Sociedad

El riesgo del use y tire

La corta vida de los aparatos electrónicos no solo representa un alto costo monetario para los consumidores, sino que también impacta en el medio ambiente. Se estima que para 2021 se producirán 50 millones de toneladas de desechos de este tipo.

Actualizaciones. Los fabricantes suelen reemplazar tecnologías que aún son funcionales. (Guido Piotrkowski)

Si bien el término no es nuevo, en los últimos años logró tener cada vez más significado para los consumidores y hasta creó una conciencia tal que en algunos países ya existe legislación al respecto. Así, la obsolescencia programada o, dicho de modo más directo, el acortamiento del ciclo de vida útil de un producto en forma deliberada ya dejó de ser una percepción de los usuarios de aparatos eléctricos o electrónicos teñida de un halo conspirativo, para pasar a ser un verdadero tema de debate. De hecho, en Francia, y bajo el amparo de la denominada Ley Hamon, que obliga a las compañías a decir en las etiquetas cuánto tiempo durará determinado producto, se abrió una investigación contra varios fabricantes de impresoras de renombre por considerarlos sospechosos de incurrir en la obsolescencia programada con sus cartuchos de tinta que dejan de funcionar aun cuando el producto no se ha agotado.  
Recientemente, la Fundación Energía e Innovación Sostenible de España reveló que, si los electrodomésticos duraran más, una familia tipo podría llegar a ahorrar unos 50.000 euros.
Si bien a nivel local no existen datos, los expertos coinciden en considerar que el acortamiento de la vida útil de los aparatos representa un costo significativo para las personas, pero también es una altísima fuente de contaminación y de desperdicio de materiales valiosos que terminan siendo enterrados por una inadecuada gestión de residuos.
«Existen tres posibilidades mediante las cuales el fabricante tiene la posibilidad de incidir y programar la obsolescencia de un producto: hay una obsolescencia objetiva funcional, una obsolescencia subjetiva y una obsolescencia percibida. En el primer caso es porque parte del producto tiene una vida útil limitada, en forma deliberada: son fusibles que se queman o repuestos que se rompen y no se consiguen en el mercado. En el segundo de los casos son las empresas, a través de actualizaciones tecnológicas de los productos, las que generan una obsolescencia tecnológica, así se reemplazan tecnologías que todavía eran funcionales. Y en el caso de la obsolescencia percibida, se produce directamente porque la gente considera que pasan de moda. En la obsolescencia programada claramente intervienen las áreas de fabricación, de producción y muchísimo tiene que ver el marketing», sostiene en diálogo con Acción Julián D’Angelo, coordinador ejecutivo del Centro de Responsabilidad Social Empresaria y Capital Social, de la Facultad de Ciencias Económicas de la UBA.
Los orígenes de la obsolescencia programada se remontan a la expansión de la sociedad de consumo, a partir de la Segunda Guerra Mundial. La gran pregunta que se hacían los fabricantes al calor de la producción en masa era qué pasaría cuando todo el mundo lo tuviera todo. ¿Seguirían vendiendo los fabricantes?
Uno de los primeros ejemplos de obsolescencia programada es relatado en el documental Comprar, tirar, comprar, de Cosima Dannoritzer, que muestra cómo en la navidad de 1924 se reunieron en Ginebra los principales fabricantes de lamparitas en un cártel llamado Phoebus para reducir deliberadamente las horas de duración de las bombitas de 2.500 a 1.000 horas, para que la gente comprara más. Si bien décadas después el gobierno estadunidense descubrió la maniobra y los enjuició, en la práctica las lamparitas nunca volvieron a durar tanto tiempo, salvo la lamparita que resiste en Livermore, California, ubicada en un cuartel de bomberos. Esa lamparita lleva más de 100 años encendida, hasta tuvo festejos de cumpleaños y puede ser vista en vivo mediante el link:  http://www.centennialbulb.org/cam.htm.
«Antes las heladeras podían durar 15 o 20 años, pero además se podían reparar; hoy el esquema es tan perverso que los productos no solo son menos durables, sino que las propias empresas se encargan de que no haya repuestos o de que resulte más barato comprar un producto nuevo que arreglarlo, esto es ilógico», señala D’Angelo.

