalmente, a Massa, Bossio, los denominados bloques progresistas y las principales espadas legislativas del kirchnerismo.
Así, de socio privilegiado para la gobernabilidad, Massa se convirtió en el personaje menos confiable de la política argentina para Macri. La gran incógnita es si el macrismo tiene tal capacidad política como para haber puesto a Massa en el lugar del líder de la oposición, de modo de dibujar a su enemigo más beneficioso. O si la pelea responde a que el peronismo ya afila los dientes para la batalla electoral con renovada fuerza rodeando al exjefe de Gabinete de Cristina Fernández.
Esta situación reveló nerviosismo en el presidente y sus ministros pero también en los analistas más cercanos al gobierno, que alertan sobre el riesgo de dejar en manos de los CEO negociaciones que necesitan de la experiencia de avezados políticos. También deja en evidencia que más allá de cómo termine la relación del oficialismo con el massismo, el enemigo a destruir para ellos sigue siendo el kirchnerismo, al que perciben como el gran antagonista y al mismo tiempo saben que cuenta con un apoyo considerable en la sociedad, directamente proporcional al malestar por la crisis económica.