Política

Viento del este

Los recientes acuerdos apuntan a consolidar los vínculos con Rusia y China, polos de creciente relevancia en el tablero internacional. Riesgos y oportunidades de los nuevos alineamientos.

 

Cristina en Moscú. Cooperación energética, construcción de instalaciones de infraestructura y exploración espacial son algunas de las áreas comprendidas en los convenios. (Télam)

Una de las principales objeciones que esgrime el conjunto de las fuerzas opositoras contra la política exterior del Gobierno se centra en el supuesto aislamiento respecto de Estados Unidos y las mayores potencias europeas, que desalentaría las inversiones e impediría la concesión de créditos al país por parte de los entes financieros. La propuesta, con leves variantes, consiste en volver a subordinarse a las directivas del Fondo Monetario Internacional, acatar la hegemonía estadounidense, a partir de lo cual –para este análisis– los dólares fluirían generosamente.
Según sus críticos, esta mirada no solo dista de ser pragmática desde el punto de vista económico sino que, además, desestima los elementos políticos que requiere cualquier visión estratégica. En efecto, los conflictos que se desarrollan actualmente a escala mundial demuestran la crisis de la unipolaridad que parecía haberse implantado definitivamente con la caída del Muro de Berlín y el papel relevante que están adquiriendo países como China y Rusia, enormes mercados que generan grandes oportunidades comerciales. De allí que los acuerdos con China y los que acaba de firmar la presidenta Cristina Fernández de Kirchner en su reciente viaje a Rusia constituyan el reconocimiento explícito de la multipolaridad imperante y apunten a reforzar el rol que juega la Argentina en los países emergentes y en especial en Latinoamérica, como integrante –desde 2008– del Grupo de los 20, el ámbito más trascendente de cooperación internacional en materia económica y financiera, cuyos integrantes representan en conjunto el 90% del PBI mundial, el 80% del comercio y las dos terceras partes de la población del orbe.
Esta postura impulsó a la presidenta –durante su alocución en la VII Cumbre de las Américas realizada en Panamá– a desestimar que Venezuela pueda representar peligro alguno para los Estados Unidos, como sostiene el gobierno de Barack Obama. «Cuando me enteré, lo primero que hice fue reírme. Resulta inverosímil, casi ridículo que cualquier país de nuestro continente pueda resultar una amenaza para la mayor potencia del mundo», enfatizó. Con igual firmeza se refirió a la presencia de Cuba en la Cumbre: «Cuba está aquí porque luchó por más de 60 años con una dignidad sin precedentes con un pueblo que en un 77% nació bajo el bloqueo y que sufrió y sufre muchísimas penurias. Este es el verdadero triunfo de la Revolución Cubana», ponderó.
El No al ALCA, el impulso al Mercosur y a Unasur y la presencia de Néstor Kirchner en Colombia para garantizar que la entrega de los rehenes de las FARC se realizara en paz son datos que hablan de la voluntad política de consolidar la unidad continental para resistir las presiones de los poderes hegemónicos y encarar un desarrollo autónomo.
En lo que concierne a los vínculos con China, existe una compleja situación que no admite análisis superficiales, tal como lo explica Martín Burgos, coordinador del departamento de Economía del Centro Cultural de la Cooperación, en una nota publicada en el matutino Página/12: «Su posición de debilidad frente a Estados Unidos es la que lleva a China a buscar reducir sus precios de importaciones de soja y derivados, invirtiendo en infraestructura portuaria y ferroviaria en los países exportadores para aumentar la oferta, comprando empresas intermediarias (como lo hizo con Nidera) o directamente presionando con un freno a la importación de aceite de soja como lo hizo con la Argentina en 2010. Por lo tanto, y sin descuidar la posibilidad de que se genere un “imperialismo chino” en el futuro, es importante no confundirse de enemigo en el presente».
