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El humo de los pobres

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María José Ralli

En nuestro país, el consumo de tabaco y sus consecuencias afectan en mayor medida a los sectores vulnerables. Factores de riesgo y acceso a la salud.

Chau pucho. Aunque la incidencia está disminuyendo, uno de cada cinco argentinos fuma.

TÉLAM

En Argentina fuma el 22,2% de los adultos y el 20% de los adolescentes y se estima que el consumo de tabaco está relacionado con el 13% de las muertes que se producen en el país. Pero la incidencia no es la misma para todos los sectores sociales: recientes investigaciones demuestran la asociación entre el consumo de tabaco y la pobreza, y así lo refleja en el estudio «Inequidad en salud y consumo de tabaco» Raúl Mejía, jefe del Programa de Medicina Interna General del Hospital de Clínicas.
Para el profesional, para enfrentar la epidemia de tabaquismo es necesario incluir el análisis de las desigualdades en el acceso a la salud e implementar estrategias de políticas públicas segmentadas.
Mejía hace un recorrido por los comportamientos del consumo de tabaco y cuenta que, por ejemplo, en el África subsahariana «solo fuman los varones ricos que tienen contacto con el mundo occidental; pero en unos años fumarán todos los varones como sucede hoy en Asia, básicamente en China, donde recién empiezan a fumar las mujeres ricas».
Sin embargo, una vez que el consumo de tabaco se disemina, llega a una meseta, como sucede hoy en algunos países de Europa del Este, hasta que los Gobiernos se dan cuenta de que lo que recauda en impuestos es insuficiente si lo compara con lo que gasta en las consecuencias del tabaco. Así comienzan a impulsar políticas públicas para disminuir su consumo, algo que ocurre hoy en países como Estados Unidos, Canadá, el Reino Unido o Alemania. «Todos los Gobiernos inicialmente fomentaron el fumar porque ganaban dinero con los impuestos, pero 30 años después el cáncer de pulmón y las enfermedades coronarias empezaron a hacer estragos y se dieron cuenta de que salía más caro». Argentina está en una etapa de descenso de consumo de tabaco, con una caída del 10% en los últimos 15 años, en gran parte por las políticas públicas que se vienen implementando, como la prohibición de la publicidad.
En Argentina, agrega Mejía, «fuma mucho más la gente del primer quintil de ingresos es decir, el 20% que menos gana, comparado con el 20% que más gana», y recuerda que «cuando había publicidad en las calles, la línea C de subte que une Retiro-Constitución, que es utilizada básicamente por trabajadores de menos recursos, tenía muchos más avisos de tabaco que la línea D que recorre Palermo y Belgrano».

Vulnerables
Para Mejía, «la asociación entre el tabaquismo y la pobreza es evidente en todos los niveles». En primer lugar, «las personas con menor poder adquisitivo tienen mayor prevalencia de consumo y, en el nivel individual, fuman más cigarrillos que las personas con mayor nivel socioeconómico. El riesgo de que un joven empiece a fumar es mayor en los grupos menos privilegiados y las tasas de abandono son menores en los grupos de menor capacidad socioeconómica y en los que viven en zonas socialmente desfavorecidas». Por último agrega que «el riesgo de morir por tabaquismo es significativamente mayor en los grupos socioeconómicos más bajos que en los más altos» como resultado de niveles de colesterol más elevados en personas de bajos recursos, entre otros factores como obesidad, diabetes y menor actividad física. «Los factores de riesgo son más significativos y el acceso a la salud de calidad es más limitado en la población más vulnerable, y eso se llama la doble carga de la pobreza», observa Mejía, y concluye: «El acceso a la salud es un derecho humano así como la alimentación saludable que los decisores políticos tienen que considerar y respetar». Por eso insiste en que las estrategias tienen que estar segmentadas: «Algunas sirven para la población en general, como no fumar en espacios públicos, pero luego hay que ver cómo se aplican y si la gente más vulnerable está lo suficientemente empoderada como para poder exigir “acá no se fuma”».

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