Sociedad | CRIMEN DE MARÍA MARTA

20 años y ningún culpable

Con un nuevo acusado y escasas pruebas, el tercer juicio por el asesinato de García Belsunce termina sin condenas. Las razones de un desenlace inesperado.

Diciembre de 2003. Amigas de María Marta le rinden homenaje frente al cementerio de la Recoleta a 15 meses de su muerte.

Foto: NA

La absolución de Nicolás Pachelo fue un desenlace inesperado para el tercer juicio por el asesinato de María Marta García Belsunce. La fiscalía apuntó a construir la figura del acusado como «un psicópata capaz de volver a matar», pero llegó al final del debate sin pruebas que lo vincularan con el crimen y sin acreditar su propia versión, según el fallo por mayoría del Tribunal Oral en lo Criminal número 4 de San Isidro.
Los jueces Osvaldo Rossi y Esteban Andrejin votaron por la absolución de Pachelo mientras Federico Ecke, tercer integrante del tribunal, suscribió el alegato de la fiscalía y lo consideró culpable. Al mismo tiempo condenaron al exvecino del country Carmel, de Pilar, a nueve años y seis meses de prisión por seis robos cometidos en otros barrios cerrados del Gran Buenos Aires.
El fallo se conoció el 2 de diciembre, 20 años después de que una autopsia determinara que García Belsunce fue asesinada de cinco balazos y no murió por accidente, como habían pensado sus familiares después de hallarla sin vida en el baño de su casa el 27 de octubre de 2002. La resolución implica que el caso quedará impune, aunque la fiscalía y el viudo, Carlos Carrascosa, apelarán ante la Cámara Federal de Casación Penal.
Entre sus argumentos, los jueces que formaron la mayoría descartaron dos presuntos indicios que la fiscalía subrayó a través del juicio iniciado el 13 de abril y que tuvieron amplia difusión en los medios: no se probó que Pachelo haya salido de Carmel el día en que tuvo un diálogo supuestamente incriminatorio sobre el crimen con empleados de una estación de servicio y los vecinos que afirmaron haberlo visto cerca de la escena de la casa de la socióloga pertenecen al círculo de amistades de la familia García Belsunce, por lo que su testimonio se vuelve dudoso.
Los fiscales Patricio Ferrari, Andrés Quintana y Federico González modificaron su versión de los hechos en el transcurso del juicio. En principio sostuvieron que Pachelo había ingresado a la casa de García Belsunce con la complicidad de los guardias José Ortiz y Norberto Glennon. En el alegato descartaron la acusación contra los empleados por falta de evidencias y afirmaron que Pachelo actuó con fines de robo y ánimos de venganza después de que María Marta lo acusara por el robo del perro Tom y promoviera su expulsión de Carmel.
Sin embargo, tampoco hubo pruebas de que Pachelo fuera el responsable del robo del perro. La defensa incluso cuestionó la tesis de que García Belsunce lo hubiera considerado sospechoso al presentar documentos donde la socióloga hizo un resumen cronológico del episodio sin mencionar a su vecino.
No se puede negar que la fiscalía se esforzó por alcanzar la condena. Como efecto de sus intervenciones, se reabrieron las actuaciones por la muerte del padre de Pachelo con la sospecha de que fue un homicidio y no un suicidio; logró que el crimen de García Belsunce fuera considerado junto con los robos en otros countries, como pretendía, e impulsó una causa por falso testimonio contra la masajista Beatriz Michelini por su declaración en el juicio.
La acusación se perfiló como una especie de proyección a partir de la oscura historia de vida de Pachelo y de sus antecedentes como ladrón, aunque finalmente tampoco se comprobó que hubiera tenido un arma como la usada en el crimen.
En ese tren, los fiscales llegaron a presentar ante el tribunal el testimonio de un preso que supuestamente recibió una confesión de Pachelo. Se trataba de una versión de oídas, formulada por una tercera persona, y no podía ser contrastada ya que el supuesto testigo falleció, pero pretendió sumar un grano de arena en la construcción del culpable. Los residentes de Carmel que declararon como testigos coincidieron en describir a Pachelo como un vecino indeseado aunque fuera el hijo de un socio fundador, una oveja descarriada que representaba los temores del barrio cerrado. Según se reveló, habían organizado una vigilancia especial sobre Pachelo y su exesposa Inés Dávalos, a los que llamaban en burla Romeo y Julieta.
La actitud de Pachelo fue otro elemento clave en el juicio. Después de evitar la exposición pública y el contacto con la prensa, tuvo una participación activa en las audiencias y se reconoció culpable por los robos en los countries al mismo tiempo que los diferenció en su modalidad del crimen de García Belsunce.
Pachelo expuso además la doble vara de la Justicia y de la reacción mediática ante el caso: el intento de defender su posición a través de Instagram fue rápidamente impedido mientras los García Belsunce contaron con múltiples espacios y recursos sin inconvenientes y los insultos a los jueces de los familiares de la víctima fueron tolerados mientras «si lo hago yo, soy un maleducado y me llevo puesta la ley», como dijo.
Si la familia García Belsunce había sido rehabilitada ante la ley, el fallo del Tribunal de San Isidro reintrodujo lo que todavía no cierra en la opinión pública: según los términos de los jueces, en las conductas de los familiares «subyace todavía prueba de una deliberada simulación favorecedora del ocultamiento de la realidad conocida», una alusión a los trámites para obtener el certificado de defunción de María Marta.
El dedo acusador de los familiares se extendió también contra Diego Molina Pico, el fiscal que los llevó a juicio e impulsó la condena de Carlos Carrascosa, quien pasó siete años preso hasta resultar absuelto. Molina Pico suele ser señalado como el responsable de que el crimen quede impune, pero en todo caso no es el único, ya que diversos tribunales sostuvieron sus fundamentos. Y su alegato en 2007 fue recibido con fuertes aplausos del público.
En contraste, la acusación contra Pachelo gozó de menor receptividad y la indignación ante el fallo no excedió a la familia García Belsunce y a una parte de la prensa. La repercusión del caso no se explica sin el marco histórico posterior a la crisis de 2001 y sin aquello que movilizó la reacción social: la percepción de que un grupo de personas pretendía sustraerse a la acción de la Justicia en base a su pertenencia de clase y a sus relaciones con el poder.
La idea de Pachelo como «psicópata» y ladrón que recurre a la extrema violencia, además de quedar insuficientemente demostrada, podía remitir a otros estereotipos sociales y mediáticos que definen actualmente a los victimarios. Pero quedó circunscripta dentro de los límites del barrio cerrado y teñida de los prejuicios de clase de sus habitantes.
El fallo del Tribunal de San Isidro fue recibido como un aval «a la corporación judicial» por los García Belsunce y como una condena que compensa la absolución del caso de homicidio con una pena excesiva para robos simples por la defensa de Pachelo. El final de la historia sigue abierto.


Osvaldo Aguirre

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