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El túnel del tiempo

¿Quiénes intervienen en la puesta en valor de un edificio histórico y cómo lo hacen? Los casos de la Confitería del Molino y del vitral de La Ideal.

Buenos Aires. La cúpula y la torre del Molino ya lucen como en su etapa inaugural. (Télam)

El mismo día que la Argentina cumplía 100 años, fue inaugurada la Confitería del Molino, y un año después pasó a ocupar la planta baja del edificio que la albergó de manera definitiva, resultado de la unión del inmueble de avenida Rivadavia 1815 con el de avenida Callao 32, en el lugar que la conocemos hoy. Después de estar vallada durante décadas, y una larga vida de ventas, bancarrotas y abandonos, aún es imposible ver en toda su dimensión aquella construcción del primer centenario, de estilo Art Nouveau. Lo que sí se puede observar son las obras de restauración que prometen devolverle al edificio porteño todo su esplendor.
Las obras están avanzadas, tal como cualquier transeúnte del kilómetro 0 de la Ciudad de Buenos Aires puede comprobar a simple vista. Según comparte el arquitecto Guillermo Rubén García, responsable del Área Técnica Comisión Administradora del Edificio del Molino y asesor de Patrimonio Cultural del Congreso de la Nación, comenzaron en 2018, cuando se hizo cargo del edificio ya expropiado una comisión bicameral del Poder Legislativo. «Fue más rápido construirlo que restaurarlo», dice acerca del proyecto del arquitecto italiano Francisco Gianotti, al que define como un «verdadero desafío desde lo tecnológico, por sus materiales de vanguardia, por su perfilería metálica y el hormigón armado».
El viaje en el tiempo que propone un trabajo como la restauración implica rigor histórico. En ese sentido, destaca García, hay que consignar que aún antes del 9 de julio de 1916, ya existía una confitería en el lugar en el que después «pasó buena parte de la historia del país». Según remarca, «no hay que olvidar los salones de fiesta del Molino (el Versalles y el Gran Molino, en el primer piso), o las recetas especiales, como el postre Leguizamo, exclusivas de la confitería, que revelan la presencia de personalidades de cada época». Asimismo, añade el arquitecto, la construcción albergaba 12 departamentos de categoría, destinados a la renta. En total, eran más de 7.500 metros cuadrados construidos.
Para devolverle a la esquina el brillo de entonces, hoy intervienen 40 restauradores, que representan tantísimos de los saberes involucrados en una obra de esta envergadura que involucran metales, carpintería, ornatos, vitrales y murales. «Además de personal propio, formaron parte profesionales externos que participaron de licitaciones parcializadas», apuntan en la Comisión Administradora del edificio. En el caso de la marquesina, informan, se trabajó con Astilleros Río Santiago. Adicionalmente, intervinieron los ministerios de Obras Publicas de la Nación y de Espacio Urbano de la Ciudad y las universidades de Buenos Aires y La Plata con sus equipos técnicos. Y una curiosidad: en los trabajos de los subsuelos inundados participaron buzos.

Cristales exquisitos
«Para no incurrir en un falso rigor histórico y no reinterpretar el pasado, buscamos mucha documentación que nos permitiera ser fieles; básicamente, fotos de la gente, fotos a color, que nos posibilitaran reintegrar los dibujos y el diseño», especifica el arquitecto García, relatando que convocaron a la ciudadanía a través de medios de comunicación y redes sociales, solicitando imágenes. A partir de estos estudios y colaboraciones, se redibujaron elementos en 3D para reconstruir las piezas. Asimismo, el ascensor histórico también se restauró. ¿El destino de El Molino? Más allá de la concesión de la confitería para volver a producir un servicio contemporáneo, todo parece indicar que se convertirá en museo. ¿Cuándo? Por lo pronto, las proyecciones indican que estará «mostrable» este 2021, y totalmente restaurada en 2022.

Suipacha 384. Farina Ruiz en La Ideal. (Gentileza María Paula Farina Ruiz)

Muy cerca del barrio de Congreso, exactamente en la calle Suipacha 384, se ubica la confitería La Ideal, otra de las notables del centro porteño, que también se está restaurando y cuya apertura también se anuncia para el año que vendrá. En total, son 2.000 metros cuadrados, distribuidos en tres plantas y dos entrepisos. Su inauguración data de 1912, cuando el local, iniciativa del inmigrante gallego Manuel Rosendo Fernández, realizado con materiales y elementos importados de Europa –arañas francesas, sillones checoslovacos, boiserie de roble de Eslavonia tallada artesanalmente, mármoles para las escaleras, cristal biselado para las vitrinas, bronces y hierro negro– abrió sus puertas por primera vez. Después de convertirse en tanguería y en escenario de filmes como Tango, de Carlos Saura, o, al igual que el Molino, de la Evita de Madonna, hoy el estudio Pereiro, Cerrotti & Asociados lleva a cabo la puesta en valor.
La restauración de los vitrales italianos merece unos párrafos aparte. A cargo de la claraboya está María Paula Farina Ruiz, formada en el Centro Internacional de Vitrales de Chartres, en Francia. Se trata, en concreto, de un vitral compuesto por dos semibóvedas de paños de vidrios unidas por un cañón corrido, de unos ocho metros de largo. «Son piezas en espejo, por lo que pudimos completar las que faltaban observando aquellas que sí estaban», explica la vitralista, con estudios en el Instituto Superior Catedral de La Plata. «Creemos que en los 90, el vitral fue restaurado y se colocaron acrílicos reemplazando piezas originales», señala, comentando que debieron desmontar todo para volver a armarlo con los colores y los materiales correctos.
Otro de los trabajos que llevó a cabo la restauradora en la confitería fue la puesta en valor de un bombonero (exhibidor). En este caso puntual, se reparó el techo que estaba integrado por piezas muy pequeñas. «En el bombonero se trabajó de adentro hacia afuera, y además de realizar las piezas que faltaban, también nos ocupamos de sus bronces», agrega Farina Ruiz, quien también se desempeñó en la Casa Rosada, la ya citada confitería del Molino y la cúpula de la estación Mitre, entre otras tareas de esta verdadera pasión que la llevó a dejar atrás un pasado de odontóloga.
Antes de explicar que las técnicas que se utilizan son las mismas que las del siglo VII junto con idénticos materiales, la especialista comenta que la restauración no comienza y termina en el taller –de hecho, trabaja en conjunto con una historiadora que hace la búsqueda de fotos e imágenes–, y que se encuentra a la cabeza de un equipo de especialistas que ella misma formó. En este mismo sentido, indica, hay interés de la Universidad de San Martín en desarrollar la carrera, para contribuir a la capacitación de nuevos profesionales en estas técnicas centenarias, que permitan conservar el patrimonio que hay en la Argentina.
Por cierto, Farina Ruiz lleva a cabo, además del trabajo de campo, una tarea de catalogación de los vitrales argentinos. En la actualidad, tiene listados alrededor de 600 edificios con vitrales aunque, estima, en la Argentina hay más de 7.000.


Victoria Aranda