Muerte anunciada
Sergio González es técnico especializado en reparación de televisores desde hace más de 15 años. Chiche, como le dicen sus amigos y clientes de Ciudad Evita donde vive y trabaja, indica en una charla con Acción que «antes un televisor de rayos catódicos podía durar 15 años, hoy un televisor LCD más de tres años no resiste, están hechos así a propósito. Los arreglos en general representan entre un 30% y hasta un 40% del valor del producto, esto hace que la gente prefiera comprar uno nuevo a crédito. Por otra parte, los repuestos para los aparatos de última generación son muy difíciles de conseguir, son caros, algunos son en dólares, la gente elige comprar otro aparato  en cuotas; así es la sociedad de consumo».
Javier Médici, quien es técnico electromecánico en Lavallol y trabajó más de una década para los principales fabricantes de fotocopiadoras del país, cuenta su experiencia: «Una fotocopiadora te dura 30.000 copias, 40.000 haciendo todas las trampas, pero a las 30.000 deja de funcionar. Algunos de esos repuestos son módulos que tienen un chip adentro y ese chip tiene programada la cantidad de copias que va a durar, llegado ese número hay que mandar el módulo a reciclar o comprar uno nuevo, si se recicla hay que conseguir un chip de reemplazo porque directamente se quema, es bien agresivo el sistema».
Según relata Médici, el nivel de sofisticación que tienen estos circuitos es tan alto que prácticamente son irreparables. «Esto se aplica a cualquier aparato electrónico de hoy, televisores, computadoras, impresoras, ventiladores. La posibilidad de reparación, dado el costo, es prácticamente nula. Además, se trabaja a un nivel de miniaturización que ningún técnico tiene injerencia en la reparación, en el proceso, como mucho puede llegar a cambiar piezas», refiere.

Más contaminación
Recientemente, la Unión Internacional de Telecomunicaciones (UIT) de las Naciones Unidas difundió los últimos resultados mediante el informe denominado «El monitor global de la basura electrónica 2017» que señala que el volumen de basura electrónica en el mundo aumentó un 8% entre 2014 y 2016. Los números muestran que 44,7 millones de toneladas de aparatos con baterías o enchufes fueron descartados en todo el mundo. Entre estos residuos se pueden encontrar paneles solares, teléfonos móviles, heladeras, televisores y computadoras, de los cuales sólo el 20% se recicló. El relevamiento indica, además, que un 76% de los residuos de aparatos eléctricos o electrónicos (RAEE) desechados en 2016 terminaron en vertederos, incineradoras, se reciclaron de manera informal o quedaron directamente en los domicilios. Las proyecciones del mismo trabajo arrojan que para 2021 la cantidad de RAEE ascenderá a 50 millones de toneladas.  
«En parte, el desecho de los RAEE tiene que ver con el mal diseño o con la obsolescencia programada, pero la mayoría de nosotros guarda un viejo televisor que, si se conecta, se enciende. Hay una cultura de consumo que nos lleva a ir cambiando y desechando electrónicos, aun antes de que se vuelvan inútiles. El consumidor tiene que ser estratégico al comprar un heladera, un lavarropas, celular o computadora y ver las prestaciones que da en función del costo», asegura Gustavo Fernández Protomastro, biólogo, autor del Manual de Buenas Prácticas en la Gestión de RAEE, desarrollado con la Unión Europea y Mercosur y director de la consultora Eco Gestionar, que asesora a empresas en materia ambiental.
Según informa Fernández Protomastro, en Argentina se desechan 8 kilos de aparatos electrónicos por año por persona.
«Cuando se entierra una pila o un celular, no solo estamos perdiendo el oro, la plata o el cobre que está en ese aparato, sino que hay metales altamente tóxicos como el mercurio, cadmio y plomo, entonces estamos hipotecando a las generaciones futuras –advierte Fernández Protomastro–. La pila de un teléfono celular puede contaminar hasta 60.000 litros de agua y por año se entierran 100 millones de pilas, 50 millones de tubos fluorescentes y lámparas. Hay una emergencia ambiental de la cual nadie habla».