Rusia, por su parte, ha recuperado en gran medida su importancia en el tablero mundial, tras la debacle que sufrió debido a la disolución de la Unión Soviética hace ya un cuarto de siglo, pero la guerra que se desarrolla en el este de Ucrania le ha creado una difícil situación que la obliga a replantear sus alianzas. Las sanciones económicas que sufrió a raíz de ese conflicto –que en verdad fue iniciado por los aliados ucranianos de las potencias occidentales– le imponen la búsqueda de nuevos socios con el fin de forzar un nuevo escenario geopolítico. Durante un tiempo prolongado la Argentina fue su principal proveedor de granos y carne, pero en los últimos años comenzó a forjarse una asociación de carácter estratégico que permitió no solamente mejorar el intercambio comercial que creció 3,5 veces en los últimos 10 años, sino también forjar acuerdos sobre el rol de las Naciones Unidas, la no injerencia en los asuntos internos de otros países, la soberanía argentina sobre las Islas Malvinas y el cuestionamiento a la operatoria de los llamados «fondos buitre». Cabe señalar que el gobierno de Cristina Fernández apoyó activamente la resolución 2.202 referente a los acuerdos de Minsk para resolver la crisis humanitaria en Ucrania, en pleno revival de la Guerra Fría.
Los 20 convenios que suscribieron la Argentina y Rusia hace pocas semanas están referidos a la cooperación energética y nuclear, la construcción de instalaciones de infraestructura y la exploración del espacio, pero también se contempla la creación de emprendimientos conjuntos y una más estrecha vinculación en los campos educativo, científico y cultural. Este refuerzo en las relaciones con la Argentina se extenderá seguramente a los países latinoamericanos que han tomado distancia de los Estados Unidos, lo que podría redundar en la consolidación del bloque progresista.
A pesar de que este acercamiento ha generado, en el lenguaje de la tecnocracia, «inquietud en los mercados»”, los funcionarios del equipo económico del kirchnerismo destacan como logros de su gestión la concesión por parte del Banco Mundial de un crédito por más de 600 millones de dólares, el éxito de la emisión de deuda destinada a planes de vivienda que se estimaba en 500 millones de la misma moneda y, dado el interés de los inversores, absorbió prácticamente el triple, y la de obligaciones negociables de YPF, que superó todas las previsiones y alcanzó a los 1.500 millones de dólares. «Una cosecha interesante para un país aislado en el mundo y con una economía a punto de derrumbarse», ironizaba un asesor del Gabinete.
Es cierto, sin embargo, que no se han disipado todos los nubarrones. Brasil asiste a una persistente campaña desestabilizadora encabezada por los grandes grupos económicos y el oligopolio mediático O Globo, que golpeó duramente a la presidenta Dilma Rousseff y al Partido de los Trabajadores, obligando al Gobierno a ceder ante las presiones y poner en marcha un ajuste que, como es de rigor, afectará a los sectores sociales más vulnerables. El cuadro se agrava por la corrupción de los aliados del PT –partidos clientelares que subsisten mediante el chantaje permanente– de algunos cuadros del propio oficialismo, y por la confusión en la que se encuentran inmersos muchos segmentos de la población.
La importancia que adquiere la crisis brasileña para la Argentina excede lo económico –es inevitable que la desaceleración del crecimiento repercuta en la industria, sobre todo la metalúrgica y la automotriz–, ya que pone en riesgo, además, la fortaleza y autonomía del bloque latinoamericano. Tampoco es alentadora la situación en Venezuela, donde el presidente Nicolás Maduro está siendo cercado por el desabastecimiento de productos esenciales, fruto del sabotaje del establishment, la brusca caída en el precio internacional del petróleo –del que es uno de los más importantes exportadores– y debe responder permanentemente a las provocaciones de una oposición que indisimuladamente apuesta a su derrocamiento, y a la agresión estadounidense que todavía es de baja intensidad pero que se propone repetir los «golpes blandos» de Honduras y Paraguay.
Así las cosas, las próximas elecciones presidenciales definirán la continuidad del posicionamiento internacional del país o el retorno al esquema de alineamiento incondicional con los Estados Unidos.

Daniel Vilá