Sociedad

El imperio del yo

En un mundo en el que la cantidad de personas conectadas crece sin pausa, el encuentro directo con el que está al lado resulta cada vez más difícil. Si en el siglo XIX se anunció la muerte de Dios, ¿ha llegado la hora de afirmar que ha muerto el prójimo?

Ciudades. Dispositivos móviles, las herramientas de
la falta de contacto con el otro. (Jorge Aloy)

 

Si usted vive en una gran ciudad, donde, a diario, oleadas de personas cruzan la calle, casi sin mirarse, o suben y bajan del subte, conectadas a sus auriculares, seguramente, alguna vez se preguntó: ¿acaso estamos convirtiéndonos en robots?
En La muerte del prójimo, el psicoanalista italiano Luigi Zoja examina desde una perspectiva integral cómo dos mandamientos dominantes del mundo occidental, «Ama a Dios» y «Ama a tu prójimo como a ti mismo», se han difuminado en poco más de un siglo. Primero, dice el escritor, Nietzsche anunció «Dios ha muerto». Y, entre otras cosas, la sociedad se volvió cada vez más laica, «como la elección de una filosofía, de una convicción política, incluso de un amor». Ahora, señala, en un mundo en el que cada vez hay más personas conectadas, pero paradójicamente menos comunicadas, y en que pareciera acortarse la distancia con quienes están lejos, mientras el encuentro directo resulta cada vez más difícil con el que está al lado, ¿no ha llegado la hora de afirmar: «también ha muerto el prójimo»?
Según Zoja, quien es terapeuta junguiano y también autor de Paranoia, la locura que hace historia (2013), actualmente se habla menos de alienación, porque está en todas partes. «La proximidad está deformada por la tecnología. Hay una muerte de la proximidad, primero, por la alienación, la aceleración de la urbanización, que trastocan el concepto de intimidad». Al respecto, menciona una experiencia personal y hasta cotidiana. Una mañana, antes de partir en un viaje en tren, vio desde su lugar cómo una pareja joven se despedía. El muchacho, que resultó ser su compañero de asiento, abordó el vagón y, acomodado a su lado, como si él no existiera, llamó a su novia, que estaba en el andén, para repasar los detalles sexuales de la «increíble» noche que habían pasado juntos. «En segundo lugar», indica Zoja, «está la creciente invasión de las tecnologías de los últimos años. Antes, los aparatos eran prótesis del cuerpo; ahora es al revés: el humano es prótesis de la tecnología».
Frente a la avalancha de personas, dice Zoja, evitar a los demás se ha convertido en una condición para la supervivencia. Robin Dunbar, antropólogo británico y autor de How many friends does one person need? (¿Cuántos amigos necesita una persona?), asegura que «la forma en que nuestro mundo social está construido es parte de nuestra herencia biológica. Junto con los simios y los monos, somos miembros de la familia primate, y dentro de los primates existe una relación promedio entre el tamaño del cerebro y el tamaño del grupo social. Encajamos en un patrón, en una asociación natural de 150 personas». Por lo visto, este era el tamaño típico de una comunidad de cazadores-recolectores y también de las aldeas en la Edad Media. «Los seres humanos de la prehistoria reconocían poquísimas personas, y si veían a un desconocido tenían miedo. Ahora, prácticamente vemos solo desconocidos, miles de personas en un día. Las reacciones neuronales se aflojan, se desconectan. Es como una defensa. Entonces la gente llega a su casa, enciende la tv y aparece George Clooney: “Por fin, alguien conocido”, piensan. Una percepción absolutamente falsa, pero que les alivia, porque es una cara familiar», complementa Zoja.
Si se toma en cuenta que 150 es el número de personas con las cuales se puede tener una relación de confianza a lo largo de una vida, Facebook es, como enfatiza el italiano, «una mentira estructural». «La gente clasifica amigos. Hay quienes tienen no 150 sino miles, lo cual no es cierto. Se pierde sentido del prójimo y el sentido de la palabra amigo».
En Modernidad líquida, el sociólogo polaco Zygmunt Bauman cuestiona el «culto a la satisfacción inmediata» de la sociedad de consumo, en que «hemos perdido la capacidad de esperar» y donde pareciera no haber tiempo de «detenerse, mirarse, conversar, pensar, ponderar y debatir algo distinto». En el fondo, sostiene, se ha instalado un tipo de vida donde «no solidarizarse con el otro, sino evitarlo», se vuelve regla. Zoja habla de que el hombre del siglo xxi es «un huérfano sin precedentes en la historia. Lo es en un sentido vertical –ha muerto su padre celestial–, pero también horizontal: ha muerto quien estaba cerca de él», afirma. «En un círculo vicioso, esta es la consecuencia pero también la causa de rechazar los ojos de los demás: en toda sociedad mirar a los muertos resulta perturbador», ironiza.
En la era del narcisismo exacerbado, el «yo» está al centro de todo. Zoja menciona en su libro, por ejemplo, la moda de los aparatos que comienzan con el pronombre «I» (yo, en inglés): IPhone, IPad, y hasta perfumes con nombres como Envy me (Envidiame). Para el estudioso, los humanos continuamos sintiendo la necesidad de adorar a alguien, pero el lugar de Dios lo ha tomado «el hombre y sus obras». El hombre ideal ahora no es lo que los filósofos fueron para los griegos, ni lo que los líderes políticos representaron para muchas generaciones del siglo xx, sino «una visión». De ahí el surgimiento del culto de las personas famosas.

