Sociedad | PERFILES. POR RICARDO RAGENDORFER

El escruchante VIP

Absuelto del crimen de García Belsunce, Nicolás Pachelo carga con un pasado oscuro, que incluye condenas por robo y tragedias familiares. Retrato de un ladrón de Zona Norte.

Foto: Télam

La absolución de Nicolás Pachelo en el juicio por el asesinato de María Marta García Belsunce cayó sobre sus deudos con el peso de una gigantesca roca en el océano. En cambio, el acusado –de 46 años– exhibía una sonrisa cargada de arrogancia. Con aquel triunfo a cuestas regresó a su lugar de residencia: el pabellón evangelista del penal de Florencio Varela. Está alojado allí desde principios de 2018 por una serie de robos en el Tortugas Country Club. Ya había estado tras las rejas en 2005, también por tales delitos en barrios cerrados de la zona norte del Gran Buenos Aires. De modo que ahora deberá completar los nueve años y medio de condena que recibió por su recurrencia en semejantes quehaceres, admitidos por él durante el juicio.
Bien vale la pena reparar en ese sujeto de rostro ajado y ya canoso, un aspecto muy distinto al que lucía en 2002, cuando el crimen de María Marta –cometido el 27 de octubre de aquel año en el country Carmel, de Pilar– se convirtió en uno de los casos más rebuscados de la crónica policial argentina. Pachelo es, diríase, un «escruchante VIP», y con un patrón de conducta: nunca damnificaba a desconocidos, ya que sus víctimas solían tener con él una relación de amistad o de vecindad previa. Y los robos domiciliarios no eran su única modalidad delictiva, dado que también cometía estafas de toda clase e incluso secuestros extorsivos de mascotas. El reciente fallo del Tribunal Oral en lo Criminal 4 de San Isidro dejó sin resolver un interrogante: ¿¿Cuáles son realmente los límites delictivos de Pachelo?
Al respecto, hay quienes recuerdan una frase que le soltó a su examigo Mariano Maggi, después de que este lo increpara al haber recibido de él unos cheques sin fondos en pago por una camioneta: «Si tuve los huevos para matar a mi viejo, tengo huevos para matarte a vos». Esto remite a una historia determinante de su tormentosa biografía.
Su progenitor, Roberto Pachelo, un empresario que adquirió una módica fama como corredor de autos en la categoría Turismo de Carretera, se «habría» volado la tapa de los sesos a fines de 1996 en su hogar de Carmel. Al menos, el asunto fue archivado con la carátula de «suicidio». No obstante, hay quienes sostienen que esa muerte no fue voluntaria. Días más tarde, Nicolás fue visto en las afueras de Pilar disparando con un revólver calibre 32 sobre una foto de su padre clavada a un árbol. Desde luego, eso no prueba que sea un parricida. Pero su hermano menor, Francisco, sí esgrime tal hipótesis. Lo hizo el 22 de septiembre pasado al declarar en el juicio. «No tengo dudas –afirmó– de que mató a mi padre. ¿Por qué lo mató? Por plata, por resentimiento, porque es un enfermo». Las disfunciones de su conducta seguirían durante su adolescencia con peleas, problemas en la escuela (un colegio de Pilar con elevados aranceles), actos vandálicos sin sentido, pequeñas estafas y los primeros robos. El pibe era un inadaptado compulsivo y polimorfo. En las madrugadas solía divertirse destrozando con un palo los espejos de los autos estacionados; también solía torturar animalitos domésticos y hasta llegó a vender una motocicleta que un amigo le había prestado. Así llegó a la adultez. Otro hecho dramático en la vida de Pachelo fue el suicidio de su madre, Silvia Ryan, ocurrido en mayo de 2003. Ella se arrojó desde el onceavo piso de su departamento, situado sobre la avenida Del Libertador 184, a la altura de Retiro, por no soportar –según consignó en una carta– las acusaciones contra Nicolás por un cúmulo de delitos. Semejante contratiempo no alteró los hábitos de Nicolás, en los cuales alternaba sus actividades delictivas con las tertulias en el café Starbucks, las madrugadas en discotecas de moda, su pasión por las motos de alta cilindrada y las partidas de póker. De hecho, durante el verano de 2012 se convirtió en el campeón del Mantra Grand Slam de Póker de Punta del Este. Con un par de reyes en la última jugada alcanzó el premio de 61.000 dólares. Si hay una imagen suya que quedó grabada en el inconsciente colectivo fue cuando, en 2007, se presentó a declarar como testigo en los Tribunales de San Isidro, durante el juicio al viudo Carlos Carrascosa. El aspecto de yuppie que le confería su traje gris con rayas finas acentuaba su actitud desafiante y, por momentos, irónica, lo que le valió el reto del tribunal. Este individuo estaba lejos de suponer que, 17 años más tarde, estaría él en el banquillo de los acusados. Ya se sabe que todo terminó en la nada. Pero la de Nicolás Pachelo es aún una historia con final abierto.


Ricardo Ragendorfer