Sociedad | VÍCTIMAS DE ABUSO ECLESIÁSTICO

Los gritos del silencio

Tras un largo y doloroso proceso, los sobrevivientes del abuso sexual eclesiástico logran alzar la voz y denunciar a sus victimarios. La lucha por la justicia.

Alzar la voz. Conferencia de prensa de algunos de los exinternos del Instituto Próvolo frente a la sede platense de la institución.

Télam

Nunca más solxs. Somos sobrevivientes de abuso sexual eclesiástico de Argentina, unidos por esta misma causa, para que no le suceda a nadie más». Así se presenta en sus redes la organización que tuvo sus inicios en la ciudad de La Plata, hace más de diez años, a partir del acompañamiento en el proceso de la denuncia de la psicóloga Liliana Rodríguez a un paciente que había sufrido abusos por parte de un miembro de la Iglesia. Luego, en 2013, la Red de Sobrevivientes de Abuso Sexual Eclesiástico tomó más fuerza y se terminó de formar como tal cuando varias víctimas del sacerdote Justo José Ilarraz, que impulsaban una causa en su contra en Paraná, Entre Ríos, mantuvieron un primer encuentro. Cinco años más tarde, este grupo fue testigo de la condena de Ilarraz a 25 años de prisión por los delitos de promoción a la corrupción y abuso deshonesto agravado contra cinco menores que estaban a su cargo en un internado. Además de la ayuda psicológica y el asesoramiento legal, aquel que se acerca a la Red encuentra sostén entre quienes pasaron por situaciones similares. «El apoyo de pares es una herramienta fundamental en la que cada quien va pensando sobre los pasos que quiere dar, cómo hacerlo, cómo compartir experiencias, los momentos judiciales», explica Rodríguez. Desde allí, también se realizan campañas para visualizar y prevenir las situaciones de abuso.
A nivel mundial, la Red de Sobrevivientes comenzó a funcionar a finales de la década del 1980, en Chicago, de la mano de Barbara Blaine, quien de niña había sufrido violencia sexual por parte de un sacerdote de la escuela a la que asistía. En el documental No abusarás, realizado en 2017 por el periodista argentino Julián Maradeo, Blaine –que falleció hace cuatro años– explicó los motivos de su lucha. «La Red fue creada porque la cúpula de la Iglesia no me ayudó a encontrar consuelo a mi dolor. Entonces empecé a buscar a otras víctimas confiando en que podíamos encontrarnos y ayudarnos entre nosotros. Eso fue lo que pasó. Ese era mi objetivo. Y ahora más de 10.000 víctimas están alzando su voz, se están presentando y encontrando fuerzas y esperanza hablando entre ellos», expresó.
Los testimonios de las víctimas de abuso dan cuenta del largo proceso que atraviesan hasta poder alzar su voz y romper el silencio sobre aquello que vivieron, en muchos casos siendo niños, niñas o adolescentes. En este sentido, Rodríguez afirma que las víctimas, en general, tienen su tiempo para visualizar, entender lo que les pasó y entonces poder poner en palabras. «Estos son tiempos absolutamente personales que tienen que ver con variables como el propio contexto y hasta dónde han bloqueado. A veces eso reaparece frente a alguna situación vital como el nacimiento de un hije, la muerte de los padres o ante hechos sociales de gran impacto como fue la denuncia de Thelma Fardin, que fue un momento de mucha consulta porque se escucha y se ve reflejado en alguien aquello que uno ha vivido».

