Sociedad | UNA CRISIS INÉDITA

El año que vivimos sin agua

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Jorgelina Hiba

2023 comenzó con cerca del 50% del territorio nacional bajo diferentes grados de sequía. Causas y consecuencias de un fenómeno con un alto costo social y económico.

Santa Fe. Eduardo Ríos observa el lecho de la laguna seca en la que tomaban agua sus vacas.

Foto: Matías Sarlo

Una sequía pocas veces vista que tensiona al máximo la vida cotidiana y la matriz productiva de la región núcleo agrícola del país reanudó un debate que, en los últimos años, se volvió cada vez más intenso: la relación entre la crisis climática y los modos de producción extractivistas, que en el caso de la agroindustria están asociados no solo a la deforestación que acompaña la expansión de la frontera agropecuaria, sino también a una manera de producir cortoplacista –cuya máxima expresión fue el monocultivo de soja– que busca la renta rápida en detrimento de otras formas más sustentables.
Los datos de la realidad son duros: este año 2023, el tercero consecutivo del fenómeno de La Niña, comenzó con cerca del 50% del territorio nacional bajo diferentes grados de sequía, con particular fuerza en la región pampeana. En números, esto significa que –según la Bolsa de Comercio de Rosario (BCR)– el 80% del rodeo nacional –54,4 millones de cabezas– padece de falta de agua y se perdieron al menos 28,5 millones de toneladas de trigo, maíz y soja, con un costo estimado que supera los 10.400 millones de dólares, el equivalente al 2,2% del PBI de Argentina.
El sector agropecuario es el más afectado por el clima extremo que deriva de la crisis ecológica global, y a su vez tiene su cuota de responsabilidad a la hora de analizar las razones por las cuáles se produce el calentamiento del planeta: la búsqueda de rentabilidad rápida rompe el pacto de sustentabilidad a mediano y largo plazo, la expansión de la frontera agropecuaria hacia las provincias del norte se devoró millones de hectáreas de ecosistemas nativos en los últimos 25 años, y la ganadería en particular es un subsector con grandes emisiones contaminantes. Casi el 40% de los Gases de Efecto Invernadero (GEI) que emite Argentina vienen de ese sector, el triple que el promedio global.
«Hay que dejar de ver la foto para mirar la película. Y esto que vemos ahora tiene una precuela de la que nadie se hace cargo, que fue una política agropecuaria de intensificación sin medir consecuencias. Se cambió un modelo de producción mixto por otro donde tanto el productor como el Estado tuvieron una visión cortoplacista y rentista, algunos con mayor capacidad de decisión que otros. Y acá estamos, llorando sobre la leche derramada», dice Ricardo Biani, que fue presidente del Colegio de Ingenieros Agrónomos de Santa Fe y actualmente trabaja en el sector privado. 

