Señales

Ese hombre

Combativo. El sindicalista murió el 1 de agosto.

 

«¿Quién es Raimundo Ongaro?», se preguntaban desconcertados los periodistas el 28 de marzo de 1968. Ese hombre de juvenil aspecto y gesto enérgico, elegido secretario general de la CGT en el Congreso Normalizador «Amado Olmos», no estaba en los cálculos de nadie. Sin embargo, fue decisivo para generar la energía del relámpago que iluminó el país oscuro parido por la dictadura militar menos de dos años antes. Convencidos de que había «Onganía para diez años», los analistas no supieron escuchar los truenos que lo precedieron.
Tampoco la cúpula sindical –escindida entre los «participacionistas», partidarios de la rendición incondicional, y aquellos que apostaban a tomar distancia y «desensillar hasta que aclare»– lograba entender las razones de una derrota que invalidaba sus esfuerzos por unificar fuerzas para canjear mansedumbre por concesiones. La bronca acumulada en las fábricas, en los talleres, en los ingenios azucareros, ya tenía un nombre: CGT de los Argentinos, y un lenguaje que rescataba las viejas luchas. «Mejor honra sin sindicatos, que sindicatos sin honra», «Unirse desde abajo, organizarse combatiendo», eran las consignas que evocaban el espíritu de una resistencia expresada en los congresos de La Falda y Huerta Grande y revitalizada en el Programa del 1° de Mayo, que la nueva central elaboró ese mismo año y que se constituyó en el más avanzado de la historia del movimiento obrero argentino.
Ongaro, el obrero gráfico que hacía vibrar a su auditorio con una oratoria simple pero contundente, fue detenido catorce veces a disposición del Poder Ejecutivo y con Agustín Tosco, con quien compartió la cárcel,  fogoneó las gestas populares de la década del 70 –como el Cordobazo, el Rosariazo y el Vivorazo–, fue víctima de simulacros de fusilamiento y padeció el asesinato de su hijo por una patota de la Triple A. Por ello, tras su terminante negativa inicial, decidió marchar al exilio del cual regresó, ya reinstaurada la democracia, para recuperar su gremio. Ese hombre cabal acaba de morir y deja como legado el ejemplo de su conducta y una frase que hoy mismo conserva absoluta vigencia: «Solo el pueblo salvará al pueblo».