 

Pesimistas o realistas
Lúcido y humanista como era, el Nobel portugués José Saramago declaró: «Las tres enfermedades del hombre actual son la incomunicación, la revolución tecnológica y su vida centrada en su triunfo personal». Zoja usa otra frase de Saramago: «Yo no soy pesimista, es el mundo que se está volviendo pésimo», para hablar sobre problemas asociados a estos tiempos que él constata en consulta. «La gente siempre ha tenido problemas sexuales, pero ahora se ve mucho a hombres –que son los que más tienen problemas de este tipo–, con parejas que a ellos les gustan, pero que se ponen frente a la computadora a mirar mujeres “disponibles”, si la suya se va a domir. ¿Por qué?, porque la tecnología facilita: esa disponibilidad es gratis. Al contrario, en la relación de pareja, uno tiene que tomar y ofrecer, siempre hay un diálogo y una responsabilidad. La tecnología ofrece escapes: el hombre se va con la sexualidad virtual en vez de con la real. O sea, en lugar de hacer frente a su relación sexual, con la computadora accede inmediatamente a algo que, aparentemente, es erótico. Ahí no hay una relación verdadera. Y, en ese sentido, también hay una desaparición del prójimo».
¿Tenía razón Albert Einstein cuando vaticinó: «No sé cómo será la tercera guerra mundial, pero sé que la cuarta será con palos y piedras»? Zoja opta por la esperanza. «Creo que la mayoría de la gente tiene sentido común. Yo estoy dedicando mi tercera edad a escribir estos libros para reflexionar con la gente. La reflexión y la conciencia son mejores que la falta de conciencia… Hay un tema psicológico y hay estadísticas, eso sí. Según un artículo de la revista The Biologist de 2009, en los últimos 20 años, en Reino Unido se perdió más de la mitad del tiempo diario que se pasaba con otras personas. En los 80 eran seis horas, mientras que, a mediados de 2000, fueron dos horas y media. Esto tiene consecuencias en sentido presencial, porque etimológicamente y moralmente, en la lengua griega el prójimo es el que está cerca de uno. De seguir así, en otros 20 años, los británicos no van a tener contacto entre ellos».
La presencia y la falta de ella también poseen consecuencias morales. «La aviación militar estadounidense, por ejemplo, no se ocupa más de la formación de pilotos que van con aviones, sino de formar pilotos de drones. Están invirtiendo mucho en pericias psicológicas, para determinar qué pasa si uno pasa su vida así: matando gente como si fuera un videojuego, porque un piloto puede estar en la pileta abrazando a sus hijos, mientras mata a niños afganos. La realidad virtual cambió todo en muchos sentidos. Hay una conexión con la falta de empatía, y es mucho más fácil volverse sádicos, porque el que va a matar no está al lado».
Como diría el antropólogo Dunbar, «dependemos fuertemente del contacto físico, que vale más que mil palabras, y aún no hemos resuelto cómo hacer tacto virtual». Habría que agregar: afortunadamente.