Intensidad y recurrencia
La historia marca que Argentina fue y sigue siendo un gran productor y exportador de materia prima. El año pasado los complejos exportadores del agro aportaron más de 55.000 millones de dólares, según la BCR, el 63% del comercio exterior argentino. Esos números están severamente comprometidos este año por efecto de la sequía, ya que el clima sigue siendo un determinante clave de la economía argentina. Y el clima, por la propia acción humana, es cada vez un problema mayor.
En el documento «Sequías: efectos del cambio climático» (BCR, agosto de 2021) se explica que el cambio climático «aumenta las probabilidades de que la sequía empeore en muchas partes del mundo en las próximas décadas» por las mayores temperatura y radiación. «Las temperaturas más cálidas pueden aumentar la evaporación del suelo, haciendo que los períodos con bajas precipitaciones sean más secos que en condiciones más frías. Las sequías pueden persistir a través de una retroalimentación positiva, donde los suelos muy secos y la cubierta vegetal disminuida pueden suprimir aún más la lluvia en un área ya seca», dice el trabajo
¿Cómo impacta el cambio climático en Argentina? En términos generales «se espera que todo el territorio nacional se vea afectado por un aumento de las precipitaciones torrenciales, de las temperaturas medias, máximas y mínimas (especialmente el noroeste argentino) y de la frecuencia y extensión de las olas de calor», dice el reporte sobre el Estado del Ambiente, que agrega otro dato clave: más de un tercio de los suelos de Argentina padecen algún tipo de erosión «tanto por los cambios para su uso productivo como por prácticas agrícolas no sostenibles, así como por la variabilidad climática».
Para Walter Pengue, ingeniero agrónomo experto en desarrollo rural sostenible, todavía se toma a la sequía «más como un castigo divino que como el resultado de decisiones humanas» como la expansión de la frontera agropecuaria hacia áreas marginales que generó un profundo cambio de uso del suelo. Según Greenpeace, desde 1998 hasta ahora se deforestaron 7 millones de hectáreas en las provincias del Gran Chaco argentino (Salta, Formosa, Chaco y Santiago del Estero).
Pengue, que participó del sexto reporte de Naciones Unidas sobre cambio climático presentado el año pasado, destaca que hay dos palabras clave para entender lo que pasa: intensidad y recurrencia: «Si antes una sequía así nos parecía dramática, ahora los ciclos son más cortos, más recurrentes y más intensos. Esa combinación es un bomba para hoy y para mañana».

Emisiones peligrosas
Según el último inventario de GEI realizado por el Ministerio de Ambiente de la Nación y publicado en el último reporte sobre «Estado general del ambiente», las emisiones provenientes de la agricultura, ganadería y cambios en el uso del suelo representan a nivel mundial el 12,56% de todas las emisiones, un porcentaje que en Argentina trepa al 39%, tres veces más que el promedio global. «A nivel nacional el sector agropecuario emitió el 39% del total del país, siendo el segundo sector más importante en términos de emisiones después del de energía».
Desagregado por subsectores, la ganadería está primera con el 22% de los GEI emitidos, en su mayor parte provocados por las emisiones provenientes de la fermentación entérica de bovinos, un proceso de digestión en las vacas a partir del cual se expulsa el subproducto del metano.
Reconocer el problema e implementar estrategias de adaptación y mitigación del cambio climático son cuestiones necesarias y urgentes. Algunos sectores privados –conscientes de que los mercados globales ya exigen cada vez más productos con certificación de sustentabilidad– han avanzado hacia prácticas que buscan ser más respetuosas del ambiente.
Existe un proyecto gestionado por la Cámara de la Industria Aceitera (CIARA) llamado Visec, que es una plataforma de monitoreo unificado de la cadena de suministro de soja en Argentina que combina sistemas público y privado y busca poder trazar ese cultivo en áreas prioritarias de conservación en el Gran Chaco y, en última instancia, frenar la deforestación.
Lo fundamental, según Biani, es cambiar de visión: «Es hora de dejar de hablar de cambio climático para hablar de crisis climática, que nos obliga a replantearnos conductas. Hay que dejar de pensar en la rentabilidad inmediata y tener visión de futuro, tanto los productores como el Estado y los profesionales». Para eso «hay que atarse al concepto de los bienes comunes y entender que estamos todos siendo gestores del uso de los bienes comunes».
En opinión de Pengue, «hay que estar más y mejor preparados»: hoy no tenemos stock de agua en los campos y llueve de forma aleatoria, no parejo y tupido. Eso afecta los campos incluso de quienes quisieron hacer un buen trabajo de gestión de agua o de pasturas.
Para el experto hace falta «ver la película de mediano plazo, porque no se resuelve todo con un parche». «Esto que pasa no es solo responsabilidad de los productores –razona–, Argentina se debe un ordenamiento ambiental y productivo de su territorio para no meter la pata de vuelta, pero nadie se mete con eso para no afectar intereses, aunque lo que vemos es que esos intereses también son afectados con crisis climáticas como la actual».

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