Juntos a la par
La especialista asegura que el abuso eclesiástico tiene una significación sumamente fuerte, no solo para la víctima sino para la sociedad en su conjunto, porque un cura o una monja ocupa un rol dentro de una comunidad. «Estos personajes tejen una telaraña de manipulación sobre aquel o aquellos a quienes destruyeron su corporalidad y su psiquismo. Lo demuestran los relatos de situaciones tan crueles como que el mismo cura que abusa de un niño, se sienta a esa mesa familiar. Entonces, cómo pensar que ese niño o niña puede hablar, cómo pensar que puede confiar en que le van a creer. Por eso cuando hablamos de abusos de parte de representantes de la Iglesia, hablamos de traición de confianza a la niñez, a una familia y a toda una sociedad», agrega Rodríguez.
Hace cinco años, Vicente Suárez Wollert se acercó a la Red en «un intento desesperado» de procesar lo que le había tocado atravesar mientras estudiaba en el seminario de la Fraternidad de Belén. «Estando dentro del convento, cuando sufrí abusos de parte de Fray José Miguel Padilla, sentí que algo se había muerto para siempre. Estando afuera, el sentimiento fue de mucha soledad y angustia. Luego siguió la ansiedad de ingresar, todos los días por años, a las páginas de los diarios esperando que alguien más haya denunciado a tu abusador». Este exseminarista recuerda que, en ocasiones, sintió que le ganaría la tristeza. Pero con el tiempo encontró la fortaleza para hacer frente a lo que viniera. La Red jugó un rol fundamental en este proceso, dice. Encontró un grupo humano «maravilloso» y ejemplos que lo motivan a seguir pero también, mucho dolor, heridas e injusticias. «El ejemplo de cada sobreviviente, su lucha y su historia, me permitieron comprender que siempre hay un camino y que podía estar lo suficientemente fuerte para acompañar a los que fueron llegando porque es lamentable, pero los abusos eclesiásticos siguen ocurriendo y evidencian el lado más oscuro y nefasto de la Iglesia», afirma. A fines de 2019, Suárez Wollert presentó la denuncia contra Padilla ante el Ministerio Público Fiscal de General Pico, La Pampa. Tras renunciar a sus cargos en esta provincia, el sacerdote se radicó en San Luis. Por su parte, la causa se encuentra abierta a la espera de su elevación a juicio.
En el libro La trama detrás de los abusos y delitos sexuales en la Iglesia católica, Maradeo explica cómo, frente a las múltiples denuncias de abusos de parte de sus integrantes, la jerarquía clerical mantuvo, durante décadas, lo que él denomina «un comportamiento sistemático con el objetivo de encubrir y victimizarse». «En mi investigación me encontré con obispos, que están alrededor de los 70 años, totalmente cerrados, diciendo que se trata de una avanzada para derribar a esta institución. Lo cierto es que ahí, nunca lograron comprender, o simulan no hacerlo, que en realidad el cura abusa por ser cura. Es decir, el cura abusa de un niño que ha sido puesto a su entera disposición para, por ejemplo, ser formado espiritualmente». Entre algunos obispos más jóvenes, Maradeo dice que encontró, al menos desde lo discursivo, una mirada diferente. «Estos curas entienden que son ellos quienes tienen que dar respuesta y ofrecer cambios de fondo en función de empezar a sanear el problema», agrega.
Para Maradeo la causa del Instituto Próvolo ejemplifica, de manera paradigmática, este sistema de encubrimiento. En la década de 1980, fueron denunciados más de 100 sacerdotes por abusar de niños hipoacúsicos en el Instituto Próvolo de Verona, Italia, durante más de 30 años. Muchos de esos curas italianos fueron enviados a otros países, entre ellos la Argentina. A fines de 2016, Nicola Bruno Corradi, uno de ellos, fue nuevamente acusado por los mismos delitos cometidos contra niños sordos en las sedes que este Instituto tiene en Mendoza y La Plata. Corradi fue condenado a 42 años de prisión y falleció en julio, a los 85 años.
A la hora de pensar cómo se combate la violencia sexual dentro de la Iglesia, Rodríguez afirma que desde la Red están convencidos de la importancia de la implementación, en todo el territorio nacional, tanto de la Ley de Educación Sexual Integral (ESI) como de la Ley Micaela y también de la necesidad de la separación Iglesia-Estado. «Creemos que estos pasos se deben dar con una sociedad informada que tome una posición, porque en este tema no hay más que dos veredas, o se está del lado de las víctimas o se está del lado de los delincuentes que han destrozado tantas infancias y adolescencias. No hay que olvidarse que Julio César Grassi y todos los curas que han sido condenados por la Justicia ordinaria todavía conservan su estado clerical –concluye Rodríguez–, es decir, siguen siendo curas».


Florencia Vidal