Sociedad | BASUREROS DE ROPA

El otro lado de la moda

100.000 toneladas de prendas de vestir convierten al desierto de Atacama en una postal apocalíptica. Derroche y escasez, los polos de un mundo injusto.

Outlet a cielo abierto. Un grupo de mujeres chilenas busca entre la montaña de textiles desechados algo que sirva para vender o usar.

BERNETTI/AFP

Como la de las islas de plástico en los océanos, algunas imágenes del desierto de Atacama podrían ser las de una obra literaria o película de género distópico. Pero no lo son. Allí, la realidad supera tristemente a la ficción. Los colores naturales del árido paisaje se interrumpen para mostrar lo que quizás sea la cara menos conocida de una importante industria. Esta región, ubicada al norte de Chile, se convirtió hace años en un inmenso basural de ropa y calzado donde se calcula que hay desechadas unas 100.000 toneladas de artículos de indumentaria provenientes de distintos países.
Estas prendas recorren un largo camino para llegar desde Asia hasta el sur de América. Una camisa, por ejemplo, fabricada en China, Camboya, Indonesia o Bangladesh viaja a Europa o Estados Unidos para su venta en las grandes cadenas. Si no se vende o queda fuera de temporada, ingresa por la zona franca del puerto de Iquique para las tiendas de Chile, Bolivia o Perú. Las prendas que no son seleccionadas por los comercios terminan en este vertedero, hacia donde suelen peregrinar personas de bajos recursos que revuelven la montaña textil en busca de algo para vestir o vender. Cada tanto, estos desechos no biodegradables, que contaminan de manera descendente las napas de agua, son quemados para reducir su volumen, lo que ocasiona la contaminación del aire.

Obsolescencia programada
En la actualidad, la crisis de sobreproducción es tal que algunas estimaciones calculan que hasta un 40% de la ropa que se produce se tira sin ser usada. Marcela Soberano, periodista especializada en moda y cultura, asegura que a nivel internacional, la gran industria de la moda se basa en la sobreproducción para generar sobreconsumo. Pero, ¿por qué todas esas prendas que no se venden terminan quemadas en un basural? Soberano es tajante al respecto. La moda, dice, es una industria que apunta a la exclusividad y al deseo. «Las megaempresas, tanto las marcas de lujo como las de retail, no donan sus excedentes, quieren elegir quiénes son sus clientes. Entonces, cuando sus productos ya no pueden ser absorbidos por un circuito de outlets, los tiran porque no quieren que su ropa sea usada por cualquiera. Por lo tanto, entre sus cálculos está el desecho», agrega.
«Considero que lo que ocurre en los basurales de ropa es producto de una confluencia de factores: falla o falta de políticas públicas que preserven tanto ambiental como socialmente a los ciudadanos, falta de responsabilidad de las empresas que no se encargan de gestionar el fin de vida de sus productos y la irresponsabilidad social y ambiental de los consumidores, donde hay una cuota de falta de información también», afirma la diseñadora industrial Elizabeth Retamozo. Para esta investigadora de la Universidad Nacional de Mar del Plata, que la ropa sea considerada como un producto más de descarte se relaciona con el modelo económico actual, en el que los objetos tienen una obsolescencia programada: el objetivo es que caigan en desuso y sean rápidamente reemplazados por otros.
Sin embargo, las ambientales no son las únicas consecuencias evidentes de este negocio. Su actual sistema de producción, transporte, comercialización y consumo también impactan de manera directa en lo social. En este sentido, Retamozo explica que los bajos costos de producción recaen en los eslabones más vulnerables de la cadena productiva. Se calcula que solo el 1% o 2% del costo total de la prenda es la remuneración que recibe la persona que realizó su confección.
Jerónimo Montero Bressán, doctor en Geografía Humana, investigador del CONICET y autor del libro ¿Quién hace tu ropa?, asegura que el principal indicador del impacto del neoliberalismo en la moda se ve en los obreros y obreras textiles que trabajan para las grandes empresas internacionales de indumentaria, cuyas condiciones laborales retrocedieron 100 años. Y en todo el mundo abundan los ejemplos que confirman las palabras del investigador. En 2013, en Dacca, capital de Bangladesh, murieron más de 1.000 personas tras el derrumbe del Rana Plaza, un edificio de nueve pisos donde funcionaban varios talleres textiles. A pesar de que los trabajadores habían denunciado grietas estructurales, los dueños de las fábricas desconocieron la orden de evacuación y los obligaron a volver a sus tareas. «La gente no tiene idea de lo difícil que es para nosotros hacer la ropa. Solo la compran y la usan. Es muy doloroso para nosotros. Yo no quiero que nadie luzca algo que se produce con nuestra sangre», manifiesta Shima, una trabajadora textil de Bangladesh, en The True Cost (El precio verdadero), un documental de 2015 que muestra el lado menos conocido de la industria de la moda.
El creciente peso del marketing, la internacionalización y la falta de controles se señalan como algunas de las razones que confluyen en esta situación. Para contrarrestarlas, Montero Bressán sostiene que debería haber estándares internacionales de trabajo que sancionen a las empresas que no cumplan y, a la vez, garantizar que el trabajo sea justo. Soberano hace foco en la necesidad de promover cambios en los hábitos de consumo para hacerlo de manera más consciente. «Esto quiere decir que las personas se detengan un minuto a pensar si necesitan tener seis pares de zapatillas o diez blazers iguales, si necesitan tanto exceso, tanta novedad».
Retamozo enfatiza la importancia de la presencia del Estado para favorecer el cambio de producción actual, fomentar alternativas como la economía circular o incentivar a quienes producen en forma limpia. Por el lado de las empresas, afirma que deben controlar su ciclo productivo y comprender que los beneficios no pueden ser solo económicos, en detrimento de lo social y ambiental. Desde el diseño sostenible, las estrategias que se pueden aplicar para generar indumentaria con menor impacto ambiental incluyen desperdicio cero, producción local, trabajo con comercio justo, trazabilidad, multifuncionalidad de la indumentaria y diseño con tendencia clásica o que se pueda modificar. «Con respecto a los consumidores, que a mi entender son los que pueden propiciar el cambio de manera radical –concluye la diseñadora–, deben pensar si realmente necesitan el producto antes de comprarlo y fortalecer el ciclo circular de la ropa propiciando su reuso ya sea por donación o venta en mercados de segunda mano antes de descartarla y que termine en basurales».


Florencia Vidal